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Guadalupe y Yuste

Unos años después del tormentoso viaje a Cuenca y Teruel (la primera noche sin dormir y la segunda durmiendo mi padre y yo en el coche por falta de habitaciones), mi padre me propuso otra visita cultural, se trataba de viajar a la cercana Extremadura para visitar Trujillo, Yuste, Guadalupe y Mérida. Al viaje vendría mi hijo de tres años por travieso, mi hija de siete quedaría al cargo de la otra abuela. Esta vez nos alojaríamos por todo lo alto en la hospedería del monasterio de Guadalupe.

Así que salimos un sábado de primavera por la mañana, desayunamos en Santa Olalla del Cala y tras pasar por Monesterio, Fuente de Cantos, Zafra, Almendralejo y Mérida, llegamos a Trujillo al medio día. Aparcamos en su plaza mayor, admiramos la magnífica estatua ecuestre de Francisco Pizarro, conquistador del Perú, originario de esta villa, así como Francisco de Orellana, descubridor del río Amazonas, contemplamos en lo alto del cerro Cabeza del Zorro el castillo almohade, paseamos por la plaza y calles aledañas admirando el exterior de la iglesia de San Martín, los palacios renacentistas de la Conquista, de Juan Pizarro Orellana, de San Carlos, la iglesia de Santa María La Mayor, que señorean su núcleo urbano, y que actualmente son bienes de interés cultural. El palacio de la Conquista tiene un bello balcón esquinero. Tras el paseo subimos y visitamos el castillo, contemplando desde el mismo la bella vista panorámica de la población, sus torres y sus murallas. En el castillo almohade hay una hornacina con la imagen de la Virgen de la Victoria velando por Trujillo desde la altura, pero si pones una moneda en el mecanismo giratorio, la virgen se vuelve para que puedas contemplarla durante unos minutos desde la sala del castillo donde se ubica. Tras la visita al castillo nos dispusimos para comer en un restaurante de Trujillo.  Con aquella edad mi hijo comía muy mal, pero aquel día no quiso comer nada, a pesar de mi insistencia. Ante el enfado de mi padre, yo decidí que no fastidiaría el viaje por el asunto de la comida. Ya recuperaría peso cuando volviéramos a casa.

