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Mi mala estrella (parte 1)

Introducción

En el verano de 1994, cuando hacía dos años y medio que había fallecido mi padre, cayó en mis manos un manuscrito suyo del que desconocía su existencia. Constaba dicho manuscrito de una serie de antiguos cuadernos escolares en los que narraba la historia, para mí desconocida, de su paso por el Ejército Republicano en el principio de la Guerra de 1936.

En el conjunto de nueve cuadernos que lo forma, de variado grosor y formato, se encuentra la historia completa que él titulaba «Memorias de tres meses en el Ejército Rojo del Norte», convenientemente dividida en nueve «tomos» y con el prólogo al final del relato.

Indagando en mi familia sobre el conocimiento de dicho manuscrito, mis hermanos mayores recordaban que en alguna ocasión y cuando eran pequeños mi padre les leyó algunos trozos de las «memorias», pero que habían olvidado su existencia. Mi madre, que sí las conocía, comentó que llevaba muchos años guardado.

Mi padre fue médico, y su letra no es fácil de leer, conocido tópico que resulta verídico en este caso, para los no acostumbrados a «traducir» sus manuscritos. Este fue el motivo para que me sumergiera en su lectura. Tenía tiempo libre y capacidad para hacerlo.

Me pareció un relato interesante porque tenía la ocasión de conocer las vicisitudes que le sucedieron en aquellos terribles años. Pero por su capacidad memorística y sus dotes de observador paisajístico y humano, el relato trascendía del ámbito familiar para convertirse en un interesante documento de los sucesos que presenció, desde un punto de vista poco habitual en este tipo de historias, que es el de una persona nada aguerrida ni belicosa, que es testigo de una serie de avatares de una tropa tan poco aguerrida y belicosa como él.

El motivo del escaso ardor guerrero de aquel batallón, en el que se encuadró mi padre, quizás estuviera ocasionado por haberse fundado con un reemplazo de jóvenes de dieciocho años y de padres de familia que rondaban los treinta. Por otra parte el batallón tuvo nula preparación y peor equipamiento, lo que no mejoraba el desánimo de los reclutados. Y por último, y este matiz también desanimaba a la oficialidad, se le destinó al frente de batalla vasco, en un territorio y bajo un Estado Mayor cuyo Gobierno pugnaba por la independencia, circunstancia esta que no gustaba a los Montañeses que lo formaban, fueran de la ideología que fueran.

Mi padre desterrado por la guerra – que comenzó durante sus vacaciones- participaba aún menos que los demás de las cualidades que debía reunir un soldado. Como veremos desde el principio recurrió a todo tipo de argucias para no ser combatiente directo, y maquinó todo tipo de planes para volver a su entorno familiar y estudiantil, lo que implicaba pasarse al otro bando al precio que fuera.

Del relato se desprende que él era un hombre identificado con las ideas del Ejército sublevado y profundamente religioso. Nada más lejos del padre que yo conocí, creyente, con contadas devociones, practicaba lo justo del ritual religioso y profundamente anticlerical y antirégimen. Esta importante, y para mí sorprendente, diferencia pudiera justificarse con la decepción sucedida con los años. Pero por los comentarios de la única carta previa a la guerra que envió a sus padres,  escrita en Selaya y fechada el 9 de Julio de 1936, en la que relata: » La gente aquí es demasiado católica, un poco cargante…». Y el hecho de que, como reconoce en el prólogo, las memorias las escribe en el año 1937 desde el acuartelamiento de Medina del Campo, con la certeza de no pocos recelos sobre los que se pasaban de bando y bajo la mirada de los censores. Creo que esta actitud religiosa y proclive al golpe militar es una autodefensa ante posibles lectores indeseados.

Por seguro tengo que no era de «izquierdas», pero tampoco participaba de las ideas de los que se sumaron o animaron el golpe militar.

Su padre tenía una tienda de tejidos en Sevilla y unas pocas propiedades inmuebles. Formaba parte de una familia de clase media bien acomodada, cuyo acomodo había sido forjado por el cabeza de familia a través del trabajo de muchos años, desde que llegó solo emigrado de «La Montaña» a finales del siglo anterior.

Mi padre, dedicado con gran intensidad a sus estudios en los que sacaba brillantes notas, no participaba de los intensos sucesos políticos del principio de la década de los treinta. En la misma carta a la que hago referencia, previa al inicio de la guerra, comenta en su primer párrafo: – Recibí la tuya del 6 donde me hablas de todo menos del comunismo, pues aquí se habló de que en Sevilla se había proclamado. Puedes juzgar mi inquietud hasta recibir tu carta. – Más adelante añade: – Estuve en Villacarriedo a ver a D. Alejandro Pérez, que me dijo que no tenías vergüenza al no venir por aquí, y yo le dije que su hijo Juan deseaba más que nunca que tú no te separases de Sevilla en tiempos tan críticos, en los que el negocio necesita de tu ingrata vigilancia más que nunca.- Como se intuye en este párrafo la preocupación de los «tiempos críticos» no era más que una desgracia en el negocio familiar, único sustento de la familia y futuro del segundo de los hermanos, ya que el primero que era mi padre se dedicaría a la Medicina. En el resto de la carta no se hace más referencia a la situación política del país, ni a los intensos rumores del golpe que ya se comentaba en  periódicos y mentideros.

Por la investigación efectuada sobre el manuscrito se deduce que tuvo dos fases, una primera de recogida de notas, escrita con plumilla y tintero en Medina del Campo durante el verano de 1937, solo unos pocos meses después de lo narrado, de los que solo se conserva el tomo V reconvertido con posterioridad en VIII, y que conserva el título primitivo de » Memorias de la Guerra en Vizcaya». La segunda fase, de redacción más cuidada, está escrita con la tinta continua de   estilográfica en un tiempo indeterminado, pero que puede situarse en el año 1953. También existen escasas correcciones posteriores efectuadas con bolígrafo al final de la década, ya casado con hijos y viviendo en San Juan de Aznalfarache.

Por qué habiéndose tomado este trabajo de redacción y corrección de sus memorias nunca las hizo públicas es un misterio que se fue con él. Pero se pueden aventurar varias hipótesis. Incluso en su profesión, médico y profesor de Farmacología de la Facultad de Medicina de Sevilla durante casi cuarenta años, publicó en muy escasas ocasiones. Extremo este que había sido criticado por su jefe y compañeros. Supongo que le asaltaban razonables dudas de que lo que dijera fuera interesante para alguien. Pero también es posible que no se atreviera a publicar sus memorias por que no reflejaran sus auténticos pensamientos sobre los sucesos acaecidos, porque su imagen extraída del relato no fuera la real, y pasados los años aún se parecía menos.

De la existencia de vigilantes sobre lo escrito da fe la correspondencia que envía desde el cuartel en Medina del Campo a su familia, en la que el censor escribe a lápiz sobre la misma carta la fecha de censura. En una ocasión el censor tachó lo que consideró una información militar reservada. Pero como unos días después se fue de vacaciones y mi padre repite la frase, esta se cuela entera: » Hay tan poca gente en el cuartel que hasta yo estoy haciendo guardias tirando de cartucheras». El estaba destinado en el botiquín, y las fechas eran las Navidades de 1937.

En este ambiente: Sospechoso de espía por haberse pasado y censura en la correspondencia, se comprende que cargara de notas ideológicas el relato, por si algún día era requisado para su lectura.

