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Túnez

En Febrero de 2009 hubo una oferta turística, en la que estar una semana de vacaciones en Túnez, salía más barato que quedarse en casa. En esas condiciones mi esposa, mi hija y yo decidimos hacer una estancia de seis días en dicho país. Era antes de la primavera árabe, en la que algunos países de religión musulmana lucharon por las libertades democráticas. La Túnez que yo conocí era una dictadura de un partido de raíz popular y laico, donde el terrorismo islámico no tenía implantación alguna. Años más tarde de nuestra visita unos turistas fueron tiroteados en el museo del Bardo en Túnez capital. Nuestra tranquila visita no hubiera sido posible.

Un avión nos llevó desde Madrid a Túnez en un vuelo no demasiado largo. Un microbús nos hizo la transferencia desde el aeropuerto hasta nuestro destino: El Kantaoui Hamman Souse hotel, con piscina cubierta de agua caliente y situado a pocos kilómetros al norte de Susa. La zona estaba urbanizada con hoteles turísticos de cuatro estrellas, y chalets de alto nivel económico. No lejos del hotel había un puerto turístico para yates de todos los tamaños.

Desde Sevilla mi esposa tenía el teléfono de un guía turístico que hablaba español. Quedamos con él en que nos recogería al día siguiente. El guía nos dijo que hoy no era el día más apropiado para ir a Túnez capital, pues el famoso museo del Bardo tenía su día de cierre. Mi mujer dijo que quería ir a un mercadillo que había en Nabeul, según había leído, Así que allí fuimos, al norte de donde estaba nuestro hotel, y vimos el mercadillo y la medina de la ciudad. En el zoco de la medina vimos muchas tiendas de cerámica, cuero, pipas de agua, que interesaban a mi hija, y a las doce oímos nuestra primera llamada a la oración. Las inflexiones de la voz del muhecin mientras citaba a los creyentes a rezar, se me asemejaron una barbaridad al cante flamenco. Mientras estábamos en el zoco, comenzó a llover, con lo que salimos de estampida hacia el coche. Como era la hora de la comida, el guía nos llevó a Hamamet, una ciudad pocos kilómetros al sur en una hermosa bahía, donde comimos en un restaurante una excelente comida: unos paquetes de pasta filo rellenos de gambas y una yema de huevo, y otro plato con dedos de Fátima, carne especiada rellenando un hojaldre. El guía no quiso comer con nosotros, dijo que se iba con unos amigos que conocía. Tras la comida visitamos la medina y un sólido fuerte español, que así lo llaman aún. Al caer la tarde nos llevó de regreso a nuestro hotel, donde descansamos con un baño en la piscina climatizada y un paseo por las tiendas del hotel antes de cenar.

Al día siguiente teníamos contratada la excursión al desierto, que duraba dos días. Subimos a un autobús y tomamos la carretera hacia el sur. Por el camino me fijé en que los olivos estaban mucho más separados que en Andalucía. Preguntando al guía de la excursión, me dijo que como aquí llovía menos, pues los olivos estaban más separados para aprovechar mejor la escasa lluvia. Muy coherente la explicación. A unas dos horas de camino paramos en el anfiteatro del Jem. Este es un anfiteatro romano enorme y muy bien conservado, excepto los mármoles que lo recubrían, claro. Es el tercer anfiteatro romano en tamaño, después del Coliseo y el de Verona. Y tiene capacidad para treinta mil personas. Viendo el pueblo que lo rodeaba, y la escasa población cercana, me preguntaba de donde saldrían las personas para llenar el anfiteatro. Estaba mucho mejor conservado que el de Itálica, cerca de mi casa. Tras salir del anfiteatro, continuamos por la carretera hacia el sur. Muy cerca de la frontera con Libia, giramos hacia el oeste para ir a Matmatat, conjunto de casas subterráneas situadas al fondo de un enorme hueco cuadrado en la tierra, famosas desde que salieron en la primera pelicula de la guerra de las galaxias, como la casa del joven Luke Skiwalker . Comimos en una de esas casas subterráneas un cuscús. Tras la comida seguimos viaje al desierto del Sahara. Paramos en Douz, final de la carretera de asfalto y principio del desierto. Antes de alojarnos en el hotel, nos llevaron a dar un paseo en dromedario. Alquilamos unos trajes de berebere, nos hicimos fotos, y nos dieron un paseo por las dunas de arena, incómoda la monta, pero curiosa experiencia. Tras el paseo, ya anocheciendo llegamos a nuestro alojamiento previsto. El magnífico hotel es un auténtico oasis en el desierto, la recepción estaba en un gran espacio con una jaima montada en el centro. Estando en la recepción llegó un cliente del hotel vestido de camuflaje, lleno de polvo, y con un enorme rifle en las manos. Era un cazador, de los muchos que se alojan allí, por su afición a la caza mayor. El salón de la cena era amplio y muy bien decorado, y el bufete variado y sustancioso. Entre las tartas de postre había una en forma de corazón de fresa, pues era el día de los enamorados.

