En Febrero de 2010 mi mujer, mi hija y yo hicimos un viaje a Siria. Nos apetecía el destino, y el precio era aceptable, alojados en hoteles de lujo y con pensión completa. En aquel tiempo Siria era una dictadura ejercida por el partido laico Baas, liderado por la familia Al Asad. Luego vino la primavera árabe, el país se partió en una guerra, que dura catorce años, provocando miles de muertos y desplazados, que huyeron hacia Europa los más afortunados, y los menos afortunados fueron detenidos en Turquía y algunas islas del Egeo. En la guerra una facción es apoyada por Estados Unidos, la facción oficial es apoyada por Rusia, y surgió una tercera facción: el califato independiente islamista o Daesh. Durante esta larga guerra han sido destruidos muchos de las ciudades y monumentos de los que disfrutamos. Escribiendo sobre este viaje me vienen recuerdos sobre lo bien que lo pasamos, lo bien que nos atendieron, la amabilidad de sus gentes, y la armonía que se veía entre sirios cristianos, judíos y musulmanes. Un tratado de respeto y tolerancia mutua. El viaje era organizado y en grupo, liderados por Basam, un guía sirio que hablaba castellano. Nuestro grupo era de siete personas, dos parejas jóvenes, y nosotros tres.
Damasco
El vuelo nos llevó desde Madrid a Damasco en cinco horas. El lujoso y moderno hotel estaba entre el aeropuerto internacional y Damasco, y tenía un microbús gratuito cada hora que te dejaba y recogía en el centro de la ciudad. Damasco es la capital de Siria, y está considerada la ciudad habitada más antigua del mundo, con más de seis mil años. Ese día teníamos la tarde libre, así que en el microbús del hotel nos fuimos a nuestra primera visita a la capital siria. En unos veinte minutos nos dejó en un céntrico hotel. Desde allí memorizamos el camino para ir al centro antiguo de Damasco, La calle de la izquierda hacia abajo, la mezquita chiita con la imagen de Jomeini, pasando por una plaza en cuyo centro había una columna con una pequeña construcción en su cúspide, y tiendas de dulces árabes. Caminamos un rato hasta llegar a la antigua muralla de la ciudad, y la puerta principal que cruzamos era también la puerta del gran bazar. Una recta y ancha calle cubierta flanqueada por pequeños comercios de ropa y joyería en ese tramo. Ricos trajes bordados de fiesta o de boda, de señora y con menos bordados los de de caballero. Antes del final de la calle se cruzaban otras dos con comercios de calzados, complementos, herramientas y objetos de todo tipo. Al final de la calle se abría un espacio abierto donde estaban las ruinas del templo de Júpiter y la puerta de la mezquita omeya, que veríamos al día siguiente en visita guiada. En un puesto callejero mi hija y yo nos tomamos un riquísimo zumo de granada, que hacían delante nuestra exprimiéndolas con un exprimidor eléctrico de naranjas. Después de pasear un rato alrededor de la mezquita omeya vimos un café donde un cuentacuentos rodeado de niños extasiaba a su audiencia. Salimos por otra puerta y rodeamos la muralla para llegar a la puerta por donde entramos. En el camino exterior de la muralla había una conjunto escultórico de Saladino a caballo en actitud de alentar a sus tropas y con varios guerreros alrededor, este es el sultán que reconquistó Jerusalén a los cristianos. Yo recordaba que los musulmanes no podían pintar ni esculpir la figura humana, por lo que la estatua me sorprendió y me hizo reflexionar sobre lo poco islamista del partido gobernante. Aunque Saladino es una figura muy importante para Damasco y para el Islam A una hora prudente nos dirigimos a la parada del microbús para regresar al hotel y no perdernos la cena. La cena era de estilo europeo y amenizada por un pianista.