Tras la comida salimos por la carretera nacional V, para llegar a Navalmoral de la Mata, y desde allí seguir hasta el monasterio de San Jerónimo de Yuste, lugar donde se retiró hasta su muerte el primer rey de la dinastía Habsburgo Carlos I, distante unos cien kilómetros al norte de Trujillo. Este monasterio se encuentra cerca de la población de Cuacos de Yuste en la comarca de la Vera. Allí se retiró el emperador Carlos V los dos últimos años de su vida, cansado de guerras y política, tras abdicar la unión de reinos españoles en su hijo Felipe, y el imperio en su hermano Fernando, conservando para Felipe Borgoña y Flandes, para desgracia nuestra, pues fue el origen de una ruinosa guerra de ochenta años. El primitivo cenobio hubo de ampliarse para construir una casa de dos plantas, y otras dependencias para el séquito del monarca, aunque muchos servidores vivieron en la cercana Cuacos de Yuste. Llegamos al monasterio por la tarde, y un fraile se ofreció para enseñarnos las dependencias. El monasterio está constituido por la iglesia de una sola planta y dos claustros de dos plantas, uno gótico (el del siglo XV, que conoció Carlos V) y el otro renacentista (construido en el siglo XVI). La otra construcción era la residencia del emperador, también de dos plantas, con patio interior y cuatro habitaciones por planta, de fábrica sencilla, sin elementos decorativos. En la planta alta estaba el dormitorio del emperador, que se comunicaba directamente con el coro de la iglesia, con lo que podía seguir los servicios religiosos desde su alcoba, También tenía un comedor, la sala de audiencias, y un mirador a la huerta. Los muebles y adornos de esta casa son de la época, pero no los que usó el emperador, solo se conserva una silla de manos para desplazarlo, cuando tenía algún ataque de gota que le impedía andar. La iglesia y los claustros son de bella factura. El fraile nos enseñó la terraza donde al emperador sufrió el ictus, que le ocasionó la muerte, tras dos días de agonía. Como curiosidad el emperador era buen comilón, y además de su cocinero, y su cazador, tenía su propio maestro cervecero, que le fabricaba la bebida preferida de un buen flamenco. El monasterio fue destruido por los franceses durante la ocupación de Napoleón, estuvo en ruina muchos años, y se reconstruyó ya en el siglo XX. Tras la agradable visita pusimos rumbo al monasterio de Guadalupe, donde nos alojaríamos esa noche. El trayecto era de algo más de cien kilómetros, y pasaba de nuevo por Navalmoral de la Mata, luego cruzamos de norte a sur el valle de Los Ibores, hasta llegar a Guadalupe. Valle montuoso y agreste famoso por sus quesos y su miel. El Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, que es su nombre oficial, es un importante monasterio, fomentado por el rey Alfonso XI de Castilla tras la victoria contra los Benimerines en la batalla del Salado. Patrimonio de la Humanidad desde 1993. La Virgen de Guadalupe es una de las vírgenes negras tan abundantes en este país (Monserrat, Candelaria, Nuestra Señora de Atocha…) a las que algunos atribuyen origen mágico. Es patrona de Extremadura y Reina de la Hispanidad. Después de muchas vicisitudes históricas y la desamortización de Mendizabal, el monasterio se reconstruyó en el siglo XX y se entregó a la orden de frailes de San Francisco, que actualmente mantienen el monasterio, dirigen los servicios religiosos de feligreses y peregrinos, y regentan la hospedería. Llegamos al monasterio, y al pueblo que lo rodea, al final de la tarde, por lo que tomamos habitaciones en la hospedería, y nos dispusimos a cenar allí mismo. Esa noche mi hijo solo comió helado, con el consiguiente enfado de mi padre. Más tarde en la habitación mi esposa descubrió que el niño tenía unas pintitas en la espalda, pero no tenía fiebre y seguía con su natural revoltoso. El monasterio tiene dos claustros el mudéjar y el gótico. La hospedería estaba en el bellísimo claustro gótico de tres plantas, y nuestras dos habitaciones en la primera planta. Era un placer para la vista recorrer el claustro bajo, la escalera y el claustro alto para volver del comedor a la habitación, y sobre todo con la luz de la mañana camino del desayuno. Por la mañana mi hijo desayunó algo, y los demás opíparamente. Realizamos la visita al monasterio comenzando por la iglesia, con fachada gótica y rosetón del crucero encima, que es la entrada desde la calle. La iglesia de estilo gótico tardío, consta de tres naves y cuatro tramos, la nave central es más alta, y la recorre una galería abierta al interior y ventanas que iluminan el conjunto. El crucero tiene la longitud de las tres naves, y en el centro se eleva un cimborrio octogonal. El presbiterio está separado por una reja monumental de forja de hierro de estilo gótico-renacentista. El altar mayor tiene un retablo de estilo renacentista con elementos barrocos. Tiene tres calles, más ancha la central, dos entrecalles y tres pisos, rematada por un crucifijo. El camarín de la virgen, el coro, la sacristía y los museos son otras estancias visitables. El otro claustro es el mudéjar, con arcos islámicos apuntados en la planta baja y de herradura en la arquería alta. Tiene un templete gótico en el centro y una fuente para abluciones en un lateral. El pueblo de Guadalupe se formó alrededor del monasterio, para atender a los peregrinos y visitantes. Tiendas de recuerdos y productos gastronómicos, restaurantes, y hostales son los más abundantes. Tras la visita al monasterio nos dispusimos a poner rumbo a casa, haciendo parada y fonda en Mérida, la Emérita Augusta hispánica, capital de la Lusitania, Llegamos a mediodía al conjunto arqueológico de Mérida, y admiramos el magnífico teatro, el anfiteatro, el circo, el puente romano sobre el Guadiana… Aún no estaba construido el museo arqueológico de Moneo. Tras la visita cultural buscamos restaurante para reponer fuerzas. Mi hijo comió algo mejor que el sábado, y no hubo enfado alguno. Tras la comida salimos para Sevilla, a finalizar el viaje. Cuando al día siguiente llevé a mi hijo a la guardería, estaba medio vacía. La profe me dijo que había una epidemia de varicela, y que muchos niños la estaban padeciendo. Entonces descubrí el motivo de la inapetencia y el exantema de mi hijo.