Fernando Madrazo Osuna, Verano de 1995.

 


Prólogo

En largas horas de descanso, y en el cuartel del entonces IV Regimiento de Artillería Pesada de Medina del Campo, escribí el borrador de estos recuerdos de tres meses de campaña en el Ejército Rojo del Norte.

Cada vez que se liberaba por las tropas nacionales un trozo del territorio español ocupado por los rojos, llovían relatos e informaciones sobre las aventuras, penalidades, y rasgos heroicos, e incluso novelescos, vividos por los recién liberados.

Encontrándome yo en circunstancias parecidas, y deseoso de poder conservar vivos los recuerdos que guardaba mi memoria, de aquellos cien penosos días pasados en el Ejército Rojo del Norte, y porqué no decirlo, influenciado por la lluvia de relatos que con ayuda de la imaginación, llenaron periódicos y folletos; e incluso argumentan novelas muchas por fortuna más cortas que largas. Llené muchas hojas de papel trasladando a aquel recuerdos frescos y emotivos que anidaban en mi memoria. He aquí el motivo de las páginas que siguen a este preámbulo.

Quisiera dejar sentado tres hechos de capital importancia en la lectura y en el enjuiciamiento de mi relato, que voy a enumerarlos con la ayuda de Dios, y con la dificultad de mis modestas dotes de escritor.

Mi intención principal es dejar a la posteridad una serie de imágenes de las que fui testigo presencial, y que en un día pueden hacer historia, o servir de modesto material, para la elaboración de la crónica general de la guerra contra el comunismo en el frente de Vizcaya desde Abril a Junio de 1937.

Mi intención es en segundo lugar actuar como mero testigo que narra los hechos que presenció. El alma de esta intención es mi convicción de que tanto mi caso, como mi modesta personalidad, no son razones suficientes para ser protagonistas de la más intranscendente anécdota militar, que pueda contarse en una tertulia, o aparecer en el dorso de las hojas de mi calendario.

Pido perdón, si mis cortas cualidades de escritor, no han conseguido a lo largo de esta relación aparecer como testigo neto, y sí aparecer como sujeto de muchos hechos que presencié. Sirva de disculpa lo que antecede, y al juzgarme téngase en cuenta que «mi caso», muy corriente por lo demás, puede servir si no de modelo, al menos de símbolo, del tipo medio de vicisitudes acaecidas a miles de españoles en mis circunstancias por aquel entonces. Me es imposible pues prescindir del redactar en primera persona del singular la relación de los hechos acaecidos. Insisto pues en que mi caso es insignificante y solo tiene la trascendencia de ser testigo de los hechos que relata.

En último lugar, mi relato ha procurado respetar en lo posible, las cualidades o defectos de las personas que intervinieron en los hechos.  Algunas apreciables, otras despreciables, pero como seres humanos, todas con defectos, y todas merecedoras del más cristiano perdón. Por ello, si algún ataque personal aparece, ha sido inevitable su aparición.

Estas líneas no tienen más valor polémico, que lo que puedan aportar en defensa de la tradicional Fe cristiana de mi Patria, y en defensa de la ejecutoria de sus hechos gloriosos, que registra la Historia Universal.

A todos mis compañeros de Batallón recuerdo con respeto. Con afecto a los que lo merecieron, con lástima a los que no merecieron afecto, con amor en su calidad de seres humanos, y con profundo odio al delito ideológico que engañó a la mayoría de ellos.  A los que cometieron el delito de ambición desmedida y sirvieron al comunismo sin sentido, les perdono más aún. Para el hombre descreído la ambición es la falta más comprensible y digna de perdón. A muchos de estos últimos debo yo el escapar con vida de entre los rojos, por ello les estoy además agradecido

Espero que llegará un día en que se haga justicia a las cualidades estimables que adornan a muchos de ellos. Justicia humana quiero decir. la justicia de Dios no tiene espera, porque es eterna en sus sentencias e inesperada en sus requisitorias. Ojalá nos sea a todos favorable en su justo fallo.

Medina del Campo, Verano de 1937

J.J. Madrazo Madrazo

 


Movilizado en Santander

En verano del año 1936 me encontraba en un pueblo de la provincia de Santander disfrutando de unas vacaciones, después de un curso académico, el cuarto año de la Licenciatura de Medicina, un poco apretado y coronado con calificaciones tan brillantes, que mi padre quiso premiarme enviándome en compañía de una hermana suya a pasar el verano a un kilometro escaso del municipio, en donde el autor de mis días vio la luz primera cuando alboreaba el año ya remoto de 1873.

Desde mi llegada a aquel pintoresco lugar el 2 de Julio hasta el comienzo del alzamiento cívico-militar contra el comunismo el 18 de Julio de aquel 1936, puedo decir que jamás han disfrutado mis sentidos de un paisaje más encantador que aquel, ni gozó mi espíritu de una paz material y moral tan reconfortante, como aquella que ofreció a mi organismo fatigado la hermosa tierra de mis honrados y laboriosos antepasados.

Estaba escrito que no podía ser muy largo el sosiego material y moral con que el cariño paterno quiso premiar mis luchas universitarias. A partir de aquella fecha turbaron mi dulce retiro inquietudes, perplejidades, riesgos y amarguras, en serie casi ininterrumpida, que deshicieron la benéfica influencia, que en mi persona había operado con la ayuda de Dios aquella feliz estancia de los primeros quince días de mis apacibles vacaciones.

Una de las más profundas inquietudes, que más atentaban contra mi tranquilidad, era la movilización de reclutas y reservistas, con la que el gobierno republicano pretendía la formación de su milicia. La posibilidad de ser encuadrado en las filas de su ejército, en donde tanto la gloria a adquirir como la muerte a rondar eran situaciones denigrantes y tristísimas para mi formación cristiana, era desesperante.

La juventud que no deseaba la movilización tomaba varios caminos. Los afortunados huyeron de su zona, los que no pudieron se escondieron con más

o menos fortuna. Los que resistían gallardamente caían ante los pelotones de fusilamiento, o ante siniestras cuadrillas de asesinos con credencial policíaca. Otros lograron ser evacuados, y en fin la mayoría hubieron de comparecer en los centros de movilización e instrucción, en donde usaron mil artimañas para colocarse en destinos no combatientes, o para ser dados por inútiles, o en fin huyeron de las posiciones que le fueron confiadas cuando no podían eludir su marcha al frente.

Mi actitud se separaba de la seguida por la mayoría de los jóvenes movilizados. Yo pertenecía al reemplazo de 1936 y en el pueblo era desconocida mi edad.  Destruí mi documentación dándola por extraviada, y eludí la incorporación de mi reemplazo y del de 1937, que desde Octubre de 1936 a los primeros meses de 1937 fueron incorporados a filas.

Esta es la razón por la cual mi historia de movilizado y combatiente rojo  no comienza donde pudiera colegirse, sino en la primavera de 1937, fecha en que fue convocado el reemplazo de 1938, a cuya movilización me pareció temerario ocultarme.

Los reclutas de 1938, y tres o cuatro reemplazos de reservistas ya viejos para esos trotes fuimos instruidos en los ayuntamientos por la Guardia Civil, con la ayuda de los reservistas que mejor recordasen la instrucción militar recibida en su época de soldados peninsulares o africanos. No hay que decir que instructores e instruidos daban y recibían las enseñanzas de malísima gana, y matizaban de ironía y humor todos los pormenores de la instrucción militar.

