Hace años decidimos pasar unos días de vacaciones en el centro de Francia. Viajamos con los niños en nuestro propio vehículo. Teníamos planificado visitar el parque de atracciones de medios audiovisuales llamado Futuroscope, situado cerca de Poitiers, los castillos del valle del Loira y la península de Bretaña. Teníamos alojamiento en un hotel de Futuroscope, en Tours y en los alrededores de Rennes, capital de la región de la Bretaña francesa. El resto de los alojamientos los buscaríamos sobre la marcha. Como Sevilla está tan lejos de la frontera francesa, tuvimos un acercamiento escalonado a nuestro objetivo, La primera etapa nos llevó desde Sevilla a Vitoria, bella ciudad que disfrutamos poco, porque era etapa de un viaje más largo. Años después volvimos a disfrutarla más despacio en un viaje a Vizcaya. La segunda etapa nos llevó hasta Burdeos, en la Aquitania francesa. Antes de entrar en Francia les mostramos a los niños una relación de paridad de nuestra peseta con el franco francés. El objetivo era que cuando se les antojara algo que comprar, supieran el coste en pesetas del producto en cuestión. Mi hijo moderó el consumo de chuches, abrumado por los precios.
Burdeos es una gran ciudad del suroeste de Francia a orillas del río Garona, poco antes de que este mismo río se ensanche en el estuario de la Gironda. Para llegar a esta ciudad tuvimos que pasar por el país vasco francés y el extenso bosque de las Landas. Burdeos es conocida en todo el mundo por su famosísimo vino. Pero también es una antigua ciudad bien planificada, de bellos edificios y hermosos parques. Buscamos alojamiento y lo encontramos en un céntrico hotel de la cadena Ibis. Tras alojarnos paseamos el centro de la ciudad. Cenamos y de nuevo al hotel. A la mañana siguiente tomamos la carretera a Poitiers, porque el parque temático está unos kilómetros al norte.
Futuroscope es un parque temático de medios audiovisuales, que llevaba abierto apenas cuatro años. En la actualidad es un triple parque: de atracciones, acuático, y de cines. Pero entonces sólo había una atracción acuática, que mis hijos aprovecharon. La habitación del hotel, preparada para cuatro personas, era de juguete. No había armario, unas pocas perchas en una barra bajo el televisor, el baño era mínimo con ducha, taza de váter y bidet, y las dos camas de 135 cm. ocupaban todo el resto de espacio de la habitación. Quizás generosamente llegaba a veinte metros cuadrados. Un prodigio del aprovechamiento del espacio. De todas formas, estaba cerca de la puerta del parque, y estaríamos sólo una noche. En las salas de cine se proyectaban películas de alta definición, otras en las que el asiento se movía con el tema de la película, otras había con proyección alrededor de los espectadores. Muchas de estos tipos de proyecciones las vimos al año siguiente en la Expo 92 de Sevilla. Pero entonces nos sorprendieron bastante por su novedad y perfección. A la salida del parque nos acercamos a una oficina que se encargaba de buscar alojamiento a los visitantes, pues ya no llegábamos a nuestro hotel reservado en Tours. Nos buscaron alojamiento en un viejo hotel en Chàtellerault, que estaba en el camino hacia Tours. Salimos del vetusto hotel para cenar y nos acostamos pronto, pues al día siguiente entraríamos en la Turena, y veríamos los primeros castillos.
Castillos del Loira: Tras desayunar tomamos la carretera que nos llevó al viejo castillo de Chinón. La lástima es que, aunque es histórico, está en ruinas la mayor parte del mismo, apenas queda una construcción en un ala, que alberga un museo sobre el castillo.
