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Camino de Santiago 1

En 2004 Alfredo, mi amigo Berciano y yo, decidimos hacer el Camino de Santiago saliendo desde Villafranca del Bierzo. Ese año fue el primer Xacobeo del milenio (el año santo en el que el día de Santiago cae en domingo, abren la puerta santa y los fastos son más solemnes). Mi hija decidió apuntarse para acompañarnos en la caminata. Calculamos la salida para entrar en Santiago de Compostela la víspera de su festividad, y asistir a los fuegos artificiales que se tirarían la víspera en honor al Santo. Tomamos habitación con tiempo suficiente en un hotel de las afueras de Santiago, pues ese día 24 de Julio la ciudad estaría abarrotada de visitantes, como así ocurrió. El resto de los días iríamos buscando donde dormir, según fuéramos acabando las etapas. Salimos de la iglesia de Santiago de Villafranca del Bierzo, lugar donde puedes ganar la indulgencia plenaria, si la salud te impide llegar más lejos. Antes de llegar en automóvil a Villafranca pesamos las mochilas donde llevábamos mudas para una semana, chubasquero, objetos para el aseo personal y algunas otras cosas de menor importancia, las tres pesaban entre diez quilos la que menos y quince la que más. Llevábamos el pasaporte para sellar en cada etapa, un bastón para apoyarse, la concha del peregrino, un gorro y unas buenas botas con suela gruesa y cordaje preventivo de esguinces de tobillo. Alfredo quería salir temprano para evitar el calor de mediodía, así que salíamos al amanecer del mes de Julio, o sea, muy temprano.

Primera etapa: El domingo 18 de Julio salimos de la puerta de la iglesia de Santiago de Villafranca del Bierzo, junto al castillo de Villafranca propiedad del músico Cristóbal Halffter. Nos quedaba una etapa de veintiocho quilómetros hasta la iglesia del Cebreiro. Todo el camino cuesta arriba, aunque luego comprobamos que con distinta dureza de subida. Tras la salida seguimos las señales del camino, que son las conocidas flechas amarillas que señalan la dirección correcta en cada cruce. El camino nos llevó bajando por las calles de Villafranca hasta la orilla del río Burbia, afluente del río Cúa, y este del Sil. El camino seguía Burbia arriba hasta que llegamos a la desembocadura de su afluente el río Valcarce, cuyo valle íbamos a subir. El camino, ya desde el río Burbia, ascendía siguiendo los meandros del Valcarce por la carretera antigua. En Pereje tomamos un café y algún dulce para reconfortarnos un poco, pues el camino era ascendente, era muy temprano, y la mochila pesaba lo suyo. Tras el piscolabis seguimos caminando hasta Herrerías, sin dejar la carretera antigua y pasando por Trabadelo, la Portela de Valcarce, Ambasmestas, Vega de Valcarce, y Ruitelán, poblados de casas de piedra y madera, tejados de pizarra, calles empedradas, perros, gatos y gallinas sueltas por la calle, olor a establo de vacas, personas mayores y muy pocos niños, en un ambiente rústico, pacífico y muy agradable. En Herrerías tomamos un bocadillo para reponer fuerzas, habíamos subido dieciséis quilómetros desde Villafranca, aunque con pendiente suave. Nos quedaban los doce más duros de la etapa, y de todo nuestro recorrido hasta Santiago. A la salida de Herrerías el camino se dividía en dos, a la derecha las bicicletas y los caballos, a la izquierda los caminantes, siguiendo el arroyo de Boucelo. No sabíamos que el camino peatonal sería más duro que el otro. La subida al Cebreiro se hacía por un camino de herradura, que se retorcía como una culebra subiendo la montaña. Cubierto de arbolado espeso, la pendiente era como si subieras una escalera de peldaños bajos, pero de seis quilómetros. Al llegar a La Faba, la cuesta arriba se hizo más llevadera, pero ya íbamos muy cansados. Seguimos caminando hasta la Laguna, último pueblo de León, con el camino en ascenso, pero libre de arbolado. Alfredo nos esperaba a Ana y a mí con unos refrescos de naranja, obtenidos de una máquina expendedora junto al albergue. Nos quedaban dos quilómetros para llegar a la iglesia del Cebreiro. Tras el descanso, por fin llegamos a la pequeña iglesia, que estaba repleta de peregrinos. Como no había alojamiento en el Cebreiro, llamamos a un taxi para que nos bajara a Piedrafita. Subió una taxista y empezó a cargar las mochilas. Yo viéndola le dije: No cargue usted las mochilas en su estado. Y Ella me contestó: No estoy embarazada, parí hace siete meses. Tierra trágame, vaya metedura de pata. Cenamos y nos fuimos a dormir agotados. Al día siguiente requerimos sus servicios de nuevo para que nos subiera a la iglesia del Cebreiro a continuar el camino.

