Como Roma ha estado de rabiosa actualidad, voy a comentar las cosas que he visto en la ciudad y alrededores. En Roma he estado tres veces. La primera vez en 1973, durante el viaje por inter rail, ya comentado en otro parte. En aquellos tiempos de poco dinero y mucha juventud visitamos algunos monumentos y espacios que se podían ver gratis. No costaba dinero pasear por el foro, visitar el edifico del senado, que se conserva muy bien porque durante siglos fue una iglesia, ya desacralizada, los alrededores del anfiteatro Flavio o Coliseo, aún sin romanos para hacerse un selfi. El arco de Constantino, junto al anfiteatro Flavio, el de Tito y el de Septimio Severo, más metidos en el foro. Visitamos gratis la basílica de San Pedro, no los museos vaticanos que costaban dinero. La piedad de Miguel Ángel no tenía ningún cristal protector, porque aún no había sido atacada con un martillo la cara de la virgen por un “zumbao”, por lo que la contemplamos de más cerca que ahora. En el centro de la columnata de Bernini de la plaza de San Pedro figura el obelisco del circo de Nerón, y en el que sucedió el martirio de los primeros cristianos en el año 64. El obelisco no se ha movido, sino que alrededor de él estaba el cisco de Nerón, y actualmente la plaza de San Pedro. Visitamos el monumento de la plaza de Venecia, la plaza de España, y no mucho más, porque estuvimos un solo día. La segunda vez fue en Semana Santa, y tuvimos a un sacerdote sevillano que nos hizo de cicerone algunos días. Ese segundo viaje fue el descubrimiento de Gian Lorenzo Bernini y sus bellísimas esculturas, y el magnífico colorido de la capilla Sixtina recién limpiada por la empresa japonesa Fuji. Vimos la basílica de San Pedro, los impresionantes museos vaticanos, el cuerpo incorrupto de Juan XXIII en una urna de cristal, que en el 1973 aún no habían subido a la basílica, la basílica de San Juan de Letrán, que es la sede del obispo de Roma, o sea el Papa, En esta basílica y en su nave central están las enormes estatuas de los apóstoles, seis a cada lado de la nave central, cambiando a Judas por San Pablo, claro está. Las enormes puertas de bronce de esta basílica son las mismas de las del senado de la Roma precristiana. Junto a la basílica y el palacio apostólico está el edificio del baptisterio, donde hay una piscina para el bautizo por inmersión, como el que hizo cristo en el río Jordán. Frente a esta basílica está la escalera santa, que es la escalera del pretorio de Jerusalén, y que fue trasladada a Roma por Santa Elena, la madre del emperador Constantino, pues por ella caminó Jesús el día de su juicio y doble condena: flagelación y crucifixión. En la basílica de Santa María la Mayor, donde por casualidad vimos la tumba del escultor Bernini, y ahora también está enterrado el papa Francisco, estaban celebrando los oficios de jueves Santo, y había muchos feligreses. Es una basílica muy grande y sus tres naves están separadas por columnas. El campanario es el más alto de Roma, y el gran mosaico que cubre el ábside es de muy bella factura. Vimos el capitolio, la plaza diseñada por Miguel Ángel, la estatua ecuestre de Marco Aurelio y el museo capitolino. Tras la visita nuestro guía sevillano nos metió en una casa junto al capitolio, subimos por una escalera vecinal, y en el segundo piso salimos a una terraza bar, donde tomamos un café. Dijo que desde esa terraza podía observar con detalle el Janículo, colina romana junto a la vaticana. Visitamos villa Borghese, sus jardines y el edificio galería de esculturas magníficas de Bernini (rapto de Proserpina, el David, Dafne y Apolo) de Cánova (Paulina Bonaparte) y pinturas de Caravaggio, Rafael, y Tiziano Si el contenido es muy bueno, el continente merece la pena, amplias salas muy bien decoradas, con los techos pintados y varios trampantojos. Estuvimos en la plaza de España, con la fuente-barca de Bernini al final de la escalinata, la del Popolo con su obelisco, la de Venecia con su estatua del rey Víctor Manuel y la llama eterna del soldado desconocido, la plaza Navona, con la fuente de los cuatro ríos y la forma de la arena del circo Flaminio, también en el castillo de Sant Ángelo mausoleo del emperador Lucio Aelio Adriano, el mausoleo de Octavio Augusto y otros familiares suyos, el “Ara Pacis”, la columna de Trajano, el asombroso Panteón de