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Camino de Santiago 2

Sexta Etapa: El jueves 22 de Julio el camino nos llevaba desde Palas de Rei a Arzúa, distante veintiocho quilómetros. Las últimas etapas que habíamos hecho sin mochila, y el conocimiento de que hay taxis que las llevan por un módico precio hasta el final de la etapa, nos hizo tomar la decisión de caminar sin ellas, queríamos disfrutar del camino, y disminuir el esfuerzo. Desayunamos en el mismo hostal donde dormimos. Café y tostadas con mantequilla hecha en casa, y mermelada de ciruelas también casera, cargando de energía nuestro cuerpo. Antes de salir reservamos habitación en un hostal de Arzúa. El camino es un sube y baja constante. Alfredo tenía molestias en una rodilla en los descensos, así que para bajar las cuestas usaba mi bastón y el suyo, para el llano y las cuestas arriba me lo devolvía, pues en esas pendientes no sufría. Ana estaba mucho mejor de su tendinitis. Salimos los tres hacia Arzúa descendiendo hasta Carballal, después el camino ascendía hasta San Xulián do Camino por una hermosa senda entre robles. En San Xulián la iglesia románica estaba rodeada por su camposanto. Una de las tumbas era de una joven de 29 años, que murió en 1957. Continuamos caminando por las frescas cerredeiras (camino entre los robles), para descender hasta el río Pambre, llegar a Pontecampaña, y subir a Casanova. Iniciamos un descenso hasta el rego do Vilar, y nuevo ascenso hasta Campanillas, en el límite entre Lugo y La Coruña. Ambos ríos Pambre y rego do Vilar son afluentes del río Ulla. En Campañillas paramos, estiramos, bebimos agua, y seguimos hasta Laboreiro, hermosa aldea típica gallega en la que tomamos una calzada romana que atravesó el río Seco por un puente medieval. Allí se hacían fotos los peregrinos, A Ana le pidieron hacer una foto un grupo de cinco varones franceses de variada edad. Nosotros también nos las hicimos. Tras pasar por Furelos, llegamos a Melide. Este pueblo es famoso por tener un bello cruceiro y la fama del mejor “pulpo a feira”. Nosotros llegamos a las once de la mañana, y no dejamos pasar la ocasión de probarlo. Es curioso que la denominación de origen del “pulpo a feira” esté en un pueblo entre montañas y lejos del mar, pero así es. El grupo de cinco varones de la foto del puente medieval entraron detrás de nosotros. El de mayor edad, al que yo identifiqué como un obispo y su ayudante pidieron vino para acompañar al pulpo, pero uno de los tres jóvenes, que identifiqué como novicios pidió coca cola, ante las muestras de desagrado del obispo. No sé si era verdad, pero me hacía gracia figurármelo así. Nosotros pedimos vino y pulpo, y estaba buenísimo. Muy reconfortados por la degustación, salimos de Melide por un camino que atraviesa un bosque de robles pinos y eucaliptos con continuadas subidas y bajadas para llegar a Boente, pasar por A Brea (esta no es la de la etapa anterior, sino otra localidad del mismo nombre en otro concello) y subir a Castañeda. El camino sigue cuesta abajo hacia el río Iso, hasta llegar a Ribadiso “da baixo”, donde atravesamos el puente medieval, y tras un duro repecho llegamos a Arzúa a las tres de la tarde. Derrengados por el camino rompe piernas que nos trajo a esta localidad. Tuvimos toda la tarde para recuperar en este pueblo famoso por su queso denominado Arzúa-Ulloa y su miel.

