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Cuenca y Teruel

Hace muchos años Ana y yo nos embarcamos en un viaje junto a mis padres. El viaje consistía en ver la ciudad encantada de Cuenca y la ciudad de Teruel. Ninguna de las dos cosas conocía.  Por la tarde salimos de Sevilla en dirección Madrid por la carretera Nacional IV. Teníamos la intención de dormir en algún lugar de la provincia de Ciudad Real, pero tras la cena mi padre me propuso conducir toda la noche hasta Cuenca. Que cuando yo tuviera sueño, el me sustituiría. Yo que sabía sobre sus habilidades como conductor y su vista a los cincuentaicuatro años, decidí que haría yo el trayecto completo. Ya anochecido pasamos Manzanares y tomamos la carretera nacional 420 que nos llevaría hasta Cuenca, pasando por Alcázar de San Juan, Mota del Cuervo, y Belmonte. Amanecía cuando pasamos por Cuenca y desde la carretera vimos las casas colgantes sobre la hoz del río Huécar, camino de la entrada del parque natural. Cuando llegamos a la entrada del parque, estuve durmiendo un rato, tras la terrible noche pasada. Con el agotamiento acumulado durante la madrugada, las manchas de la carretera se levantaban delante del coche a modo de barrera. Como yo sabía que eran alucinaciones debidas al cansancio, arremetía contra la supuesta barrera. Ese día juré que nunca conduciría con sueño. Y desde entonces he parado a dar una cabezadita siempre que ha sido necesario.

La Ciudad Encantada de Cuenca es un paraje natural de formaciones rocosas de piedra, formadas a lo largo de millones de años. El viento, el agua, el hielo y las características de las rocas (unas más blandas que otras) han formado estas espectaculares y caprichosas formaciones. El recorrido de hora y media observa formaciones conocidas como los barcos, lucha del elefante con el cocodrilo, hongos, el puente romano… Un espectáculo natural formado por la erosión a lo largo del tiempo. A pesar de la distancia, merece una visita. Salimos del parque y tomamos dirección a la ciudad de Cuenca. De allí sale una carretera que llegaba a nuestro próximo destino: Albarracin. La carretera pasaba por Villalba de la Sierra, Uña, Tragacete y Frías de Albarracin, el recorrido duraba hora y media. Muy cerca de Cuenca nos bajamos en el mirador sobre el río Júcar. Hermosa vista del valle excavado por el río. En ese mirador tuvimos un pequeño incidente. Nos bajamos del coche con la llave puesta en el encendido, y las puertas del coche estaban cerradas. Un señor con un alambre pudo extraer las llaves por una rendija abierta de la ventanilla, permitiéndonos entrar en el coche.  Una vez resuelto el incidente seguimos viaje hasta Albarracín. Este pueblo medieval es monumento nacional desde 1961. Conserva la muralla medieval que la rodea, el alcázar, las torres defensivas del Andador y de Doña Blanca, la catedral del Salvador, el palacio episcopal y el ayuntamiento. Por estar construida en la falda de una montaña, sus calles son estrechas y en cuesta. El recinto está rodeado por el río Guadalaviar, que dispone de un paseo fluvial. Algunas de las casas se han construido colgadas sobre el río, como en Cuenca. Tras un agradable paseo, nos dispusimos a comer en un restaurante del núcleo urbano. Tras la comida pusimos rumbo a Teruel, que distaba 37 kilómetros. Cruzamos el viaducto de Hué sobre el barranco de San Julián, y entramos en el casco histórico. Teruel es la capital de provincia menos poblada de España. Rodeando su casco antiguo se unen el río Alfambra con el Guadalaviar, que conocimos en Albarracín. A partir de Teruel el Guadalaviar pasa a denominarse río Turia, que llega hasta Valencia. Aparcamos cerca de la escalinata del ovalo, y subimos al casco antiguo. Pasamos junto a la torre mudéjar de la iglesia del Salvador, y llegamos a la plaza del Torico. El arte mudéjar es una de las joyas de la arquitectura de Aragón. Y en Teruel tiene gran representación. Obras arquitectónicas de ladrillo visto y cerámica de gran belleza visual. El torico, sin embargo, me decepcionó por su tamaño. No interpreté bien que el diminutivo torico, era la perfecta descripción de su pequeño tamaño, allí encima de la columna. Su relevancia se debe a una leyenda sobre la fundación de la ciudad, de poca credibilidad. El caso es que es la principal enseña de la ciudad, además de los famosos amantes de Teruel, cuyo mausoleo visitamos. Los edificios mudéjares de Teruel son patrimonio de la humanidad, bajo la denominación de “Arquitectura mudéjar de Aragón”: La catedral de Santa María, La iglesia de San Pedro, y las torres de las iglesias de San Martín y El Salvador. Magníficos ejemplos de esta bella arquitectura. Tras callejear por Teruel para ver estas edificaciones, nos fuimos a buscar un lugar para dormir. En un hostal de carretera encontramos una habitación con cama de matrimonio. En ella durmieron las señoras: mi madre y mi esposa. Mi padre ocupó el sofá. Y yo me fui al coche a dormir. Al menos dormimos toda la noche. A la mañana siguiente pusimos rumbo a la provincia de Zaragoza. Nuestro destino es el Monasterio de Piedra, distante unas dos horas, pasando por Calamocha y Nuévalos. Este es un paraje natural sobre un monasterio cisterciense, monumento nacional desde 1983. El cenobio tiene construcciones góticas, renacentistas y barrocas, edificadas entre los siglos XIII al XVIII. El río Piedra, al pasar por las proximidades del monasterio, genera una serie de cascadas (baño de Diana, los vadillos, los fresnos, la cola de caballo, de 50 metros de alto, fuente del señor, iris chorreaderos…) , cuevas, y hasta lagos: del espejo y de los patos, creando enclaves de gran belleza. Es uno de los parajes naturales más visitados de España. Después de visitar tan hermoso y refrescante paraje, rodeado por una de las zonas más áridas de España, comimos en los alrededores y nos dirigimos a Sigüenza, en la provincia de Guadalajara, siguiente etapa de nuestro viaje. Distante 110 kilómetros del monasterio de piedra, llegamos a media tarde. Encontramos alojamiento en el parador nacional de Sigüenza, alojamiento secular de los obispos de la ciudad desde el siglo XII. A finales del siglo XX se reconstruyó el castillo, convirtiéndolo en un maravilloso parador nacional, Las salas, decoradas al estilo medieval, que se usaban como comedor o salones de estar, eran espectaculares por el mobiliario, panoplias de armas medievales y tapices. El dormitorio de Ana y mío tenía tres metros de muro, cotejables por las brechas saeteras, que tenían tapadas con láminas de vidrio. El mobiliario de la habitación y del baño eran modernos y confortables. Es el mejor parador donde me he alojado en toda mi vida. Allí cenamos y desayunamos a la mañana siguiente. Del parador bajamos a Sigüenza, donde visitamos la catedral de Santa María de Sigüenza, donde está la famosa estatua yacente del Doncel, Martín Vázquez de Arce. Maravilla escultórica del gótico tardío. La ciudad tenía unos 5000 habitantes, pero estaba declarada como conjunto histórico artístico.  Tras callejear el centro de Sigüenza, nos volvimos para Sevilla, dando por finalizado nuestro viaje cultural.