El pie está constituido por dos partes bien diferenciadas, una parte posterior formada por los siete huesos del tarso, y una parte anterior formada por los cinco metatarsianos y los dedos. Estructuralmente todo el pie es una bóveda, que como en la arquitectura transmite mejor el peso del cuerpo desde el astrágalo al suelo. La bóveda tiene su apoyo posterior en el calcáneo, el anterior en las articulaciones metatarso falángicas primera y quinta, y toda la banda externa (calcáneo, cuboides y V metatarsiano) forman el apoyo lateral. La falta de esa bóveda, como ocurre en el pie plano, o la falta de apoyo en la banda externa, como ocurre en el pie cavo, ocasionan dolores al caminar o bipedestar, fácilmente corregibles con plantillas.
El pie tiene dos importantísimas articulaciones la que forman los metatarsianos con los dedos, que es la metatarsofalángica, y la que forma el astrágalo con los huesos de la pierna, tibia y peroné, que es el tobillo. Ambas articulaciones facilitan el movimiento de la marcha. El resto de los huesos están articulados entre sí, y tienen pequeños movimientos involuntarios entre ellos, para conseguir la adaptación de la bóveda plantar a las irregularidades y tensiones sobrevenidas según el terreno que se pisa.
La mayor parte de los dolores de pies incluidos en este capítulo están ocasionados por el calzado: Inadecuado al pie: por tan estrecho que comprime las estructuras metatarsales tendinosas o sus vainas sinoviales por los lados o por el dorso; por tan largo que no coinciden la flexibilidad del calzado con las articulaciones metatarsofalángicas, con lo que sufren tensiones o roces de la planta con el calzado a cada paso; o por tacón excesivamente alto, que sobrecarga el antepié, y constriñe los dedos. Inadecuado a la función que debe desarrollar. El calzado sirve para proteger el pie de la dureza o irregularidad del suelo. El duro suelo de hormigón obliga a proteger el pie al marchar sobre el mismo. El calzado debe ser flexible por delante, para que nos facilite la dorsiflexión del antepié, y rígido por detrás. Rigidez que se consigue con un diseño adecuado o una pieza rígida denominada cambrillón situado entre el tacón y la suela del calzado, que absorbe las tensiones a las que se somete la estructura plantar. Calzado deformado por el uso, o el propio peso del individuo, que obliga a una posición inadecuada del pie en el apoyo. Calzado desgastado, cuando el excesivo desgaste dinámico del tacón impide que el calzado sea estable, tendiendo a desviarse/deformarse en valgo de talón. Recuerde siempre: El calzado se deforma estáticamente (por el peso a pie quieto) y se desgasta dinámicamente (al rozar la zona postero externa del tacón con el suelo, más al estar sentado en el coche o la mesa de trabajo, que andando) El calzado por detrás tiene una banda de cuero, formada por contrafuerte y talonera, que se adapta a nuestro talón y le hace de faja a nuestro almohadillado talar, para que resista las presiones a cada paso. Sin estas protecciones se puede caminar un poco, pero si además tenemos sobrepeso, podemos sufrir las dos lesiones más comunes de nuestro pie: La fascitis plantar y la talalgia del almohadillado.
La fascitis plantar, es la inflamación dolorosa de la fascia plantar. Esta importante estructura, formada por un tejido fibroso plano, grueso, duro e inextensible, va desde al calcáneo hasta los dedos por debajo de los huesos del tarso y metatarso. Su función es transmitir la fuerza de impulsión del tríceps sural y el calcáneo a los dedos para progresar en el paso o en el salto, y servir de tensor a la bóveda plantar. Queda protegida de la dureza del suelo, en la fase de apoyo del talón, con la rigidez posterior del calzado, y de las irregularidades duras con el grosor de la suela. Caminar con chanclas por las duras aceras de loseta y hormigón es como más se lesiona. Es pues la patología del pie más común al acabar el verano. En ocasiones las molestias se circunscriben solo a la inserción calcánea, punto en donde su estrechura hace más vulnerable su estructura. Y si las tensiones son fuertes y duraderas, esta estructura sangra y calcifica ese hematoma formando el famoso espolón inferior calcáneo. Digo inferior porque hay otro similar justo en la inserción del tendón de aquiles, que sería el espolón superior calcáneo. El modo de abordar esta patología de la fascia central o de la de inserción es con plantillas, paciencia y modificando la forma de marchar, más despacio, con paso más corto, y sin taconear, evitando vibraciones que estimulen el dolor. La modificación de la forma de marchar, como la de la postura corporal, es de las actitudes terapéuticas más difíciles de realizar, pues como está regulada por el cerebelo de forma automática, cuando quitamos nuestra atención sobre la marcha, el cerebelo vuelve a la forma de marcha habitual, lo que obliga a estar al principio corrigiendo continuamente. Menos mal que el cerebelo aprende pronto.
