Al día siguiente vino el guía contratado para llevarnos de excursión a las ruinas romanas de Thuburba maior y Dougga, situadas en el noroeste de Túnez. Salimos temprano por la mañana, y tras un par de horas de camino, paramos a estirar las piernas en la travesía de un pueblo. El guía nos dijo que ese pueblo se fundó con andalusíes venidos de la península española hace varios siglos. Incluso a unos hombres que había sentados en la plaza les comentó que nosotros éramos actuales andalusíes. Parecía importante para el guía que nos conociéramos. Llegamos a las ruinas de la ciudad de Thuburba maior, y estuvimos paseando por ella, leyendo los carteles en francés. El foro, la basílica, las termas… Ningún mosaico, pues al parecer los llevaron al museo del Bardo en Túnez capital. Tomamos de nuevo el coche para continuar la ruta. Por el camino paramos a comer. Sentados al aire libre en mesa y sillas de plástico junto a la carretera nos pusieron cordero hecho en brasas, que previamente habíamos elegido, con ensalada de pimientos y tomates asados, con coca cola para beber. Tras la comida nos acercamos a las más importantes ruinas de Dougga. Encima de una colina aparecieron unas ruinas muy bien conservadas de un teatro, junto a la taquilla y la tienda de recuerdos. Allí había un anciano local, que se ofreció como cicerone por un módico precio. Aceptamos y nos llevó callejeando y dando explicaciones de las ruinas. Nos dijo que había nacido en una casa sobre los restos de Dougga antes de que se descubrieran. Naturalmente la casa desapareció con las excavaciones. Hablaba árabe, alemán, algo de italiano y de francés, por lo que no nos costó entendernos. Durante la guerra había servido a los nazis, de ahí el saber alemán y algo de italiano. Nos enseñó un baño público para doce personas, y como se usaba, el palito, la esponja… También nos enseñó las termas de los cíclopes, calles completamente conservadas, casas con los muros a media altura, escaleras, mosaicos, templos y el capitolio. En el centro de un una plaza había una rosa de los vientos, con el nombre de doce vientos, según la dirección en la que soplaban. Al parecer esta ciudad fue ocupada por los vándalos durante unos años en el siglo cuarto, hasta que el imperio romano de oriente la reconquistó. Sobre el templo de la Fortuna se construyó la antigua mezquita de la ciudad musulmana. El guía local nos enseñó una señal grabada en la barandilla que señalaba la entrada de un prostíbulo, la señal en cuestión era un pene erecto con sus dos testículos. Él decía: esta era la taquilla, aquí el patio central, allí las habitaciones, por esta puerta más discreta entraban los casados, y otras ocurrencias, entre risas suyas y nuestras. Nos hicimos fotos y pagamos lo estipulado agradeciendo su sociabilidad. La vuelta al hotel duró tres horas.
A la mañana siguiente tocó la excursión a Túnez capital, Cartago y Sidi Bou Said. La primera visita fue al museo del Bardo, donde se conservan los mejores mosaicos del país, junto a estatuas, monedas, joyas y otros objetos de la época romana. Pero lo más importante son la variedad de mosaicos, en tamaños, colores y motivos, con un perfecto estado de conservación. Tras la visita del museo fuimos al centro de Túnez para visitar el zoco, laberinto de tiendas de todo tipo de mercancías, donde compramos algunas cosas, tras exhaustivo regateo por parte de mi mujer, que llegó a exasperar a un vendedor. Tras la visita a la capital salimos de la ciudad y paramos en el antiguo puerto de Cartago, en el que se apreciaba su forma circular y su isla central, donde se guardaban las trirremes de las tempestades invernales y se reparaban las naves. Justo al lado del puerto púnico estaba el acueducto y las enormes cisternas de agua de la Túnez romana. Tras visitar las cisternas y el acueducto subimos a Sidi Bou Said, el pueblo más turístico de Túnez. Es un pueblito encaramado a una colina sobre el mar, con unas preciosas vistas al golfo de Túnez, a la zona de Cartago, al palacio presidencial, que está en medio, y al puerto y capital del país. La población tiene la característica de tener todas sus casas pintadas de blanco, y todas las puertas, rejas y ventanas de azul. No circulan coches, solo bicicletas y motocicletas. Nosotros subimos a pie desde el aparcamiento de turistas, y tras un paseo tomamos un té en un local aterrazado con las vistas antes descritas. Ya atardeciendo bajamos hasta el coche, y el guía nos llevó a nuestro hotel. Nos despedimos de él, pues ya no íbamos a necesitar sus servicios.