Segunda etapa: Esta etapa del lunes 19 de Julio nos llevaba desde El Cebreiro a Triacastela, tras veintiún quilómetros de camino. A pesar de no haber amanecido el camino estaba lleno de peregrinos. Nos pusimos a andar aún sin desayunar, pues el bar del hostal no había abierto. Atravesamos Liñares y subimos al alto de San Roque, donde nos amaneció ese día. En el alto dejamos la carretera asfaltada y seguimos por el camino de tierra que indicaban las flechas amarillas. El camino nos llevó al Hospital de la Condesa, pequeño poblado que no tenía bar, pero sí fuente de agua muy fresca. Continuamos subiendo hasta el alto del Poio, donde por fin encontramos donde desayunar después de más de ocho quilómetros de camino. No había tostadas, así que café y bocadillo de jamón, que no estuvo nada mal. Una de las cosas más bonitas del camino es desear “buen camino” a todo peregrino con el que te cruzas, que adelantas o descansa orillado. Siempre con una mirada de complicidad, por compartir el esfuerzo. Continuamos por el camino paralelo a la carretera, que bajaba hasta Fonfría, atravesando bellas arboledas y acompañados de las vacas rubias gallegas, que tan bonitas son, y que aprovechaban el mismo camino que nosotros.  Después de un rato de bajada vimos un cartel que decía “Concello de Triacastela” que era el fin de nuestra etapa, pero aún quedaban nueve quilómetros de bajada, custodiada por castaños robles y magnolios. Pasamos por el Biduedo, Fillobal y Pasantes, entes de llegar a la cabeza del “concello”. Descansando en un bar de Triacastela nos dimos cuenta de que para llegar a Santiago la víspera del santo, nos faltaba un día, habíamos calculado mal, y teníamos el hotel reservado. Mi hija estaba empeorando de una tendinitis desde la primera etapa, y decidimos: que ella iría en un taxi a Sarria con las tres mochilas, para descansar, y Alfredo y yo continuaríamos el camino hasta esa población.

Tercera etapa: Esta etapa, que hicimos el mismo lunes 19 de julio, ofrecía dos opciones. La más larga era ir por el monasterio benedictino de San Julián y Santa Basilisa en Samos, etapa que descendía a la orilla del río Oribio hasta Aguiada, donde se volvían a juntar los dos caminos. La segunda opción era siete quilómetros más corta, pero había que subir al alto de San Gil y luego bajar a Aguiada. Como estábamos sumando dos etapas, y ya marcharíamos sin mochilas, escogimos la más corta, que distaba dieciocho quilómetros y medio de Sarria. Cuando el taxi de Ana se marchó, nosotros subimos al alto de San Gil sin mochilas. Era una delicia andar sin ese peso muerto. No se nos hizo larga la subida. Pasamos por La Balsa, y San Gil, y en el alto de Riocabo había una hermosa fuente de agua fresquísima decorada con un azulejo. Comenzamos a bajar atravesando Fontan, donde tomamos un bocadillo, y Furela. El camino de bajada empinado y cubierto de robles estaba algo húmedo, y Alfredo resbaló en un peñasco mojado y fue al suelo, le fallaron las gomas decía él. Gracias a Santiago no se hizo ningún daño, comentábamos luego haciendo risas. Tras Pintín y Calvor llegamos a Aguiada, donde continuaba un único camino junto al río Sarria, pues el río Oribio había cambiado de nombre al bajar del monte. Mas despejado de arboleda y aún en alto se veía de lejos Sarria. Aún nos quedaban más de cuatro quilómetros y la tarde estaba avanzando. Tras atravesar San Mamede, llegamos a Sarria a las seis de la tarde, después de cuarenta quilómetros y doce horas de marcha. Esta etapa la hicimos casi en solitario, pues fuimos por el camino menos transitado, la mayoría de los peregrinos pasan por el monasterio de Samos, y además era tarde cuando la iniciamos. Aquella noche cené un caldo gallego, una rica empanada, y nos acostamos temprano.

