Un día ayudamos a Horacio, hermano de Arturo y por lo tanto también primo de mi amigo Alfredo a la vendimia de su viña. En el Bierzo hay muchos vecinos que tienen sus propias viñas, hacen vino para su consumo, pero tienen otras ocupaciones. El mismo Arturo, que era ortoprotésico, tenía sus propias vides y hacia vino para su consumo. Nos invitaba a tomarlo a veces, y nosotros nos resistíamos, porque aquel año su vino estaba bastante picado. Vendimiar es trabajoso y pesado, de sol a sol, aunque sea en modo de ayuda amistosa. Cuando terminó la larga jornada de vendimia Horacio nos invitó a una merienda, y nos propuso ir de caza con un grupo de amigos que tenían la misma afición. El día convenido nos levantamos bastante antes de amanecer, y fuimos en varios coches doce personas. Pusimos rumbo al noreste de Ponferrada, hacia Bembibre y luego torcimos hacia el norte, a Noceda, en la vertiente sur de la cordillera cantábrica. La jornada consistía en ir por la mañana a cazar jabalíes, y por la tarde a cazar liebres. Alfredo y yo fuimos desarmados, no teníamos ni escopeta ni licencia de caza. Pero uno de los cazadores llevaba dos escopetas, por lo que nos la repartimos. Alfredo la llevaría para los jabalíes y yo para las liebres. Todos los cazadores fueron bien provistos de munición y perros de caza. Al llegar a Noceda se interpusieron varios vecinos del pueblo para aclarar un asunto crucial. Nuestra zona de caza no podía invadir la zona acotada para los vecinos de Noceda. Después de un rato largo de discusión, nos dejaron proseguir con la jornada. La estrategia consistía en que cuatro cazadores de más edad subirían a colocar sus puestos de caza en lo más alto de un pequeño valle, los demás haríamos ruido con los perros y voces para ahuyentar a los jabalíes valle arriba. Esperamos el rato convenido para dar tiempo a que se colocaran en los puestos, y cuando llegó la hora iniciamos la ascensión valle arriba con la jauría y nuestras voces. Nos distribuimos cuatro en una ladera, tres en la otra, y yo desarmado en el arroyo. Yo pensé: si los jabalíes se agazapan en vez de huir, me comen en un santiamén. Miré a mi derecha y vi a Alfredo armado a unos treinta metros, con la puntería de Alfredo no me sentía muy seguro, el de la izquierda estaba aún más alejado, con lo que no mejoraba la seguridad. Conmigo se habían venido tres o cuatro perros, que iban delante, eso estaba bien. Hacia la mitad del valle el arroyo se complicaba, las matas se hacían más espesas, y los perros aguardaban a que yo les abriera el camino, desbrozando matojos. Ya era yo el que avanzaba a cuerpo descubierto monte arriba con los perros detrás. Si me topaba con una jabalina y sus jabatos, lo iba a pasar mal. Cuando al cabo de una hora llegamos a los puestos, los cazadores no habían disparado ni un tiro. Ese día no había jabalíes en ese valle. Bien está lo que bien acaba. Nos sentamos a almorzar y a contar las aventuras del día. Un cazador de los que habíamos subido jaleando dijo haber encontrado una cama reciente de los jabalíes. Habían estado allí hacía pocos días, dejando las huellas típicas de sus hocicos en la tierra. Durante el almuerzo Horacio contaba que, cuando salía a cazar con novatos, él se tiraba al suelo en vez de tirar a la perdiz, por si el novato no miraba quién estaba detrás de la pieza. Tras de almorzar nos dispusimos a recorrer en fila la zona alta del valle, separados por unos veinte metros, atentos a mantener la alineación fuimos avanzando, mientras los perros hacían su trabajo husmeando, ladrando y persiguiendo las liebres. Yo ya estaba armado con la munición correspondiente para cazar liebres. En un momento del recorrido los perros se vienen ladrando hacia donde yo estaba, después torcieron y se alejaron de mí. El que estaba a mi lado me dijo: has tenido la liebre a pocos pasos, y yo le decía, que no la había visto. Al cabo de un rato desde el extremo derecho de la fila alguien dijo: ahí va el lobo. Yo lo vi saliendo de una mata, y correr huyendo de nosotros, pero nadie le disparó. Teníamos la munición de la liebre, y esa no le haría daño. Un rato más tarde coronando una colina a mi izquierda aparecieron ocho jabalíes en fila, corriendo con sus rabos verticales. Dicen que estos pueden recorrer cuarenta quilómetros cada día. Cuando nos vieron se quitaron de la vista en un momento. Ya atardecido volvimos a los coches para volver a casa sin caza alguna. Durante la vuelta, cansados y ya anochecido pensaba: y si la invitación la hizo Horacio porque necesitaban más gente para espantar jabalíes. También podría ser que quería promocionar la caza entre no practicantes. Yo me inclino por lo primero.