Antes de llegar a Tours, capital de la Turena, visitamos un castillo más: el de Villandry. A este castillo, nada ruinoso, lo rodeaba un jardín de ensueño. De estilo renacentista, amueblado con enseres de esa época, lo que más destacaba era sus delicados jardines, construidos en tres niveles. La vista de los jardines desde la terraza superior era de una serena belleza. Tras la visita de este castillo llegamos a Tours. Todavía recuerdo que en la agencia de viajes me habían reservado hotel en Toulouse, cuando les dije que yo había dicho Tours, me buscaron un hotel junto a la estación de ferrocarril de Tours, que nos dio buen servicio. Llegamos al hotel al final de la tarde, tomamos habitación y nos fuimos a cenar al centro de Tours. El camino, que hicimos andando, no era muy largo, pero era solitario, la sorpresa fue al llegar a una plaza repleta de restaurantes con mesas al aire libre en una gran plaza llena de gente, y animada por saltimbanquis, come fuegos y otros actores callejeros. Nos sentamos en una mesa en medio de aquel atractivo bullicio, y encargamos la cena. Allí descubrí una bebida, que aún me apasiona, la sidra. En este país se comercializa desde hace pocos años “Ladrón de manzanas” que se quiere parecer a aquella ambrosía que yo no dejé de beber durante esos días. Al día siguiente nos levantamos pronto para visitar el magnífico castillo de Chambord. Este castillo fue ordenado construir por Francisco I como pabellón de caza. En el diseño de la escalera central de doble espiral formó parte Leonardo da Vinci, invitado de Francisco I en aquellos años. Es el castillo más grande del valle del Loira. Su diseño es del tipo renacimiento francés, con algunas decoraciones italianas. Fue interesante el recorrido por sus habitaciones, pasillos, salones y sobre todo subir y bajar por la escalera de doble hélice de Leonardo, donde los que suben no se cruzan con los que bajan. El castillo está situado en el centro de un enorme bosque, donde cazaban los reyes de Francia. Tras esta visita nos dirigimos al cercano castillo real de Blois. Este castillo ubicado en el centro del casco histórico de la ciudad de Blois a orillas del Loira fue residencia de los reyes de Francia durante el renacimiento. Tuvimos suerte de aparcar cerca del castillo y entramos, bajo la bella estatua de Luis XII, en un enorme patio. Es un hermoso castillo con varias alas que rodeaban el patio central. Desde el patio pudimos observar la escalera renacentista del ala de Francisco I, que daba al exterior del palacio. La tercera ala era de Gastón de Orleans. No entramos en ninguna habitación de este castillo, por ser ya tarde, sino que volvimos a Tours. Tras prepararnos para cenar seguimos el mismo itinerario del día anterior, y volvimos a la animada plaza para cenar. A la mañana siguiente teníamos planificado ver el castillo de Chenonceau, el famoso castillo puente, y tras verlo dirigirnos a la región de Bretaña. Pero al sacar el vehículo del aparcamiento del hotel, pegué en una columna con la puerta delantera derecha, y no se podía subir la ventanilla. Se chafaron los planes. Pregunté por un taller Renault, y me dirigieron a un polígono industrial a la salida de Tours. Al ser sábado solo estaba abierto para las urgencias. Entré, conté a los mecánicos mi problema, se miraron, quitaron la tapa del mecanismo de la ventanilla y vieron el bollo que impedía subirla. Pusieron sobre el bollo una especie de cincel, y antes de golpear con el martillo me dijeron: Se puede romper el vidrio de la ventanilla. Yo agarré con la mano la ventanilla para absorber vibraciones y di permiso para la maniobra. De un solo golpe el bollo cedió lo suficiente para poder subir y bajar la ventanilla. El cristal no se rompió. Respiré hondo y pregunté cuanto costaba la reparación. El mecánico dijo que no costaba nada, que podía irme. Habían desmontado el revestimiento de la puerta, habían golpeado con éxito y reducido el bollo, habían vuelto a montar el revestimiento de la puerta. En total tardaron veinte minutos. Yo les dejé una generosa propina para que almorzaran a mi salud, y los colmé de agradecimientos. Los benditos mecánicos me habían arreglado el día. Volví al hotel, recogí a Ana y los niños, y ya no pudimos ir a Chenonceau, pues el hotel de Rennes estaba reservado.