Entonces fue cuando decidimos unos pocos sacar de nuestro acervo personal cuantos antecedentes, méritos, conocimientos, etc., nos pudieran servir de apoyo para intentar, en nuestra comprometida situación, acomodarnos lo menos ingratamente posible. Dentro del cuadro de escasas posibilidades que para tal menester se mostraba asequible a nosotros.

A un buen amigo mío di lecciones de vendajes de diversos tipos, por si le servían de pasaporte para ocupar entrando por la puerta falsa un lugar entre las fuerzas de Sanidad Militar, reputadas entonces por las más cómodas.

Y yo, que me acordé que era estudiante de medicina, resolví por consejo de mi tía comenzar discretas gestiones para intentar mi ingreso en el Cuerpo de Sanidad Militar. En el cual un Hospital de Sangre se me ofrecía como la más tentadora solución para mi acuciante problema.

Los caminos para llegar a ello, y sobre todo las vicisitudes pasadas, no pueden recordarse sin regocijo. Dimos dinero a una señora, madre de un jefazo rojo; la señora tenía fama de timadora a pesar de su aspecto distinguido. Un médico de Valdecilla, a quien fui recomendado, me expresó esta mala fama sin ambages en una descorazonadora entrevista que tuve en su consulta.

En el Estado Mayor de Santander, cuya jefatura ostentaba un coronel de nuevo cuño comandante antes de 1936, al que contándole mi caso llegué a pasarle la mano amigablemente por el hombro sin que mi interlocutor siquiera pestañeara; una mecanógrafa fea y agradable, cuñada de un aviador por entonces sonado y no por sus victorias en la caza; un capitán de carabineros guasón… En fin una entrada decidida con la señora en cuestión que aún no había perdido mi confianza, en la que el Jefe de Sanidad comandante Rafael Andrés, después de preguntarme mis antecedentes académicos, me hizo saber que para ingresar como sanitario voluntario, faltaban solo días para llamar a mi reemplazo postizo de 1938, necesitaba un “aval político”. No tratándose de milicias sino del ejército el requisito me causó tal asombro, que durante un buen rato me mantuvo inactivo y mudo ante la conversación de mi futuro Jefe.

La realidad se impuso, mi acompañante y “madrina” se despidió de mí aconsejándome que fuera a la Confederación Nacional del Trabajo y me afiliara allí. Mi afiliación me proporcionaría una credencial que me abriría las puertas de la Comisaría Política del Ejército Rojo de Santander, y la expedición del dichoso “aval” sería entonces un hecho.

Un buen amigo mío, anterior discípulo de vendajes que he citado antes, Leoncio Sainz de la Maza, me acompañó a un gran edificio en cuya fachada con signos, símbolos y carteles panfletarios, que más que arengar a los combatientes parecía que los arreaban, campeaban en letras de gran tamaño el anagrama, terrorífico entonces, CNT mirando a una de las alamedas. Subimos las escaleras, desiertas y adornadas con inscripciones y carteles, inspirados por la misma musa que los de la fachada, y llegamos a una oficina en donde había tres personas: una mujer joven, un escribiente locuaz, nervioso y con los ojos y la nariz de los bebedores de rango, y un viejo mal encarado aunque no antipático al expresarse.

Dimos las buenas tardes, y ya esto nos llenó de inquietud, habíamos tenido una cortesía y eso en semejante lugar era un estigma fascista que no nos favorecía nada. Para nuestro fuero interno nos equivocamos demostrando modales, y esta sensación nos hizo aún más tímidos en nuestra expresión. Por lo visto, en aquella confortable y cómoda instalación administrativa, el lujo había entrado llevándole mucha delantera a la cortesía.

Cuando expresamos nuestra intención, temerosos de escuchar negativas, improperios o pullas, nos asombramos mucho de ver que empezaron a tomarnos la filiación con mucha naturalidad y hasta con agrado, el secretario parecía un agente de seguros haciendo una póliza, y la verdad que un seguro de vida o algo parecido era lo que buscábamos allí.

Cuando yo dije que era sevillano la mujer sonrió y dijo: -vaya es paisanito-, y citó a uno o dos parientes suyos que efectivamente yo conocía de oídas en Sevilla. Cruzamos algunas palabras en un diálogo intranscendente, que era lo que allí teníamos que hablar si queríamos no tener cuestiones ni entorpecimientos. Una mala interpretación de uno de aquellos personajes hubiese significado ni más ni menos que la cárcel o quizás algo peor.

Cuando terminaron nuestras filiaciones se nos citó para recoger el aval en el Paseo de Pereda al día siguiente, y el escribiente que resultó ser el Secretario de la CNT ni más ni menos contó una disputa algo molesta que había tenido con el Director de la Casa de Salud Valdecilla, que se llamaba López Allo, por una cuestión de “despiojamiento” de cuya naturaleza no me llegué a penetrar bien. Aquel secretario que se llamaba Sergio Pino era por lo visto un personaje.

Nos obsequiaron con retratos de Durruti, y con la letra del himno anarquista, además de la tarjeta-carnet. Cuando el secretario nos lo entregó, el viejo nos dijo con sorna: -no utilicen ustedes ese carnet para pasarse al enemigo-. Nos reímos de modo tan espontaneo y casi ruidosamente jovial, que causamos buena impresión en él. Pero por desgracia lo estropeamos  al salir. Volviéndonos amablemente dijimos adiós, y aquellos rostros se tornaron duros, y nos espetaron un tronante ¡Salud!, que nos hizo salir a escape escaleras abajo, no viéndonos libres del susto hasta el día siguiente, en que nos dieron el dichoso aval.

Después de rodar por pensiones y comedores improvisados, pudimos presentar la credencial que nos acreditaba a cada cual donde lo precisara. Yo presenté en la Jefatura de Sanidad mi certificado de “anarquista feroz”, y el Jefe no tuvo inconveniente de extender mi nombramiento.

Pero el Jefe de Sanidad no tenía autoridad ni tan siquiera para nombrar a sus subordinados, y era preciso que el Comisario Político del Ejercito de Santander aprobase el nombramiento. Allí fui a ver a un tal Víctor Salvador, que ocupaba interinamente el cargo, pues vacaba momentáneamente por viaje de su titular Antonio Somarriba. Era un hombre alto, nervioso de unos treintaitantos años y pelo entrecano y ensortijado. Cuando leyó mi nombramiento dijo con tono impaciente que el aval político era su firma y que quería leer el certificado de la CNT. Nuevo viaje por pasillos y escaleras hasta Sanidad, y ante la presentación de la citada certificación, firmó sin pestañear.

Menos chocante me pareció la tercera firma que aún faltaba, la del Estado Mayor. Cuando la requerí a uno de los oficinistas, este cogió una estampilla y en unos segundos el Jefe de Estado Mayor había dado el visto bueno a mi historiado y autografiado nombramiento.

Este camino administrativo era un símbolo del Ejército Rojo y una explicación de su fracaso. Nada podía moverse en el Estado Mayor sin aprobación de la Comisaría Política. La autoridad militar no hacía falta que firmase, para algo servían las estampillas.