La salida prevista era a las cinco y media de la mañana para visitar el enorme lago salado de Chot el Jerid, y ver el amanecer allí. Nos levantaron una hora antes, y en el salón estaba preparado el espléndido bufete de desayuno y el personal que lo atendía. Tras el abundante desayuno, nos dieron unos bocadillos para la larga jornada que nos esperaba. Tras una hora y media de viaje paramos en el centro del lago, en un ensanche realizado para estacionar autobuses y coches. He de decir que pocas veces he pasado más frío que en el desierto al amanecer. Que por otra parte fue espectacular de colores y reflejos. Tras otra hora y media en autobús llegamos al oasis de Tozeur. Se trata de un gran palmeral donde se producen dátiles, otras frutas y hortalizas aprovechando algún manantial. Nos montaron en varios cochecitos de un caballo y nos introdujeron en el sombrío palmeral. Allí nos explicaron que bajo el techo de palmeras se plantaban naranjos, limoneros, melocotoneros, granados y otros frutales, y bajo los frutales se cultivan las hortalizas. Además tenían ovejas, cabras, gallinas y abejas, aunque la polinización de las palmeras concretamente la hacían a mano. Este aprovechamiento del oasis me fascinaba. Llegados a un lugar concreto nos bajamos a ver como un muchacho se subía a la palmera con manos y pies desnudos, y cogía un ramo de dátiles llamados dedos de luz Según ellos los mejores del mundo, los de Tozeur. Desde entonces miro la procedencia de los dátiles, y en alguna ocasión encuentro los de este lugar. He de decir que el paseo en coche de caballo también fue bastante fresco. Tras la visita al oasis, nos montaron en cuatro por cuatro, y nos llevaron a través de otro lago de sal más pequeño hasta Chebika, para visitar un oasis de montaña. La población moderna estaba más cerca del oasis, la antigua, algo más arriba en la montaña, había sido destruida por una inundación. El oasis se mantenía por un manantial de agua dulce que manaba de un estéril roquedal. Tras una pequeña excursión andando llegamos al afloramiento del manantial, y el agua salía caliente de las rocas. El aprovechamiento del oasis era igual que el de Tozeur. Volvimos con los cuatro por cuatro al autobús y una vez acomodados pusimos rumbo a Kairouam. Esta ciudad santa de Túnez tiene una antigua mezquita que es la cuarta en importancia del mundo musulmán, tras la Meca, Medina y Jerusalén. Como los infieles no podíamos acceder al interior, nos subieron a la terraza de una tienda anexa para ver su antigua arquitectura exterior, su minarete, y el patio de abluciones, con columnas extraídas de ruinas romanas. Tras la breve observación nos llevaron al ya cercano Port el Kantaoui donde estaba nuestro hotel. Había sido una excursión agotadora por las horas de autobús, pero sumamente interesante por el anfiteatro, Matmata, los lagos salados y los oasis.