Séptima etapa: El viernes 23 de Julio el camino nos llevó desde Arzúa a Arca o Pino, distante veintiún quilómetros. Entregamos las mochilas a un taxista que ya iba bastante lleno de las de otros peregrinos. Las dejaría todas en la gasolinera de Arca, capital del concejo de o Pino, es lo que hay. Nosotros habíamos reservado una casa rural en dicho concejo. El camino fue más cómodo que el de ayer, las subidas y bajadas son más cortas, y acompaña a la carretera, que atravesamos varias veces, alternando caminos boscosos a la sombra de robles y eucaliptos, con terrenos de labrantío y frutales. Cruzamos los ríos Vello y Brandeso y las aldeas de Preguntoño, A Calzada, y Ferreiros, donde el camino serpentea entre casas de piedra dedicadas a la labranza y el cuidado de las vacas. Al llegar a Boa Vista, mitad del camino, descansamos, bebimos, comimos algo en un bar y estiramos músculos. Durante un rato nos estuvo lloviendo con gotas muy finas, orballo lo llaman allí. Continuamos el camino pasando por La Salceda, O Castro y Empalme hasta el pueblo y la ermita de Santa Irene, sin grandes esfuerzos de subidas y bajadas. Desde Santa Irene salimos hasta la cercana Arca, pasando por A Rúa, donde el camino tenía un largo descenso casi hasta la gasolinera de Arca. Recuperamos nuestras mochilas en la gasolinera, y nos fuimos a comer en un restaurante de la misma carretera. Tras la comida subimos a un taxi para que nos llevara a la casa rural situada en el barrio de A Toxa. Era muy bonita, de una sola planta, con jardín terraza para sentarse a charlar y tomar algo. La rústica decoración del jardín consistía en un horno antiguo para cocer pan, artesas y tamices, con grano de trigo, harina y maíz, un carro, una antigua prensa para vino, e incluso un pequeño hórreo. Nuestra habitación, de tres camas y paredes de piedra, tenía un enorme baño y nuestro propio jardín. El único problema era que para cenar había que andar tres quilómetros hasta el restaurante de la carretera. A la hora de cenar salimos a caminar hasta el restaurante. Ya anocheciendo no había nadie a quién preguntar. En una casa con jardín preguntamos a un señor, que cenaba en su porche, por donde se iba al restaurante de la carretera. El señor, que se llamaba Mirindo, nos señaló el camino, y enseguida nos llamó para peguntarnos si éramos peregrinos. Le dijimos que sí, que nos alojábamos en la cercana casa rural de A Toxa, que él dijo conocer. El amable señor se empeñó en llevarnos hasta el restaurante, venció nuestra reticencia y excusas, y nos llevó. Nos dijo que para él era un placer ayudar a unos peregrinos. Él era de la Coruña, y estaba en su segunda vivienda de fin de semana. Nos dejó en el restaurante de Santa Irene, que habíamos pasado al final de esta mañana, y nos dio su teléfono para llevarnos de vuelta a nuestro alojamiento. Le agradecimos mucho su ayuda, y comiendo comentamos en no abusar de su amabilidad.  Tras la cena nos fue imposible encontrar un taxi a esa hora, así que, ante la disyuntiva de caminar hasta A Toxa, o llamarlo, optamos por lo segundo. El hombre nos recogió muy agradecido por nuestra llamada, e incluso se empeñó en invitarnos en su casa a un café y a un aguardiente. No supimos negarnos. Nos presentó a su suegra y a su mujer, Le contamos nuestra vida, nos contó la suya, y después nos llevó a la casa rural, pese a la cercanía. Una inmensa satisfacción encontrar en el camino tanta amabilidad y disposición para con los peregrinos.

Octava etapa: El sábado 24 de Julio, víspera del día de Santiago, el camino nos llevó desde Arca o Pino hasta Santiago de Compostela, distantes veinte quilómetros. Salimos muy temprano desde la casa rural hasta la gasolinera de Arca en la que acabamos la etapa anterior. Allí dejamos las mochilas al taxi que las llevaría hasta nuestro hotel, y sin desayunar iniciamos la etapa. Salimos de Arca por un camino entre eucaliptos y llegamos a otra aldea de Arca llamada San Antón, el camino era suavemente descendente hasta llegar al río Brandelos en Amenal. Allí ascendía un fuerte repecho entre robles autóctonos y eucaliptos reforestados hasta Cimadevilla, último pueblo del “concello” de O Pino, rodeamos el aeropuerto y llegamos a San Paio, primera aldea del término de Santiago de Compostela. El camino vuelve a descender, pasa por debajo de la carretera y baja hasta el río Sionlla, ya en Lavacolla. Allí pudimos desayunar después de dos horas de marcha, reponiendo energía y estirando músculos. El camino continuaba en ascenso hasta el Monte do Gozo, lugar desde donde los peregrinos gozaban de ver a lo lejos la catedral de Santiago, su cercano destino final. En el monte hay aparcamiento para coches, bar, albergue, tienda, cajero, y un monumento a los peregrinos (dos peregrinos en bronce señalando y mirando la catedral de Santiago). Después del descanso y refresco en el Monte do Gozo, visitamos la capilla allí situada, en la que había una virgen de Fátima muy colorista, y continuamos el camino, que descendía entrando en las calles de Santiago. Entramos por la rúa de San Lázaro, donde estaba nuestro hotel. Allí recogimos las mochilas, tomamos habitación y aproveché para cambiarme de ropa, pues con el calor de ese día me había empapado en sudor. Una vez repuesto continuamos caminando por aceras hasta la catedral. Ese último tramo se nos hizo larguísimo, no sé si por caminar por aceras, o por la ansiedad de llegar. Pasamos por la rúa de San Pedro hasta llegar a la Porta do Camiño, y desde allí a la Plaza Cervantes y por fin llegamos a la Plaza del Obradoiro repleta de peregrinos.  