Esta pincelada de un Estado Mayor rojo visto por dentro es introducción obligada para la comprensión de todos los sucesos que cuento más adelante. Las conclusiones que se sacan de las líneas que anteceden son el hilo por donde van saliendo las consecuencias ocultas en la madeja. El Ejército Rojo estaba parasitado por el control político.

Ahora ya estamos mejor informados para explicarnos lo que pasó en el frente, aleccionados por lo que pasó en la retaguardia, más aún, en el centro del organismo bélico.

Yo sin embargo continuaba dando importancia a aquel papel, que tantas firmas llevaba. No tardaron en desilusionarme las palabras de un médico amigo, para el que aquel nombramiento era un papel mojado. -El cargo que reza en ese papel -me dijo- es marchar como soldado de infantería con una bolsa de socorro al hombro. En realidad es el puesto que dan a los barberos en las compañías sin necesidad de tanto nombramiento-. Aún no salgo de mi asombro, cuando pienso que para nombrarme soldado hubo de levantarse todo un expediente político-administrativo a mi nombre. De todas las pinceladas que he ido dando sobre aspectos de organización del Ejército Rojo del Norte es esta la que simboliza su espíritu del modo más nítido y más crudo.

Y el día 10 de Abril de 1937 con mi flamante documentación, con mis pasaportes, con mi ignorancia casi total respecto al futuro y con una enorme bolsa de socorro de color naranja rabioso, me encaminé a la estación de Santander para incorporarme al Batallón de Infantería 139, que se estaba formando en el cuartel de Santoña.

Cuando salí de Santander era aproximadamente media tarde. Después de una serie de preguntas en el andén di con mi tren, y una vez con el convoy ya en marcha, un soldado permisionario que se dirigía a Marrón me indicó que el tren no pasaba por Santoña. Que en la estación de Cicero debía apearme, y coger allí el autocar que llegaba hasta Santoña, que aguardaba para salir la llegada de los trenes de Santander con los que empalmaba. Cuando llegamos a Cicero nos aguardaba en efecto el autocar, que alcancé en unión de viajeros civiles y militares, y que me llevó en media hora aproximadamente a Santoña.

En el cuartel de Santoña

La fachada del cuartel daba a un paseo marítimo con árboles y bancos de piedra. Era un edificio antiguo o al menos bastante ajado por el uso castrense; creo que tenía dos plantas. Más adelante un enorme morro pedregoso de cerca de 100 metros de altura, y con algunas fortificaciones de museo, flanqueaba por su lado oriental la entrada angosta de la ría  santoñesa. Enfrente se veía en un paisaje menos agreste Laredo el pueblo gemelo de Santoña, aunque como pude ver después de muy distinta topografía y ambiente.

No tuve tiempo de enfrascarme mucho en las reflexiones estéticas, que me iba haciendo mientras recorría el paseo marítimo camino del cuartel, pues la visión de su puerta principal las cortó en seco, y abandoné mi derrotero para atravesar el arroyo y dirigirme hacia la citada puerta.

La timidez propia de quien por primera vez llega a un cuartel y el respeto natural a la guardia me hizo retardar el paso entre interrogantes e indecisiones, que disimulaba mirando atentamente los intrascendentes detalles de su vieja fachada.

Cuando me decidí a entrar lo hice sin mirar siquiera al centinela. Hubiese preferido que este me diera el alto, y poder yo presentar mi documentación firmada, avalada y estampillada.

La primera puerta a la derecha era la sala de banderas, de ella salió no se quien, y al recién salido le entregué mi nombramiento. En todo este tiempo, bien corto de mi entrada y mi pregunta al recién salido de marras, el centinela no se dignó ni siquiera mirarme. Supongo que lo pondrían allí por costumbre, ya que yo nuevo en el empleo y vestido de paisano no era el más indicado para entrar con tanta libertad en un cuartel. Yo pensé que mi bolsa de socorro sirvió de salvoconducto.  El aspecto del centinela, creo que no le animaba mucho en su tranquila misión, no recuerdo si de medio arriba o de medio abajo su atuendo era de paisano. Yo seguía enriqueciendo mis conocimientos con nuevos detalles, que iban gestando poco a poco la opinión simbólica del Ejército en el cual por mi mala estrella iba a empezar mis actividades de soldado.

Durante un rato mi abordado, que no llevaba insignias visibles, estuvo mirando mi credencial por el anverso y por el reverso, creo que la puso hasta invertida, imprimió movimientos circulares al dichoso documento para leer lo que decían los sellos; me miraba alternativamente a mí y al papel, y estoy seguro que se preguntaba en vano como se necesitaban tantos sellos y tantas firmas para hacerme a mí sanitario, es decir soldado.

Al fin abrió el pico y me dijo: -El batallón que pone aquí está en esos dormitorios-. Y me sacó al patio señalándome un rincón a la izquierda en el que había unas puertas no muy grandes. Hacia una de ellas me encaminé, haciéndome el sordo a los comentarios que surgían al paso de mi bolsa de color naranja. Después supe que mi abordado era el teniendo ayudante de mi batallón, y que la confusión era la causa de su silencio, ya que no sabía a ciencia cierta a que compañía destinarme.

Cuando entré en los dormitorios, una pieza destartalada y obscura con entarimado y ventanas altas, me paré a la puerta de una habitación con aspecto de oficina y que se hallaba en el extremo de la pieza correspondiente a la entrada. Allí unos soldados, también de paisano, o con ropa de campaña hecha en casa de cada uno, ordenaban papeles, y escuchaban las órdenes de un tipo alto, delgado, con mirada de pícaro y aire desenfadado, que se hallaba sentado ante la mesa. Cuando me vio, me llamó con expresión desenvuelta, leyó mi papel y dijo: -¡Estupendo! Tú te quedas en mi compañía-. Y me quedé destinado en la segunda compañía del Batallón 139 por decisión de su capitán Conrado Martín Cerezo, como si las demás compañías no existiesen, o como si el batallón no tuviera Jefe. Claro que si el teniente ayudante no sabía qué hacer con mi nombramiento, poco podría frente a la decisión del capitán, no tan extraña en su fondo como lo fue en su forma. El capitán se expresaba con escasa cultura, a mi me aterrorizó la idea de que mi vida o mi destino pudiera depender de él.

En tanto me hice estas reflexiones “in mente” pude observar a los soldados de la oficina, y pude además comprobar que por su aspecto no merecían ser mandados por aquel sujeto. No es de extrañar que por vía de las afinidades electivas mis primeros contertulios y más tarde amigos fuesen los chicos de la oficina.

Por regla general todos los soldados que habían realizado estudios encontraban con facilidad, por lo visto con más que yo, toda suerte de destinos burocráticos. Las más de las veces eran recomendados, otras veces intervenían en la acomodación de estos soldados cantidades de dinero de distinta cuantía, según las circunstancias. En fin no conviene olvidar que su formación escolar les hacía preferidos para puestos de responsabilidad o de carácter burocrático. Todos o casi todos rozaron la frontera de la desgana o del espionaje, cuando lo pudieron realizar. Mas ninguno de ellos rozó jamás los linderos del delito común, y jamás causaron daño personal a nadie. Por ello, aparte de las recomendaciones o el dinero, jamás pudieron ser sustituidos.