Al día siguiente tras el desayuno tomamos un taxi para ir a a la estación de “louages” de Susa,. Estos pequeños microbuses interurbanos se llaman louages, que en francés se traducen como alquilados. Buscamos el de Mahdia, una pequeña población al sur de Susa. Un muchacho me llevó a la taquilla, pagué los tres billetes, y nos montamos en el louage que iba a Mahdía. La estación era un hervidero de microbuses y tunecinos con prisas. No tienen hora de salida, cuando se llena sale, y el de atrás en la cola de microbuses se adelanta para ocupar el puesto de llenado. Cuando nos subimos faltaban tres pasajeros, y en pocos minutos ya salíamos de la estación. Mahdía es una pequeña población junto al mar, y la estación de louages estaba muy cerca de la medina. Entramos y nos fuimos a ver la mezquita. En la medina vimos algunos telares de seda, y nos enseñaron la variedad de lujosos tejidos que se hacían allí. Tenía fama Mahdia por esa industria textil. En el parque junto a la mezquita nos encontramos con la selección española juvenil de balonmano, que andaba jugando un campeonato internacional en aquellos lares. Hasta ese día habían ganado todos los partidos. No estaban solos, el parque bullía de chavales con chándal de todos los colores. Nos fuimos a dar un paseo rodeando la medina hasta el cabo Mahdía, y el camino atravesaba un cementerio, con tumbas a derecha e izquierda, algunas muy cercas de la orilla del mar. También se veían restos de muralla antigua. Cuando llegamos al cabo, nos dimos la vuelta y tomamos otro louage hasta Monastir, otra cercana ciudad de mayor población al sur de Mahdía. En un restaurante de la medina comimos muy bien brick con yema y cuscús de pollo. Paseando llegamos a una gran mezquita, adornada con columnas romanas de las ruinas de Ruspina, decían los carteles informativos. Desde la mezquita salía un enorme y decorado paseo que termina en el mausoleo de Habib Burguiba, antiguo presidente y fundador del partido gobernante de Túnez. Enorme edificio de una sola planta tenía tres cúpulas, en la cúpula dorada del centro estaba la tumba de mármol blanco, con suelo y balaustrada del mismo material. En la cúpula de al lado había una mesa de escritorio, una silla y objetos personales del difunto presidente, la tercera no tenía nada de particular. Junto al mausoleo estaba el monumento al soldado desconocido, y a su derecha un enorme Ribat medieval, que es un castillo que defendían unos soldados y monjes musulmanes. Desde su torre se veían unas vistas fantásticas de toda la ciudad y de su puertecito de pescadores. Desde allí tomamos un taxi que nos llevó a nuestro hotel. Desde el hotel, en un corto paseo nos fuimos al puerto deportivo El Kantaoui. Allí había yates, restaurantes, barcos de paseo para turistas, y hasta dos barcos piratas sumamente adornados.
Al día siguiente nos fuimos en un taxi a visitar Susa, que aún no habíamos visto. Paseamos sus plazas, su medina, su ribat, y su mezquita, aunque estos dos últimos estaban en restauración. Después de la visita nos llevaron al aeropuerto y de vuelta a España. Este relato no hubiera sido posible sin el concurso de un diario que escribió mi hija durante el mismo, que anotaba detalles, anécdotas y comidas sabrosas. Gracias Ana.