Bretaña: Nuestro hotel estaba en un polígono industrial de los alrededores de Rennes. El lugar se llamaba La Chausserie. Preguntamos a unos viandantes por dicho lugar y nos indicaros el camino. Al llegar al hotel el recepcionista nos dio las llaves de nuestras habitaciones, y las de la puerta del hotel. Las habitaciones estaban una frente a la otra en un larguísimo pasillo. No había nadie a la vista, ni el recepcionista, que nos dejó solos. Salimos a cenar ya anochecido y en el primer restaurante nos dijeron que a las nueve ya estaba la cocina cerrada. Fuimos a otro, y el muchacho que atendía las mesas notó nuestra angustia y aceptó servirnos unas crepes. Aquella noche cenamos y aprendimos que en Bretaña había que cenar temprano. Tras la cena volvimos al hotel, abrimos con la llave que nos dieron la puerta exterior, y nos acostamos. A mi hija no le gustó nada la soledad del misterioso hotel. A la mañana siguiente fuimos a desayunar y seguíamos estando solos en el hotel. El recepcionista nos atendió amablemente durante el desayuno. Nos montamos en el coche y nos dirigimos a nuestra primera visita la abadía benedictina de San Michel. Administrativamente esta abadía está al sur de la región de Normandía, pero la visitamos desde la cercana Rennes. Aparcamos en tierra firme y nos quedamos extasiados con la vista del lugar. La abadía era una inmensa masa cónica, adentrada unos cientos de metros en el mar. Según la marea está rodeada de arena o de agua. Un camino elevado permite pasar en cualquier fase de la misma a peregrinos y visitantes. La base circular está formada por las murallas defensivas, de agresores o del agua del mar. La abadía está en lo más alto del monte, y está coronada por una gran estatua dorada de San Miguel. La única entrada al recinto está situada frente a la calzada elevada. Tras la entrada se abre una pequeña plaza, y comienza una calle ascendente hacia la abadía. La calle va enroscándose en el monte, y a derecha y a izquierda se distribuyen las casas. Antiguas casas visitables y modernos restaurantes y tiendas para turistas. El día que estuvimos había tal gentío, que perdimos a mi esposa en la bulla. Menos mal que como es una sola calle, la encontramos en pocos minutos. Durante el ascenso a la abadía visitamos la casa de Bertrand de Du Guesclin. Sí, el de “Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor” permitiendo que Enrique de Trastámara matara al rey Don Pedro, cambiando la dinastía reinante en España. Vete a saber si esa era su casa, pero eso ponía en la entrada que cobraron. La casa no es gran cosa, pero estaba bien amueblada con muebles medievales, Las grandes chimeneas, las camas con dosel y los retretes acolchados. Seguimos subiendo hasta llegar a la abadía. Una iglesia que combina su inicio románico y su final gótico. Bajo la nave principal estaba la primitiva abadía prerrománica, mucho más pequeña. Terminada la visita volvimos a bajar por la calle enroscada hasta la salida. Algunos incautos habían aparcado en la arena, y un autobús y dos coches estaban ya rodeados de agua. Tras la visita a San Michel tomamos carretera hasta el bosque de Paimpont también llamado de Brocéliande, un bosque de robles y hayas enorme alrededor de un lago, situado al sur de Bretaña, donde suelen localizar los lugares donde suceden las aventuras de los caballeros de la tabla redonda del rey Arturo. De hecho, visitamos en dicho bosque la tumba del mago Merlín, y el árbol de los deseos, un enorme roble en el que los visitantes escribían sus deseos y los colgaban de las ramas. No cobran entrada, pero está bien tramado. Tras la visita al bosque mágico nos dirigimos a Carnac para visitar los alineamientos de menhires. Interesante monumento megalítico consistente en una alineación de más de mil menhires en once hilaras de cien metros de ancho y más de un kilómetro de largo. Con piedras que van desde los cuatro metros a las más pequeñas de un metro. Estuvimos un rato viendo la impresionante alineación megalítica. Tras esta visita nos quedamos en medio de Bretaña, y sin contenido. Mi mujer propuso acercarnos a Pont Aven, población situada sobre el largo estuario del río Aven, pues había leído que estaba de fiesta. Esta pequeña población de dos mil habitantes está en el Finisterre bretón, en el departamento de Quimper. Le llaman la ciudad de los pintores, por la cantidad de ellos que la han visitado y realizado largas estancias en ella. Es una población pequeña, pero muy bonita, con el estuario lleno de barcos de recreo, y la orilla opuesta llena de villas y palacetes entre los árboles. La fiesta consistía en una pequeña cabalgata, con numerosos habitantes vestidos con sus trajes regionales y banda de música. Muy agradable de ver la belleza del lugar, la elegancia de sus trajes y la amabilidad de sus gentes. Compramos galletas en una lata con el nombre del pueblo. Terminada la visita tomamos la carretera que nos llevaba directamente a nuestro hotel en Rennes. Cenamos antes de las nueve, por supuesto, y cuando llegamos al hotel no había nadie. Ni alojados, ni personal en recepción. Seguía la incógnita del misterioso alojamiento. Al día siguiente lunes, volvíamos a España. Al levantarnos por la mañana la sala del desayuno estaba lleno de gente, todos hombres. El hotel estaba muy cerca de la central de la fábrica de autos Citroën. Y el hotel lo usaban los mecánicos que asistían a los cursos de formación, según nos contaron, de ahí su precio económico en el fin de semana, en el que estaba completamente vacío. Se acabó el misterio. Hicimos la vuelta del viaje en una sola etapa, pues nos dirigíamos a Ponferrada, a casa de una pareja de buenos amigos. Yo suelo decir que ese día de vuelta a España fuimos de Bretaña al Bierzo pasando por Burdeos, Bilbao (error en el cruce de la Y vasca) Burgos, Benavente y Bembibre. Todas con la letra B.