Otra estructura que sufre con la escasa protección del calzado es la talalgia del almohadillado. El almohadillado es un tejido formado por pequeñas celdas de paredes duras y fibrosas rellenas de grasa. Es parecido a este plástico de envolver objetos frágiles con burbujas de aire. Este tejido está bajo el apoyo del calcáneo y de las cabezas metatarsianas, con el fin de que los huesos no toquen el suelo. Si no protegemos esta almohadilla del talón con los contrafuertes del calzado, se ensancha cada vez que apoyamos el talón en el suelo, se debilita, se resquebraja y duele. En personas con sobrepeso que usan zuecos de madera con tacón estrecho en verano, es posible verlas apoyar solo la banda central del talón, quedando el resto del talón rebosando por los dos lados del calzado. Esas personas son susceptibles de este tipo de patología. La forma de abordar esta patología pasa por taloneras blandas en calzado con contrafuertes protectores del talón. Si el almohadillado doloroso es el anterior, el que protege el apoyo de los metatarsianos, no basta con una talonera, precisa una plantilla completa con descarga metatarsal.
No pienso decir ni una palabra sobre la inadecuación de las modas del calzado y su función protectora de las estructuras del pie. Yo siempre digo: ¿Que va a hacer? ¿Andar? Protéjase. Si va a lucirse, este país es libre y de este dolor no se muere nadie, no camine, ni baile, ni esté de pie demasiado tiempo. ¿Va a la montaña? ¿Va a escalar? Use calzado de montaña para aproximarse y cuando llegue a la pared cámbiese por los “pies de gato” Hay un inconveniente irresoluto con el calzado protector de golpes en el pie, que tiene su punta de refuerzo metálica. La dureza de esa protección origina lesiones en el dorso de los dedos. Supongo que por inadecuación de la talla del calzado. Como las botas de la mili, esta es la tuya, te esté bien o no. Si no se adecua la talla, habrá que rediseñarlos, o adaptarle unos calcetines con dorso de la punta acolchado.
Con menos frecuencia hay otras talalgias muy localizadas: la primera es el atrapamiento del nervio plantar lateral, o neuropatía de Baxter. El atrapamiento de este nervio sensitivo-motor por las estructuras fasciculares y musculares que lo rodean, producen dolor en la zona lateral externa del calcáneo y la zona posterior de la fascia plantar, por lo que es difícil de distinguir de otras lesiones ya nombradas. Su parte motora inerva el abductor del V dedo, que puede perder fuerza con dicho atrapamiento. La segunda talalgia menos frecuente está situada en el lateral del talón, interno o externo, fuera del almohadillado, algo más baja que la inserción del aquiles, que se corresponde con las expansiones aquileas, la interna o externa. Como estas expansiones son estructuras tendinosas, y cumplen la función de ampliar el área de inserción del tendón de aquiles, para dar mayor capacidad de transmisión de fuerza al calcáneo, estos dolores son muy localizados, mecánico y muy intensos, aunque de poca gravedad. Se producen por un traspiés con mal apoyo del talón en el suelo, en un instante. Con paciencia, pediluvios, y andar despacio y sin brusquedades se resuelven en un par de semanas. El mismo traspiés anterior, pero con mal apoyo del pie puede originar un dolor en los huesos menores del tarso, escafoides, cuboides y las tres cuñas (mal localizado, mecánico, en el centro del pie) que se trata de una tarsalgia, y se resuelve como en el caso anterior. Si no se resolviera con prontitud, estaríamos ante la posibilidad de una artrosis en dichos huesos del tarso, producida por el desgaste de años o de trabajo, fácilmente detectable con estudios de imagen (radiográfica, tomográfica, ecográfica, por resonancia magnética o gammagráfica, según las sospechas diagnósticas) y sin resolución a corto plazo, como ya apuntamos en la introducción, esta patología se sale del objetivo de esta información.
Los huesos sesamoideos son unas pequeñas osificaciones (no calcificaciones, estos son tejido óseo normal, algunos muy pequeños) situadas junto a una inserción tendinosa importante, para aumentar el área y/o la resistencia de inserción del tendón, y dar así mayor capacidad de transmisión de fuerza al mismo. El sesamoideo más famoso es la rótula, que aumenta y mucho la capacidad de función del cuádriceps. Aunque hay cierta variación según las personas del número de estos huesos, los de los flexores del primer dedo de manos y pies son constantes, así como los de los gemelos en el fémur, o el pisiforme en la muñeca (falsamente tomado como octavo hueso del carpo, cuando es el sesamoideo del cubital anterior, músculo importantísimo cuando echas un pulso) Todo este preámbulo viene a colación por el dolor de los huesos sesamoideos de los flexores del primer dedo de los pies, o sesamoiditis, que aunque es hueso está en el interior de un tendón, y es muy localizado, mecánico y moderadamente intenso. El dolor se localiza bajo la cabeza del primer metatarsiano, y se produce por sobrecarga (hay gente que se machaca mucho corriendo o andando) o por rozamiento, debido a inadecuación del calzado (demasiado largo) o de la marcha (realizando un anormal giro final durante la fase de despegue) Estos flexores del primer dedo de los pies son los últimos en despegar del suelo, y por lo tanto los que realizan el impulso final.