La comarca leonesa de El Bierzo, donde yo estuve viviendo un par de años, está localizada en el extremo noroeste de la provincia de León. Es uno de los pocos territorios de Castilla y León que no está en la cuenca del río Duero, tres territorios del norte de Burgos pertenecen: el de las Merindades a la cuenca cantábrica, y los de la Bureba y Ebro a la cuenca del Ebro. El Bierzo está en la cuenca del río Sil, que atraviesa de Este-Oeste el bajo Bierzo. La comarca está rodeada de montañas que la separan de Asturias por el Norte, de León por el Este, de Zamora por el sur y de Galicia por el oeste. Algunos bercianos dicen que su comarca es la quinta provincia gallega. Yo he visto en las fiestas del bajo Bierzo sonar las gaitas y asistir las “pulpeiras” desde Galicia, con sus grandes ollas de cobre para cocer el pulpo, y el tinglado de bancos y mesas corridas sombreadas. Al oeste del Bierzo se habla gallego y se ve la televisión gallega. Bierzo independiente de León y Cacabelos su capital, escribían algunos por las paredes. El río Cúa baja desde la vertiente sur de la cordillera Cantábrica en un eje norte-sur, pasa por Fabero, Vega de Espinareda, Arganza, Cacabelos, Carracedelo, y desemboca en el Sil por Toral de los Vados, cerca de Las Médulas, lugar arqueológico de unas minas de oro romanas. En Vega de Espinareda lo cruza un puente romano del siglo II. Sus aguas provienen de los abundantes manantiales de esta vertiente de la cordillera cantábrica, y recogen el agua del deshielo, incrementando así el caudal del Sil, poco antes de entrar en Orense cerca de O Barco de Valdeorras. Tras O Barco el Sil continúa por A Rúa, Quiroga, la Ribeira Sacra de Monforte de Lemos, hasta desembocar en el río Miño. El río Cúa es reserva de la biosfera de los Ancares leoneses, tiene aguas cristalinas, frías y trucheras, y es muy visitado por los bercianos, para refrescarse en verano, comer a la sombra de sus sotos y pescar la trucha de diferentes modalidades. Desde el puente sobre el Cúa en Cacabelos estuve un buen rato viendo como un pescador trataba de engatusar a una trucha para que picara. Desde arriba veía a la trucha como sacaba medio cuerpo de su escondite, y dudaba en morder o no la mosca-cebo del pescador. Este hacía pasar una y otra vez la mosca flotando en la corriente a pocos centímetros de la trucha. Esta veía pasar la mosca una y otra vez corriente abajo, pero no se decidía a cazarla, y así estuvieron un buen rato, hasta que la trucha al fin mordió el anzuelo. Aunque la pesca siempre me pareció una actividad muy aburrida, en esta ocasión como veía el pescador, sus maniobras, y al pez, me resultó un rato muy entretenido. Otra modalidad de pesca de la trucha, aún más espectacular y que nunca pude ver, es la de la mosca seca. Me contaban que el pescador va al río y caza una mosca de la orilla. Escoge entre sus moscas artificiales preparadas por él, ya montadas en anzuelos, la que más se le parezca. Y empieza con mucha habilidad a mover la caña como un látigo, para que la mosca toque el agua un instante y levante el vuelo. Al cabo de varias veces la trucha salta del agua y muerde el anzuelo en el aire.
En una ocasión mi amigo Alfredo y sus hermanos Dalmiro y Orestes me propusieron ir a comer truchas a orillas del Cúa. Orestes iría más temprano, y se encargaría de pescarlas. Alfredo y yo fuimos algo más tarde a la zona convenida. Cuando llegamos Orestes había conseguido pescar dos truchas, parco almuerzo para cuatro comensales. Entonces llegó Dalmiro y cuando observó la pesca, dijo con sorna: Menos mal que me pasado por la pescadería de Toral, y compré una docena de ellas. Dalmiro era una persona muy peculiar, solo se fiaba de sí mismo, y no estaba dispuesto a saciar el hambre según la suerte de su hermano menor. En un fuego de camping gas asamos las truchas acompañadas por pan y el vino que trajo Dalmiro. Excelente almuerzo entre risas y bromas sobre la capacidad pesquera de Orestes y el hambre de las truchas esa mañana.