En el Ejército Nacional los jóvenes con estudios en su gran mayoría aspiraban a ser oficiales. En el Ejército Republicano semejante cosa no se nos hubiera ocurrido a nadie, y por ello la masa de jóvenes escolares invadió las zonas de la burocracia al ser movilizados.

Esta circunstancia, que en la práctica privó al Ejército Rojo de muchos oficiales competentes, fue un cáncer que en los momentos cruciales restó eficacia a las decisiones de urgencia. Porque los órganos vitales eran ni más ni menos que centro de información segura, leal y gratuita para el enemigo. Por ello creo que este tipo de soldados,  detestables para las fuerzas comunistas, no deben ser pasados por alto en un relato como el que estamos escribiendo.

Digamos además, que en nuestras conversaciones en voz baja nos abríamos los corazones los unos a los otros, y en el intercambio de noticias, pábulos e inquietudes, salíamos reconfortados en nuestras esperanzas.

No estaban mis compañeros maltratados, incluso estaban bien considerados, eran necesarios, y salvo alguna excepción los oficiales no les negaban su amistad. Yo no tardé en saber que el comandante del Batallón había hecho a este respecto advertencias muy serias a sus oficiales, haciéndoles saber que el Código de Justicia Militar era el encargado de castigar los delitos sin la menor alusión a la personalidad social o política de los posibles infractores.

Algún oficial no debió enterarse, o no estuvo de acuerdo con las ideas del comandante. A la hora justa de llegar al cuartel, y dejando a mis nuevos amigos en la oficina, salí a la puerta y apoyado en el quicio me puse a mirar el paisaje marítimo que ante mis ojos se presentaba. No debía llevar mucho tiempo yo en aquella situación cara al atardecer ya avanzado, cuando una voz aguardentosa me hizo abandonar mi cómoda postura, y quedar casi cuadrado mirando a la persona que me había requerido. Un hombre con insignias de oficial, de ojos alcohólicos y perfil de cornucopia, me dirigía su mirada insolente y despectiva al mismo tiempo que preguntaba con grosería desenfadada: -¿De qué quinta eres?- Y yo, que estuve a punto de meter la pata, conteste: – De 1938-. -¿Cuando has venido?- Y yo seguía informando: -Hace una hora-. Y el oficial, que debía estar desocupado, siguió con su cuestionario de preguntas: -¿Cómo estás ya aquí antes que tu quinta?- Y yo le expliqué: -Me he presentado voluntario a Sanidad y me han destinado aquí-. Y él estalló en cólera: -¿Voluntario un mes antes de llamarse la quinta? ¡Tú lo que has querido es enchufarte a tiempo!- Y aquí renuncio a describir su léxico y sus gestos, que en imagen repugnante fue mi martirio durante un rato no muy largo.

Cuando creyó a mi espíritu lo suficientemente conturbado, y a mi rostro lo suficientemente sahumado de su tufo alcohólico, terminó sus palabras amenazándome con que me olería la cabeza a pólvora si algún herido moría en mis manos. Yo creo con franqueza, que fue mi aspecto de estudiante lo que más le soliviantó, mi traje de paisano debió actuar frente a él como frente al toro el trapo rojo del matador. Menos mal que, tras de barbotar su ya citada amenaza, volvió la espalda y entró con paso inseguro en la sala de estandartes. Debió gozar con su grosero y pueril desahogo. Yo creo que una de las cosas que más le indignó, es que le escuché sin pestañear, con una serenidad de expresión que yo mismo me noté. Claro que la procesión iba por dentro, y yo bien que percibía su molesto y turbador desfile por todos los ámbitos de mi espíritu. Tardé en tranquilizar mi ánimo un buen rato.

Ya de noche, y arrastrado por una turba de reclutas, me vi alineado con mis nuevos compañeros de armas en el oscuro dormitorio que alumbraban mal unas bombillas altas y sucias; era la lista para la cena. Al pié de una bombilla más baja que las demás comenzó un sargento de rostro infantil y tímido a leer los nombres de los reclutas, formados para pasar la lista de la cena y repartir el pan. Al buen sargento se le atragantaron unos pocos de nombres, y un teniente marcial y presumido acabó de pasar lista con voz enérgica y segura. Todos los soldados fueron recogiendo su pan y saliendo al comedor, previa concentración en el patio del cuartel. Cuando yo alargué mi mano al tocar mi turno, el cabo furriel levantó su rostro graciosamente feo y por debajo de una nariz chata me dijo con una sonrisa: -Para usted no hay pan, no está en la lista-. Acudí con mis cuitas al oficinista más próximo, y apenas había entrado en la oficina, cuando oí la voz del capitán: -Nada, nada, se le da una ración de pan, y haga usted un vale que diga: Vale por tantas raciones de pan, correspondientes a tantos turistas pertenecientes a Plana Mayor-. Ignoro si fue de esa manera redactado el vale, lo que recuerdo bien es que el furriel me dio un gran chusco de pan integral, y yo titulado de turista pude salir al patio blandiendo mi ración y esperando nuestro turno del comedor. Indudablemente turista y no otra cosa era yo hasta entonces en mi flamante destino.

Entramos en el comedor; era la primera vez que yo comía rancho. En unos platos de loza basta y gastados por el uso, por desgracia no por el abuso, me sirvieron un arroz no mal hecho, pero que no tenía más que pimentón como única compañía, y andaba escasillo de aceite. Lo comí con apetito, y cuando esperaba inocentemente el segundo plato lo que llegó fue un corneta a cuyo toque nos pusimos todos en pie, y salí con mis compañeros cabizbajo, insatisfecho, y acariciando en mi mano derecha el medio chusco de pan, que por consejo de un compañero de mesa reservé para el desayuno, un café no mal presentado.

Como entre mis amigos los oficinistas había gente de Santoña y cercanías, me invitaron a que les acompañara, y salimos juntos del cuartel unos cuatro o cinco reclutas sin que el centinela de turno en la puerta volviese ni siquiera la cabeza. Recorrimos las calles obscuras o mal alumbradas de la población. Era hora en que se podía salir a tomar un brebaje caliente por café, y hasta algún vino, porque en las horas de salida de la tropa bares, cafés y similares, ponían a buen recaudo sus escasos sucedáneos y no había forma de tomar nada.

En una calle larga y obscura, entramos en el casino de la UGT, que rebosaba de público, oficiales, paisanos y chicas, donde nos sirvieron café con sacarina de sabor indefinible. Recuerdo que subimos una escalera, porque el centro se hallaba en el primer piso. Allí alternamos con todo el mundo, predominando oficiales, comisarios, y gente de nuestra situación. Tuve la impresión de que si bien como estudiantes se nos odiaba, personalmente se nos deseaba.

De todos modos no estuvimos mucho tiempo en tan concurrido casino, apenas media hora. Aún no serían las diez de la noche cuando entramos por la puerta del cuartel acompañados por un joven oficial, que representó entrada franca y sin complicaciones para nosotros. Y despidiéndonos de nuestro acompañante desfilamos de puntillas por el empedrado del patio, y de puntillas hicimos vibrar el entarimado del dormitorio, cuando pasé a un departamento del fondo a dormir, compartiendo el lecho con dos oficinistas, Bárcena Arguiñarena y Rodríguez Ceballos. También al lado de la puerta había una cama, donde Ingelmo el sargento de Plana Mayor, taciturno y sombrío, nos atenazaba nuestras alegres lenguas de estudiantes y jóvenes con su presencia, su silencio, o su roncar cuando dormía.

