Hace unos años nos apuntamos a un viaje organizado que recorría enclaves turísticos de Austria y Baviera. Un clásico recorrido turístico donde te llevan en autobús, te enseñan esto y lo otro con guías locales, y tienen concertados los hoteles y restaurantes durante todo el recorrido. Siempre con la maleta sin deshacer del todo, porque cada noche cambias de hotel. La cuestión es que ves muchas cosas típicas y lo pasas bien con el grupo. El viaje comenzaba con un vuelo a Viena, alojamiento en un hotel a orillas del río Viena, yo desconocía que existiera un río con ese nombre, poco antes de su desembocadura en el Danubio. Esa tarde la teníamos libre, pues el viaje empezaba al día siguiente. Así que instalados en la habitación caminamos hasta el centro, que teníamos cerca. El centro de Viena lo delimita la “ringstrasse” que es una avenida circular, que recorre la antigua muralla, y que engloba la Viena antigua, y en ella se pueden observar numerosos edificios de importancia. Desde el hotel paseamos por la orilla derecha del rio Viena, y vimos el edificio de la Secesión de Viena, movimiento artístico de finales del siglo XIX, liderado por el famoso pintor Gustav Klint. El edificio es un museo de la arquitectura y la pintura de dicho movimiento, pero a esa hora estaba cerrado. Es característico por su cúpula dorada formada por miles de hojas de laurel de bronce. Atravesamos la “ringstrasse” a la altura del edificio de la ópera de Viena, y seguimos avanzando por las calles del centro. Entramos en una cafetería para tomar café y la famosa tarta Sacher, que está muy buena. Nos costó que el camarero nos entendiera, pues la palabra se pronuncia “sajar”. Cómo íbamos a saberlo. Tras la merienda continuamos el paseo por la calle peatonal Graben con altos y bellos edificios con bajos comerciales de conocidas marcas, y el famoso monumento barroco de la columna de la peste. Mas tarde, en un cruce de calles decidimos tomar unas largas salchichas típicas de Viena en un kiosco callejero con una cerveza, que nos sirvió de cena. Tras la cena y el paseo por el centro volvimos al hotel, pues a la mañana siguiente comenzaría el viaje programado. Nos recogió temprano un autobús, que nos llevó al palacio imperial de verano de Schönbrum. Magnífico palacio con amplias habitaciones y salones lujosamente decorados y amueblados de época, con jardín aún más magnífico del ancho del palacio, fuente central inmensa con esculturas y chorros de agus, parcelas de césped con arriates de flores multicolores formando arabescos. Arriba de la colina, por donde ascendía el jardín, una bonita galería porticada pone horizonte, rematando la vista del mismo. A los lados del jardín central había matas de bosques con ardillas juguetonas. Después del palacio de verano subimos al autobús para ver el Hofburg o palacio de invierno. Abarca el primitivo castillo del siglo quince, del que queda una estrecha fachada con puerta de acceso, y las sucesivas ampliaciones realizadas por la familia Habsburgo a lo largo de quinientos años de imperio. Este palacio está en la enorme Plaza de los Héroes, junto con el Parlamento austriaco de estilo clásico, la bolsa de Austria, la Biblioteca Nacional austriaca, y la iglesia de los agustinos. Se llama de los héroes por la existencia de dos estatuas ecuestres que representan al Archiduque Carlos, que formó el bando Habsburgo en la guerra de sucesión española, y luego derrotó al turco en Serbia y Valaquia. La otra estatua es del príncipe Eugenio de Saboya, que también derrotó a los turcos décadas más tarde. Cerca de esta plaza se encuentra la Escuela Española de Equitación de Viena, fundada por el Emperador Fernando I de Habsburgo, hermano y sucesor de Carlos V, que fue criado por su abuelo Fernando el Católico. El hijo de Fernando, Maximiliano II, importó sementales españoles para cruzarlos con una raza austríaca y creó los famosos caballos Lipizianos, que son los que realizan los espectáculos de doma española desde hace quinientos años. Caminando por el centro llegamos a la Catedral de San Estebahn, de estilo gótico es el emblema de la ciudad. La torre es la más alta de Austria. Tiene tres naves y seis tramos hasta llegar al crucero, y está ricamente decorada con esculturas y bajorelieves. Su característica principal, y que la hace única, es que el tejado está recubierto de azulejos. En una de sus capillas se muestra un tríptico gótico con escenas de la vida de la virgen María. Paseando llegamos al Burggarten, donde está la estatua de Mozart. Tras la visita a la catedral nos dieron un paseo en autobús por el “ringstrasse” para observar el exterior de los importantes edificios que recorre: la Opera de Viena, el Museo de Historia del Arte, el de Historia Natural, el ayuntamiento de Viena de estilo neogótico y la universidad. El recorrido continuó llegando al palacio de Belvedere, tras pasar por la barroca Iglesia de San Carlos Borromeo. Nos bajamos en el Stadpark donde paseamos para ir a ver la estatua dorada, enmarcada en arco de mármol, de Johan Strauss. Tras la comida, donde disfruté de un “viener schinitzel”, que es el grande y fino filete de vacuno empanado vienés, hicimos un descanso en el hotel, pues por la tarde tocaba asistir a un concierto de música vienesa. A eso de las seis nos llevaron en el autobús a un palacio de la “ringstrasse” y tras subir la escalinata y atravesar el gran vestíbulo llegamos a un salón de baile, donde dos centenares de sillas puestas en filas rodeaban a una veintena de músicos de cuerda, viento y percusión, vestidos de gala. Cuando llegamos las primeras filas estaban ocupadas por japoneses. Nosotros nos pusimos detrás, y aún llegaron después otros grupos de turistas dispuestos a asistir al espectáculo. Tras un rato de espera salió la directora de orquesta, y dio comienzo el concierto. La música vienesa: valses, polkas, marchas, galops… se caracteriza por ser muy alegre y bailable. Acabado el concierto volvimos al autobús para llevarnos a cenar a una taberna típica del barrio de Grinzing, típicas por servir vino austriaco y comida popular. La taberna en cuestión era grande, con reservados rodeando una pista central, supongo que de baile. Estaba sólo nuestro grupo de veinte personas, por lo que la escena parecía muy desangelada. Sirvieron unas excelentes salchichas, cerdo asado y ternera guisada con verduras, mucho mejores los platos que el vino. Yo había estado ya en Viena treinta años antes en un viaje con unos amigos por el recién creado inter rail. Estuvimos en un camping de Viena dos días esperando un permiso para viajar al Budapest comunista. Pateamos el centro, comimos de bocata, y nos montábamos en los tranvías sin pagar, riesgos de juventud. Nos subimos a la noria del Prater de Viena, tarareando la melodía de la famosa película “el tercer hombre”, que hizo famosa dicha noria, entramos en el palacio de Belvedere, y estuvimos en una de estas tabernas, pero la recordaba mucho más pequeña y bulliciosa, abarrotada de austríacos y de humo, acompañados de la música de un piano y un acordeón. Tras la comida en la taberna volvimos al autobús, pues al día siguiente salíamos temprano de Viena y con las maletas preparadas.