Cuarta etapa: El martes 20 de Julio hicimos la etapa desde Sarria a Portomarín, que tenía una distancia de veintidós quilómetros. La lesión de Ana aconsejaba que siguiera de reposo ese día, así que volvió a subir en un taxi con las tres mochilas hasta nuestro destino. Sarria es un pueblo grande, capital de la comarca y con algunos monumentos antiguos. Desde allí llamamos para reservar alojamiento en Portomarín. Una vez el taxi de Ana salió, iniciamos el camino hacia el mirador de Sarria con su crucero, y el convento de la Magdalena. Posteriormente bajamos hasta el río Pequeño, afluente del río Sarria, lo cruzamos por el puente medieval de Áspera, y comenzamos un camino ascendente que nos llevó primero a la parroquia de Barbadelo, con su pequeña iglesia de Santiago de estilo románico, rodeada de su camposanto. Allí había quioscos para tomar algo. Ese día decidí que cada dos horas parásemos media hora, estirásemos las piernas y descansáramos un rato, para así prevenir nuevas lesiones. Recuerdo que, en el camino, entre los peregrinos había una mujer muy mayor, que se apoyaba en dos bastones, y que había llegado hasta allí. Me sorprendió su fortaleza. Pensé más tarde, que sus etapas podían ser más cortas, pues cada peregrino escoge su ruta. Seguimos ascendiendo hasta Brea, donde se encuentra el mojón de cien quilómetros a Santiago. Continuamos el camino, ya sin ascender, hasta Mirallos, donde pasamos a caminar por asfalto hasta Pena. Me acuerdo de que por el asfalto formábamos una larga fila de peregrinos. En Pena cruzamos la carretera y volvimos a los caminos de tierra para llegar a Mercadoiro, y desde allí descender hasta el río Miño, ya embalsado bajo Portomarín. Cruzamos el largo puente sobre embalse, y subimos las largas escaleras hasta el pueblo actual. El antiguo Portomarín está bajo las aguas del embalse, en el nuevo se construyeron casas nuevas, pero se reinstalo la antigua iglesia trasladada piedra a piedra. Aquella tarde estábamos todos los peregrinos en chanclas y cojeando, por lesiones o agujetas, que era mi caso. La iglesia, que domina la plaza principal es una mole de piedra cuadrada, y las torres de sus cuatro esquinas estaban almenadas. La habitación del hostal era pequeña, pero el agotamiento nos hizo dormir como lirones.

Quinta etapa: El miércoles 21 de Julio el camino nos llevaba desde Portomarín a Palas de Rei, distante 25 quilómetros. Ana estaba casi recuperada, pero la prudencia obligaba a que de nuevo descansara de andar. Así que salimos muy temprano por la rúa Compostela que nos bajaba de nuevo al río Miño embalsado. Cruzamos el Miño por una pasarela peatonal, y comenzamos una subida bastante intensa por la carretera que va a Gonzar, que tenía ocho quilómetros. La fila de peregrinos subíamos con esfuerzo, tanto los que caminábamos como los que subían en bicicleta. Yo le dije a uno: Esto es tan duro andando como en bicicleta. Y él asintió con la cabeza. Pasamos por Toxibó, y llegamos a Gonzar, donde hicimos parada, bebida, algo de comer, estiramientos y visita a la iglesia románica. Continuamos ascendiendo pasando por Castromaior y Hospital do Alto da Cruz, donde coronamos la sierra que veníamos subiendo desde Portomarín durante trece y medio quilómetros. Continuamos el camino con un suave descenso por A Prebisa y Os Lameiros, donde está uno de los más bellos cruceiros de Galicia. El camino se aparta de la carretera y sigue por un camino empinado de tierra hasta Ligonde y A Eirexe, continúa en suave descenso hasta Portos y Lestedo. El camino vuelve a ascender hasta el alto del Rosario, desde el que se ven agradables vistas. Desde allí llegamos a Palas de Rei a las dos de la tarde. Nos encontramos con Ana, nos llevó al Hostal, nos duchamos y a comer. Las agujetas van pasando. En Palas de Rei es aconsejable ver la iglesia de San Tirso, de hermosa puerta románica. La comida en Palas de Rei nos deparó degustar un e3xcelente caldo gallego. En estos pueblos tienen la buena costumbre de ponerte una fuente con el pedido, de caldo o legumbres, y te sirves lo que quieras. Magnífica costumbre, que Ana aprovechó para repetir el rico caldo gallego.