La cama estaba formada por un par de bancos de hierro donde descansaban gruesas tablas, encima una colchoneta muy delgada la pobre, y con una manta también muy delgada nos taparnos los tres. Excusado es decir que aquella noche casi no dormí, y al despertar me dolían todos los rebordes óseos de mi cuerpo.

Como mi condición de sanitario me relevaba de toda instrucción y servicios tenía libres todas las horas del día, o mejor dicho yo creí tenerlas, pues por el botiquín, que es donde yo debía estar, no aparecí en toda mi estancia en Santoña. Bien es verdad que nadie me recordó esta obligación, ni en la compañía a donde fui destinado, ni en el mismo botiquín en donde no me reclamaron.

Los paseos eran bastantes monótonos, ya que en el pueblo no había nada en absoluto que tomar o adquirir, ni aún en horas de instrucción. Cuando la tropa salía, entonces había menos. Yo no recuerdo las veces que salí del cuartel en mi primera temporada santoñesa, pero sí puedo decir que jamás en un lugar cualquiera de mi estancia militar o civil me han pasado menos cosas. Y en el cuartel tampoco había grandes novedades, la comida arroz con pimentón, con carne, con garbanzos o sin carne las más de las veces, pero con la poca variación típica del lugar y de las circunstancias.

El único aderezo que de vez en cuando tenían los ranchos era una voz de ¡Firmes! que nos hacía poner rápidamente en pie y cuadrados. El primer día entró en el comedor un tipo cuarentón, rechoncho y con aspecto de haber hecho las más de sus comidas en departamentos del tipo que visitaba. Tenía cara de pocos amigos y usaba lentes. Detrás de mí dijeron en voz baja: -Es el cochinero-. -¿Y qué hace aquí?- Pregunté yo. -Está de Comandante Militar de la Plaza-, me contestó mi vecino, -Nos visita de vez en cuando-. Cuando nos sentamos, entre bocado y bocado me amplió su informe. Era sargento, en la actualidad capitán, y su apodo tenía relación con su apariencia física más que con una profesión remota. Lo cuento tal como me lo contó mi vecino de mesa; puedo garantizar su verosimilitud, su veracidad no.

Recuerdo como ejemplo de monotonía, que a los cuatro días de estar en Santoña supe que era el 14 de Abril, porque cuando pasamos lista de la comida del mediodía, se nos dijo que la mejor celebración del aniversario de la proclamación de la República era trabajar y luchar con más ardor y con más lealtad.

Uno de los paseos que dimos con los compañeros de oficina fue más largo que los demás, y llegamos a las cercanías del barrio del Dueso, donde está construido el tristemente célebre presidio. El edificio es magnífico. Un cierto temor a poder ocuparlo un día si decidían entrar a saco los rojos en nuestros antecedentes, y una invocación ardiente por los presos que allí sufrían, y a los que vimos llegar de los trabajos forzados en grupos  flanqueados por los guardianes, nos produjo una emoción tan amarga que solo la noche y nuestra juventud pudieron dulcificar nuestros contristados espíritus.

Por mi parte quizás contribuyó a ello una escena jocosa que me sucedió más tarde. Aún no había empezado a anochecer, serían las siete y media, cuando de regreso en la Plaza Mayor decidí servirme de una modesta barbería enclavada bajo unos soportales. Cuando llegué el barbero un hombre canoso y charlatán de movimientos escalofriantemente nerviosos se disponía a enjabonar la cara de un cliente. Una luz eléctrica alumbraba la escena en heroica filtración a través del polvo de la bombilla, y el cliente, que conocía quizás el paño, se había arrellanado en su sillón dispuesto a soportar estoicamente a la navaja y la lengua de su servidor. Miré el reloj, las ocho menos cuarto, tengo tiempo pensé. Pensamiento vano, cada golpe de brocha o cada pasada de navaja iban seguidos de un largo paréntesis, en el cual el barbero peroraba sin tasa ni respiro; elogiaba, rebatía decretos y edictos, daba normas y reglamentaciones sacadas de su magín, para resolver las más graves cuestiones castrenses, políticas o sociales. Nuevas maniobras de brocha o navaja, nueva pausa y nueva colación de otro tema, discurseado con el mismo despilfarro de vocablos y de tiempo. Mientras tomaba resuello, pues parecía hablar sin respirar, volvía a trabajar unos segundos para intercalar una nueva pausa de minutos de monólogo, cuyos argumentos reforzaba accionando la mano armada, ya de brocha ya de navaja, en movimientos lo mismo de inquietantes aunque en distinto grado. A las diez menos cuarto, temeroso de que me cerraran el cuartel no yendo acompañado, y con una mirada de conmiseración al desgraciado cliente, que siempre respondía con monosílabos afirmativos, me levanté y di cortésmente la buenas noches mientras trasponía la puerta. Cliente y barbero me las contestaron estupefactos. Ignoro si ya en mi ausencia siguió el tribuno de tarima sus incisos oratorios. Tengo la impresión de que mi marcha les dejó algo ignorado por ellos, la noción del tiempo.

Cuando hacía cinco días que me encontraba en Santoña recibimos órdenes de marchar a Laredo. Allí se encontraba la primera compañía, en ese apacible sesteo que son las guarniciones de costa cuando no amenaza ninguna operación de desembarco por parte del enemigo. Nos acomodamos en un camión, y mientras llegábamos al fin de nuestro corto viaje, supe que la primera compañía se trasladaba a otro pueblo costero cerca de Castro Urdiales llamado Oriñón. Nosotros al llegar a Laredo la supliríamos en su misión. Unos puestos en la playa de centinela, sin más molestias que la brisa del mar y la nostalgia del estío aún lejano.

El resto de la compañía se dedicaría a sestear o a la escasa labor mecánica que se plantease. Yo no pude por menos de alegrarme de mi suerte, hasta ahora bastante favorable. Tanto la salida como la llegada se hizo por la mañana. En el camión donde yo iba se acomodó la Plana Mayor de la segunda compañía, incrementada con los dos cocineros nombrados la tarde anterior, y que fueron los que más pronto dieron el paso al frente cuando la voz desenfadada del capitán Conrado convocó inesperadamente a la compañía con este objeto. Ya supusimos todos que este nombramiento era uno de los signos más seguros de que nos quedaban en Santoña muy pocos ranchos que consumir.

El viaje en una mañana de clima apacible fue algo aburrido hasta Cicero, más distraído de allí a Treto, y bajo una hermosa arboleda en casi todo el camino de Treto a Colindres y de allí a Laredo.

Laredo

Goza fama Laredo de ser un pueblo limpio, bello y acogedor, y cuando llegué puedo decir que no me decepcionó. Comprobé que en apariencia al menos estaba justificada su fama. Dos sargentos laredanos de la Plana Mayor hacían exclamaciones de alegría al encontrarse en su pueblo natal, mientras presenciaban la descarga del camión, sin más contrapunto que las risas de sus compañeros, que se burlaban de un cierto acento en la conversación, que es fama que solo lo presentan los vecinos del hermoso pueblo marinero.

No se descargaron del todo los efectos del camión, pues llevábamos no se si efectos o enseres para la primera compañía. El camión tuvo que dar un recorrido y salir del centro de la población hasta dar en una fila de hotelitos, en uno de los cuales se detuvo. Allí me apeé yo también y me entretuve en recorrer el chalet entre soldados y sargentos que recogían bártulos y preparaban  sin duda alguna la marcha.