Un día de Santiago decidimos cuatro parejas ir hasta la orilla del Cúa a comer carne asada. Alfredo y su mujer Nery, su cuñado Adonías con su mujer Luly, Arturo, primo de Alfredo con Leonor, y Ana María, Ana mi hija de tres años y yo. Alfredo conocía el lugar donde junto al río se abría una extensa pradera sombreada de chopos. Cuando llegamos ya había varias familias instaladas para comer en ese sitio. Buscamos una zona seca con suficiente sombra de arbolado, según se desplazara el sol, y nos organizamos para buscar leña, hacer fuego y colocar la parrilla al estilo argentino, como le gustaba a Alfredo. El asado se pone en una parrilla cerrada de pie a tres palmos de la hoguera, y la carne se asaba a fuego lento. Se hace más despacio, pero se desgrasa más. Otros fuimos a refrescar el vino, el agua y el postre, metiendo las garrafas y el melón en las frías aguas del río. Otros colocaban las mesas, una para aderezar la comida y otra para comer, que luego serviría para la partida de tute, las sillas y las neveras con los aperitivos: jamón, chorizo, queso, lacón, cecina, aceitunas, para todos los gustos. Después vendría el asado y la ensalada. Una vez instalados, comenzamos a charlar sobre las bondades del sitio, la cantidad de gente dispersa por el prado, los niños haciendo ruido mientras jugaban y los quehaceres culinarios de los distintos grupos. Acompañamos la distendida charla con unos vinos y algunas tapas. Un rato después llegó otro grupo más, que se instaló junto a nosotros, pero al otro lado de una fila de chopos. Se oía perfectamente, pero no nos veíamos con detalle. El grupo lo formaba una pareja joven, con una niña de unos siete años, y la madre de la chica. El muchacho venía cargado con: nevera, mesa plegada, bolsas colgando de los brazos, llenas de comida y objetos, y la sombrilla no sé cómo. Dejó los objetos en el suelo y se marchó para traer más. Entonces empezó la suegra: que hay que ver donde nos ha puesto el inútil de tu marido, que si no vale para nada, que verás lo que tarda en montar la mesa y las sillas, que bla bla bla. Nosotros comentamos, que la señora era muy desagradecida, que el sitio no era tan malo, que venía cargado como una mula, mientras ella sólo cargaba su sombrero. Llegó con más bolsas y ella seguía: que el sitio elegido no era bueno, que los árboles no le daban sombra, que no vigilas a la niña, que se te habrá olvidado alguna cosa… Nosotros nos desconectamos del asunto y seguimos a lo nuestro, vino, aperitivos y vigilando el asado. Cuando el asado estuvo en su punto, nos pusimos a comer y a disfrutar de aquel almuerzo de Santiago. Tras la comida y el café comenzamos a jugar al tute por parejas con nuestras copas de aguardiente. Alfredo y yo, contra Adonias y Arturo. Durante la partida oímos a la suegra quejarse de que le había picado una avispa. Entonces Arturo dejo sus cartas en la mesa y dijo: ¡Es que hay Dios! ¡Santiago ha hecho el milagro! De toda la gente que hay aquí, la avispa le ha picado a la bruja esa. ¡Ha habido justicia! Nosotros comenzamos a reír, con cierta precaución, porque ellos estaban muy cerca. El yerno muy solícito se puso a apretar la picadura para extraer lo máximo posible de lo inoculado. Y Arturo volvió a la carga: Aprieta fuerte, a ver si le sacas todo el veneno. Vuelta a las risas, pero más intensas, pues el juego de palabras sobre si el veneno era el de la avispa o el de la señora era muy bueno. La tarde se echó encima, recogimos y nos fuimos a casa. Muchas noches, antes de dormirme, me reía recordando a Arturo y el episodio de la avispa justiciera.