Al día siguiente muy temprano desayunamos y a las 8,30 entramos con el resto del grupo en el microbús de la agencia de viaje, con el que nos desplazaríamos por siria. Tras un monumental atasco al entrar en la capital, nos bajamos en el museo arqueológico nacional, situado en la orilla del río Barada, que cruza la ciudad. Allí tenían almacenadas más que expuestas multitud de piezas arqueológicas mesopotámicas, griegas, romanas y antiguas musulmanas. Vimos multitud de tablillas con escritura cuneiforme y el primer alfabeto de Ugarit, En el sótano había una reproducción de una tumba de Palmira y una sinagoga de Dura Europos, ciudad a orillas del río Éufrates, con las paredes pintadas con frases de la Torá. Tras abandonar el museo nos llevaron a una cercana madraza turca, donde vimos un taller donde un soplador de vidrio realizó un par de jarras, y otro taller donde un tejedor trabajaba en su telar. Después en el microbús nos llevaron a la misma puerta de la muralla que visitamos la tarde anterior. Durante el recorrido pasamos por delante de la gran estación central de ferrocarril llamada Al Hejaz, construcción realizada por un arquitecto español en 1917. De nuevo en la ciudad vieja caminamos por el bazar hasta la puerta de la mezquita omeya. En la puerta nos quitamos los zapatos y nos pusimos unos plásticos en los pies, las mujeres además tuvieron que ponerse una túnica y un pañuelo en la cabeza para acceder al patio de abluciones y al interior de la mezquita. La pared exterior y central de la mezquita estaba cubierta de mosaicos y bellas pinturas florales. La mezquita se construyó en el siglo octavo, y el enorme patio de abluciones estaba rodeado de arquerías y dos construcciones pequeñas centrales, donde se albergaba el tesoro de la mezquita y otros objetos. El interior de la mezquita estaba construido en tres naves paralelas al muro de la “qibla” y con la parte principal en el centro de las naves. La mezquita se construyó aprovechando columnas y arcadas de la catedral dedicada a San Juan Bautista. La tradición dice que la cabeza del bautista sigue enterrada en la capilla original de la antigua catedral. Un cartel señala el lugar exacto don de está la tumba. San Juan Bautista es un profeta para los musulmanes, como Jesús. Las naves más cercanas al muro de la qibla estaban ocupadas por varones, y la nave más alejada por mujeres. Un religioso estaba dando un sermón, que escuchaba un buen número de fieles. Mientras esto sucedía el grupo de turistas, incluidas las mujeres, estábamos en la nave central deambulando a nuestro antojo y haciendo las fotos que nos apetecía. Finalizada la visita a la mezquita omeya salimos por una puerta lateral del patio de abluciones para visitar el mausoleo de Saladino, bastante más modesto de lo esperado, y continuamos andando hasta el cercano palacio Al-Azem, joya de la arquitectura otomana del siglo diecisiete, con un delicioso jardín con fuente central y edificios de bella factura. Actualmente es un museo de costumbres y tradiciones sirias. Tras la visita al palacio nos llevaron a comer a un restaurante, situado en una casa en cuyo patio central estaba lleno de mesas. Allí degustamos por primera vez la comida típica siria. Muy elaborada con ensaladas de pimientos, aceitunas y berenjenas muy especiadas y sabrosas como entrantes. Después unas albóndigas de sémola rellenas de carne y cebolla en salsa de yogurt. Tras la comida fuimos andando por el barrio cristiano hasta la iglesia de San Ananias. Entramos en una casa, bajamos dos tramos de escalera y llegamos a una capilla subterránea donde la tradición dice que San Ananias convirtió a San Pablo de Tarso, tras haber sido derribado de su caballo por una aparición de Cristo. La capilla era pequeñita con espacio para poca gente y con las paredes y el suelo pobremente tapizado de piedras. Tenía el aspecto de una capilla clandestina por subterránea, pequeña y muy pobre de adornos. Una de las puertas del viejo Damasco conserva una capilla cristiana, porque por ella se descolgó San Pablo hacia el exterior de la ciudad, una vez hecho cristiano. Una vez acabada la visita nos dieron la tarde libre. Fuimos al café del cuentacuentos detrás de la mezquita omeya, y tomamos té. Descansamos un rato y nos paseamos de nuevo por el bazar e incluso entramos en una tienda para ver los bellos vestidos bordados. Regresando algo más tarde hasta la parada que nos llevaba al hotel para la cena. Cerca de la parada entramos en una chocolatería de lujo. Los bombones eran pequeñas obras de arte, y los guardaban en muebles de madera con cajones bajitos como si fueran joyas. En una pared había un retrato grande del papa Juan Pablo segundo. Por la calle te encontrabas a mujeres con el hiyab que sólo les dejaba los ojos a la vista, con el pañuelo cubriendo el pelo y el pecho, o con la melena al aire, sin que ninguna fuera interpelada por su atuendo, ni de palabra, ni con gestos. Esa tolerancia entre religiones es la que me llamó la atención, así como la existencia de los barrios cristianos (católico, ortodoxo y sirio) y del barrio judío con sus iglesias y sinagogas.