Cuando salía por la puerta del jardín y me dirigía al camión me tendió la mano un sargento moreno, alto, de ojos muy tristes y de aspecto de estudiante. Llevaba además de la insignia de sargento la Cruz de Malta del cuerpo de Sanidad Militar. -Mucho gusto en conocerle-, me dijo. -Yo soy el sargento practicante, su inmediato superior-. Yo me quedé tan estupefacto que balbucí algunas frases de cortesía y otras de incredulidad. -¡Pero si yo creo que no hay sargento Practicante en los Batallones!- Dije del modo más descabellado que pude. –Sí, lo hay, por lo menos aquí en el norte-, me respondió. Todavía creo que forcejeé unos momentos hasta que su cortesía me desarmó, y la realidad de su presencia me abrió los ojos.

Pronto mi sargento y yo fuimos buenos amigos. Se alegró mucho de tener a sus órdenes a un estudiante de Medicina. El tal sargento Martínez tenía humor y era inteligente, pero a veces tenía un fondo de melancolía extravagante. Creo que esto era circunstancial. Solo Dios sabe que dramas épicos o hasta líricos podían encerrarse dentro de nuestros corazones en aquellas tan anormales circunstancias. Cuando me despedí de él subí al camión que me llevó a las Escuelas Velasco, un bonito edificio que nos servía de alojamiento al personal de la segunda compañía. Cuando llegué nos esperaba el rancho, y después de comer lo de costumbre, nos dimos un paseo por la población.

Laredo es una ciudad a la par pescadora y colonia de veraneantes muy grata por cierto. Además posee importantes industrias, las más derivan de la pesca. No se crea con esto que la personalidad de Laredo es producto de una simbiosis entre los esfuerzos de sus marinos y la amabilidad de sus hoteleros y fondistas, nada más lejos de la realidad. Laredo es una de las ciudades cantábricas de mayor nobleza y tradición. Su parte antigua infunde  respeto y admiración, abundan las residencias seculares, los templos y algunos recuerdos llenos de grandeza que tienen carácter de reliquias. No sé si en el ayuntamiento, por lo menos en un antiguo edificio, se conservan unas gruesas y vetustas argollas donde fueron amarradas las naves de Carlos I cuando desembarcó en esta ciudad. Hoy están separadas del mar por muchos metros de terreno, donde están edificados chales amplios y de bella arquitectura y grupos escolares En fin, la parte nueva de la ciudad contigua a su bonita playa, aún desapacible en aquella primavera de 1937, y a muchos metros del viejo muelle. Según nos explicaban los libros de Geografía, que estudiábamos en los años despreocupados de nuestro bachillerato, la península Ibérica era objeto de un movimiento de báscula sobre el eje Madrid-Lisboa-Valencia, mediante el cual y en el transcurso de los siglos el litoral meridional tendía a hundirse lentamente en el mar, en tanto que el litoral Cantábrico tendía a emerger de la superficie del Océano Atlántico. Esta es la explicación del hecho, a primera vista insólito, de la presencia de las argollas de amarre a cerca de trescientos metros del mar, cuando antaño estarían en sus orillas mismas.

Con la favorable impresión de mi primer paseo por Laredo, en el que me acompañó mi amigo y compañero de armas Alejandro Rodríguez, me fui a cenar y me acosté. El marchó a su casa, era hijo de uno de los médicos de Laredo, y aprovechó la feliz oportunidad de poder cenar y descansar al lado de sus seres queridos.

Al día siguiente tuve mi primera actuación sanitaria. Me pasaron aviso de parte del capitán de que había un soldado enfermo en un alojamiento que no era el nuestro. Allí me encaminé acompañado de Alejandro, y pude tranquilizar al enfermo que tenía un enfriamiento con bastante fiebre. Aconsejé que lo viera el médico, y vino un señor muy amable que resultó ser el padre de mi amigo. Después de auscultar y prescribir me aconsejó, que si la fiebre no cedía, se hospitalizase al enfermo. Y como por la tarde la fiebre tendió a subir, dispusimos lo necesario para su traslado al Hospital, lo que se haría sin salir de Laredo, ya que allí existía un establecimiento de esta clase. Cuando en una ambulancia acompañé al enfermo hasta el Hospital, y le dejé cómodamente instalado en la cama que se le destinó, nos sentamos alrededor de una mesa camilla a departir un rato con las Hermanas de la Caridad, que vestidas de ropa civil seguían desempeñando su admirado ministerio.

Me las presentó mi amigo Alejandro, persona conocida de ellas por ser hijo de médico de la ciudad. La charla fue simpática, agradable, llena de religiosas nostalgias y de anhelos tanto espirituales como materiales. Salimos confortados de aquella corta entrevista. Y recordando la conversación del hospital, que tanto había beneficiado a mi espíritu, estaba yo después de la cena recostado en mi petate, con los ojos semicerrados, cuando tuve que incorporarme apresuradamente, al oír una gran voz que subió entre el runrún de las conversaciones de mis compañeros. -¡Sevilla!-… Sentado en mi petate vi en el dintel de la puerta a un tipo bajito, regordete, que portaba una mochila color naranja, lo que le acreditaba como compañero mío. Era el sanitario de la primera compañía que no había salido para Oriñón. -¡Sevilla!-. Volvió a gritar más fuerte, mientras giraba su vista alrededor. En un salto me puse a su lado. Lo había conocido por la mañana al mismo tiempo que a mi sargento, pero nos abrazamos como dos amigos del alma. Entonces me explicó la causa de su presencia allí. El sargento había decidido pasarme a la primera compañía, y él pasaría a la segunda. Venía a comunicármelo, y además me anunciaba que al día siguiente el mismo sargento practicante vendría a por mí para dejarme en Oriñón con mi nueva compañía. Un nuevo zarandeo de abrazos, y el recién llegado se quedó a dormir a mi lado hasta el día siguiente en que nos separaríamos. No pasó mucho tiempo sin que yo me durmiese apaciblemente, acompasadamente arrullado por los ronquidos de mis compañeros.

Al día siguiente nos levantamos, convencimos al sargento para que le diese café a mi compañero, y fumando unos cigarrillos nos sentamos en el petate a charlar y a esperar acontecimientos. A media mañana, cuando habíamos agotado todos los temas insustanciales de conversación, se presentó el sargento practicante en la puerta, y me llamó para que le siguiese. Me despedí de todos mis compañeros con mucho pesar, y entré en una habitación pequeña, al lado de la entrada del dormitorio de tropa, para despedirme del capitán. En primer lugar Conrado se enfadó, después porfió y quiso mandar a paseo al practicante. Toda la diatriba picaresca y cuartelera del capitán se estrelló ante la decisión del sargento, que tuvo que ser respetada en su calidad de jefe del personal sanitario. Cedió al cambio y me estrecho la mano, gastándome cuchufletas y vomitando jovialmente juramentos y blasfemias acumuladas en su vida larga y trashumante de minero en muchas instalaciones de España y del extranjero, según él decía, y sus hechos y expresiones ratificaban. Tenía no obstante talento natural, y cuando el hecho no cuadraba a sus intereses, era equitativo y hasta generoso. Aquella despedida representaba para mí la pérdida de contacto con tan extraño personaje.