Emocionante. Habíamos caminado durante ciento ochenta quilómetros, y habíamos acabado por fin. En seguida hicimos la primera cola, para poner los dedos sobre la gastada columna central del pórtico de la gloria, dedos marcados sobre la piedra de millones de peregrinos tras siglos de peregrinaje. Y tras dicha columna golpear con tu cabeza la del maestro Mateo, constructor del pórtico de la gloria, para que te traspase su sabiduría. Finalizado este primer contacto con la catedral, salimos por la puerta de Platerías, y nos tomamos un trozo de empanada para reponer fuerzas. Posteriormente nos dirigimos a la plaza del ábside, en la que estaba abierta la puerta santa, y en formación la cola para abrazar al santo. La cola entraba por detrás del altar mayor hasta el presbiterio, subía al camerino del santo y le das un abrazo fraternal. Al bajar del camerino por la escalera contraria a la de subida, sigues descendiendo por otras escaleras, y llegas a la cripta donde está el sepulcro de Santiago. Sigues de frente, subes de nuevo otras escaleras y sales otra vez al presbiterio de la catedral. Yo ya conocía el ritual de la mano en la columna, el cabezazo, el abrazo al santo, y la visita a su sepulcro, pues en 1965, también año santo, mi padre me llevó a Santiago de Compostela, nos alojamos en el Burgo de Las Naciones, alojamiento provisional construido aquel año para alojar a miles de peregrinos, y realicé por primera vez el ritual completo: mano cabeza abrazo y sepulcro. Después he estado más veces: en 1975 con amigos viajando por Galicia; en 1981 con mi esposa e hija, tras acabar la estancia en el camping de Bayona la Real; una excursión durante un congreso de médicos en La Coruña en 2004, pero ya sin hacer todo el ritual. La catedral es una joya románica de tres naves, más alta la central, y en el crucero, bajo la bóveda más alta sucede el vaivén del botafumeiro, enorme incensario que oscila en la nave del crucero movido por siete u ocho acólitos de variada edades, que tiran de las sogas en los momentos oportunos para que tome y mantenga altura. Se dice que el motivo de este aparato era paliar los olores de los peregrinos medievales, los actuales llevamos jabón. A la hora de pararlo, se deja que pierda fuerza en la oscilación, y cuando tiene menos inercia dos o tres hombres se tiran a sujetarlo. Un espectáculo de otro tiempo. Salimos de la catedral de nuevo por la puerta de Platerías y caminamos pocos metros de la rúa do Villar, donde estaba la tercera cola, en la oficina donde, tras escudriñar el pasaporte con los sellos acumulados, conseguías “la compostelana” Es una especie de certificado de que has realizado cien quilómetros del camino de Santiago. Tiene dos modalidades la primera, si el camino lo has hecho por motivos religiosos el certificado viene en latín. La segundo si el camino no lo has hecho por motivos religiosos, está redactada en castellano, y con menos florida redacción. Naturalmente yo la pedí en latín, pues mis motivos eran muy religiosos. Esta última cola era la más larga, pues rellenar la compostelana es más lento que dar cabezazos o abrazos. Al salir de la oficina plastificamos la bella acreditación, que aún conservo, y fuimos a la misa vespertina del peregrino, donde vimos volar el botafumeiro. Tomamos un taxi hasta el hotel, para ducha, descanso y cena. Tras la cena fuimos de nuevo al centro para ver los fuegos artificiales de la víspera del santo. Los tiran en el Obradoiro, pero allí no había sitio, así que los vimos desde el cercano y grande parque das Hortas, que estaba repleto de gente. Las torres de la catedral, que se veían desde el parque, estaban iluminadas como si tuvieran relieve. Y los fuegos fueron duraderos variados y de gran belleza. Al día siguiente fuimos al centro de compras. La catedral estaba cerrada por la visita de los Reyes el día de Santiago y la consiguiente ofrenda de España al santo. Por el resto de calles mucha gente, charangas e incluso en una placita una orquesta. Una delicia pasear el casco histórico de Santiago, ciudad que ejerce en mí una profunda fascinación. Por la tarde autobús a Ponferrada, con las mochilas en el portaequipaje y en la cabeza recuerdos de una experiencia inolvidable.

PS: La mayoría de los detalles de esta experiencia se deben al diario de mi hija Ana, que escribió durante el camino. Le agradezco mucho a Ana hacer el diario y dejármelo, para conseguir mayor nivel de emoción.