Palmira
.A las seis y media de la mañana nos levantamos, desayunamos, y nos montamos en el microbús para dirigirnos a la ciudad de Palmira. Histórica ciudad comercial situada en un oasis en mitad del desierto entre Dura Europos en el río Éufrates y Homs, y que era etapa importante de la ruta de la seda, que se extendía entre Pekín y Damasco. A mitad de camino paramos a estirar las piernas y refrescarnos en el café Bagdad, situado a 150 Km. de la capital iraquí. A nuestro alrededor se extendía un interminable desierto de piedras. En el café Bagdad vendían refrescos, agua, té, dulces y otros objetos de recuerdo típicos de los desiertos. Una vez refrescados volvimos al camino hasta llegar al inmenso palmeral del oasis de Palmira, ciudad llamada Tadmor en árabe. Al acercarnos a la ciudad lo primero que se veía eran las famosas torres/tumbas. Antes de llegar a Palmira nos llevaron a visitar un par de ellas. Una torre de tres pisos con numerosos nichos en el centro y escaleras laterales, y otra sin torre, excavada en la roca. Después nos llevaron a la enorme ruina del templo de Bel. Con gran patio cerrado por muros, y en el fondo la construcción más sagrada, techada y rodeada de una alta columnata. En el interior del templo cerrado aún quedaban bajorrelieves y restos de frescos en las columnas y paredes. Había servido de refugio de pastores, y se veían manchas de humo de fogatas para cocinar o mitigar el frío. Tras el templo de Bel fuimos andando a las ruinas romanas, con el gran arco triunfal, el camino de altas columnas con pequeños pedestales cerca del capitel para colocar estatuas de próceres locales. A la derecha de la columnata estaban las ruinas de las termas, y a la izquierda un teatro romano perfectamente conservado, rodeado por un muro y en uso. El teatro no era de mucho aforo, pero conservaba la escena de doble planta, la orquesta, y el graderío perfectamente conservado. Probamos la acústica que era excelente. Del teatro volvimos a la columnata hasta llegar al “tetrapylon”, que es un arco romano de cuatro caras formando un cuadrado cerrado. Estaba situado en un cruce de calles, pero actualmente era el final de las ruinas. Nos llevaron a comer a un lugar para turistas, entremeses, cordero con arroz y trigo con pollo. El trigo guisado como se hace con el arroz, y ambas cosas estaban buenísimas. Disfrutamos de un rato libre para ir de tiendas. La ciudad de Palmira en la actualidad es muy pequeña, apenas una calle empedrada, las demás son de arena, casas de dos plantas, con la superior aún sin construir en la mayoría. Había pocas tiendas y eran de artículos para turistas, antigüedades sobre todo. Estando en esa calle asistimos a un turbio espectáculo. Un autobús de prisioneros se había averiado, y estaba en un lado de la calle aparcado. Un segundo autobús vino a recoger a los presos acompañados por un nutrido contingente de policías. Asistimos al traslado de los presos de un autobús al otro con todas las precauciones, engrilletados de pies y manos, y con los malos modales habituales. Debía haber una cárcel en pleno desierto de Siria. Antes del atardecer nos recogieron en el microbús para llevarnos a ver la puesta de sol desde el cercano castillo de Ibn Maan, que desde la altura de una colina permitía la observación. El castillo medieval estaba muy bien conservado, con sus murallas y siete torres. Había sido utilizado por los turcos en el siglo veinte. En una ladera de la montaña, y bajo los muros del castilla vimos una bella puesta de sol, adornada con múltiples colores sobre las lomas rocosas e inmensos pedregales del desierto de Siria. Tras la puesta de sol nos llevaron al lujoso hotel, cuya decoración remedaba la columnata de las ruinas. Por la noche las ruinas estaban iluminadas, y aún parecían más bonitas. Durante la guerra de Siria el Daesh (musulmanes integristas) tomó Palmira y dinamitó todos los restos arqueológicos.