Agripa, con su ojo en el centro de la enorme cúpula, y la famosa fontana de Trevi. En San Pietro in Vincola se puede ver el Moisés de Miguel Ángel, cuyo autor creía que podía hablar, y las cadenas con las que ataron a San Pedro, vete tú a saber, con lo caro que estaba el hierro en el año 67. En Santa María del Transtévere la escultura del éxtasis de Santa Teresa de Bernini. En Santa María en Cosmedin está la boca de la verdad, bajorrelieve de un león con la boca abierta, que si dices mentira mientras tienes la mano dentro de la boca, está se cierra y te aplasta la mano. La tercera vez que fuimos un coche se había empotrado contra el pórtico de la iglesia y tenía cerrado el acceso al público. Fuimos al mercadillo de Porta Portesse, que es una especie de rastro de baja calidad de productos, vendedores y usuarios. Costó un serio esfuerzo de atención que no nos robaran. Frente al palacio del Quirinal, donde reside el presidente de Italia, visitamos una exposición temporal de diamantes. Nos desplazamos por Roma en autobús, en taxi o andando, si los trayectos eran asumibles. Comíamos donde nos pillaba, pues la comida italiana es fantástica. No vimos las termas de Caracalla, ni el Coliseo por dentro, porque no me gustan las ruinas de hormigón visto. Aquellos edificios estaban revestidos de mármoles bellísimos en paredes y suelo. Entonces sí hubiera entrado. No visitamos las catacumbas, tampoco soy de cementerios ni de criptas. En general, basílicas aparte, las iglesias romanas son espectaculares. Cada orden religiosa, personaje o país que construyó una iglesia en Roma lo hizo a lo grande, en tamaño, estructura y materiales. Así que donde entrares será una gran iglesia, si antigua por su historia, y si más moderna por su grandiosidad. En el tercer viaje no quisimos repetir lo ya visto anteriormente, así que optamos por visitar los alrededores de Roma, por tren, metro o autobús. Hicimos una visita en metro a la basílica de San Pablo de Extramuros. Entramos por una puerta lateral directamente al enorme presbiterio. Estaba celebrándose una misa en el altar mayor, y paseamos recatadamente por el bellamente decorado presbiterio. A continuación del mismo se abrían cinco naves enormes, en ese momento vacías de fieles y de luz, y en la central, más alta que las laterales, figuraban las imágenes de todos los papas, desde San Pedro hasta Juan Pablo II, que era el de aquel momento. Atravesamos la puerta principal y accedimos a un pórtico grande columnado en cuyo centro había una gran estatua de San Pablo, espada en mano, como se representa en su iconografía habitual. Más tarde tomamos un tren de cercanías que nos dirigió a Ostia. Fuimos a ver los restos del puerto del emperador Claudio, pero estaba cerrado al público. Mala suerte. Otro día tomamos un metro hasta su última parada, y desde allí un autobús que nos llevó a Tivoli, ciudad del Lacio al noroeste de Roma. El motivo de este desplazamiento fue la visita de dos villas, la villa Adriana, construida para el emperador Adriano, que es patrimonio de la humanidad, y la villa de Este, reconstruida por el cardenal de Este en el siglo XVI, sobre una antigua abadía. En esta última son famosos sus jardines aterrazados, sus numerosas fuentes y juegos de agua, entre las que destaca la fuente de Neptuno y el órgano acuático, donde el agua genera sonidos al pasar por sus tuberías, creando una melodía como de flauta. Siendo lo más llamativo los jardines, el palacio es también bello de ver. Desde Tivoli tomamos un autobús hacia la villa Adriana. Este lugar de descanso fue construido por y para el emperador a su capricho, donde pasó sus últimos años. Años más tarde el cardenal de Este se llevó esculturas y mármoles de villa Adriana, para construir su villa en Tivoli. La villa Adriana constaba de treinta edificios, entre los que había jardines, fuentes, piscina, termas, teatro griego, biblioteca, teatro circular rodeado de un canal acuático, y otros edificios para el emperador, invitados, cortesanos, servidores y pretorianos. Otro autobús nos llevó a la estación del metro, y el metro hasta nuestro alojamiento. Ambas visitas hicieron que mereciera la pena la excursión. Al día siguiente regresamos a Sevilla. Mi impresión particular es que, por cultura, educación religiosa, y afición lectora, estar en Roma es como estar en casa.