Cuando abandonamos las Escuelas Velasco pregunté al sargento donde estaba el camión que nos iba a llevar, y me contestó con apabullante sencillez: – iremos andando -. Yo pensé en mis dos mochilas y pregunté de nuevo: -¿Vamos a Oriñón? ¿Qué distancia hay?- A la primera pregunta me contestó que sí, a la segunda que unos doce kilómetros. Me tanteé el peso de mis dos mochilas, y me dispuse resignadamente a emprender la marcha con mi sargento hacia mi nuevo destino.

Tras de atravesar parte de Laredo, empezamos a subir una carretera cuesta arriba, que era la de Castro Urdiales. Larga se me hizo la cuesta cuando la coroné, la vista panorámica de Laredo a mis pies impresionó tan gratamente mis ojos, que, sentado para descansar en un hito de la carretera, me consideré compensado con creces del esfuerzo realizado, contemplando embelesado uno de los panoramas más hermosos que había conocido hasta entonces.

Cuando apenas habíamos reanudado la marcha, perdida ya la hermosa perspectiva de Laredo que quedaba al otro lado de la loma que habíamos coronado, y que empezábamos a bajar sobre el cómodo asfalto de la carretera, otra perspectiva no menos bella se presentó delante de nosotros. Era un amplio valle, una visión más de las que la provincia de Santander proporciona al que la visita.

La primavera en todo su esplendor había dado lozanía y multitud de flores silvestres  al fondo del valle y a las bellísimas colinas que lo bordeaban. Casi en medio, y al pie de la carretera que nos guiaba en nuestro camino, había un caserío y una iglesia. Según el tipo de agrupación campesina del norte de España, numerosas cabañas salpicaban el verdor del valle y de sus lomas colindantes. A mi ensimismamiento, que era como una interrogación, mi sargento me contestó: – Es Liendo, y tenemos que cruzar por ese pueblo para llegar a Oriñón -. De nuevo tuvo el camino para mí gratas perspectivas, que aminoraban la sensación de esfuerzo.

El mes de Abril en Cantabria es aún frío. El frío es menos penoso para las marchas que el calor, y las gratas perspectivas que se presentaban ante mis ojos amenizaron el monótono caminar de aquella mañana. Como mi sargento no era un buen conversador, y cuando conversaba lo hacía en tono melancólico. Además la tónica general de las conversaciones de aquellos días era la reserva temerosa. Bien puedo yo decir, que sin la belleza de la campiña que atravesábamos y el clima agradable de la primavera, mi viaje con ocho kilos de equipaje a cuestas hubiera sido casi insoportable.

Dejando atrás el valle de Liendo tuvimos que subir otra serie de pendientes. Pues la carretera para llegar a Guriezo, donde la abandonaríamos hasta Oriñón, debía salvar otra loma más agreste y menos bella que la que nos cubría a Laredo. Cuando estábamos a punto de coronarla, ya con el sol algo más molesto, y con zonas arboladas que nos defendían de él,  consolados en nuestro cansancio por una brisa refrescante, que nos acariciaba el rostro y nos secaba suavemente el sudor, apareció en la misma dirección que nosotros una camioneta militar. A ruegos nuestros nos permitieron subir a ella, y en pocos minutos nos apeábamos al otro lado de la loma en el cruce de la carretera Santander-Castro Urdiales, de donde partía un camino sólo practicable para vehículos no muy amplios, y que nos llevaría a Oriñón. Estábamos en el vértice de un pequeño valle, cuya base es el mar; este vértice era el lugar de Guriezo.

 

Vacaciones en Oriñón

Mientras caminábamos hacia Oriñón vimos  entre árboles y hermosos prados como el valle se ensanchaba hasta llegar al mar, en donde los contrafuertes que forman ambos flancos del valle se separan ampliamente, y delimitaban una pequeña ensenada. El contrafuerte del oeste es alto y abrupto, termina en el mar por acantilados. El del lado oriental es más bajo menos abrupto, y por su vertiente occidental se desliza lamiendo la playita un riachuelo, que es el eje hidrográfico del valle, y al que había que atravesar en barca, por no ser vadeable a la altura de la playa.

A fuerza de preguntas conseguí arrancar de las entrañas de mi sargento detalles y más detalles del bello lugar, donde íbamos a vivir el tiempo que Dios quisiera. Conforme íbamos llegando estábamos los dos más animados. El sargento estaba más charlatán y más simpático, yo creo que mi llegada a su compañía le libraba de un gran peso. Abandonando su melancolía o relativo mutismo me fue dando detalles. En lo alto del contrafuerte occidental del valle, el más alto y escarpado, había un lugar llamado Sonabia, una parroquia. El contrafuerte que cerraba la ensenada por su lado oriental terminaba en una roca amplia y baja, sobre la que se veía otro grupo de viviendas, era Islares. Oriñón era el grupo de casas más cercano a la playa. En una de las más amplias un hotelito estaba el alojamiento de la primera compañía. Alojamiento que sería mío desde aquel día.

La carretera de Castro Urdiales bordeaba el contrafuerte oriental del valle, de habernos apeado allí quizás nos hubiéremos ahorrado bastante camino. Pero todo estaba compensado ampliamente, Oriñón, mi nuevo destino, era un lugar tan ameno, que hubiera merecido una caminata aún mayor. Yo por mi parte estaba encantado con el precioso hotelito que nos servía de alojamiento, y con este pensamiento llegué hasta su misma puerta. Allí mi grato pensamiento se vino abajo de golpe. La primera compañía se estaba preparando para desalojarlo, y a nuestras preguntas supe pronto las razones: – Nos mudamos a casa de la maestra -, dijo un cabo. – Esta casa está muy descubierta, y el acorazado faccioso España nos ha cañoneado la playa -. Y efectivamente, la casa de la maestra, que divisé no lejos, estaba más resguardada. Tuve que renunciar, y de buen grado, a tan bello alojamiento, y resignarme a vivir en una casona bastante menos bonita.

El personal de la primera compañía era como el de la segunda, sencillos labradores montañeses, de treinta años de edad media, con algunos quintos como yo. Buena gente, pacífica, y digna de estimarse, y capaz de estimar. Tenían, y esto era inevitable, los estigmas propios de la vida militar, pero dulcificados por la edad, la nostalgia familiar y lo apacible hasta ahora de su cometido.

Allí me enteré que el acorazado España visitaba aquel sector costero casi diariamente, y desde aquel momento solo deseé que llegase la ocasión feliz de verlo, cosa que esperaba que sucediera pronto. Y mientras que este deseo me emocionaba a ratos, fueron pasando delante de mí, mandando u obedeciendo, los mandos de la compañía primera, a la que yo estaba ya oficialmente incorporado.

En efecto, un tipo regularmente alto, fornido, de ademanes de peón, y frases y argumentos a tono con sus ademanes, dirigía aquel traslado. Lo hacía con la mayor atención, y fijándose en los detalles más minuciosos, y permitiendo que yo también me fijara en sus detalles personales. El capitán Mateo no parecía mala persona. Tenía la gramática parda del trotamundos, sus juicios con apariencia de sabiduría denotaban sin embargo su falta de preparación.

  Vestía un feo tabardo de cuero rojo y un pantalón caqui recto. Al llegar a las rodillas la presencia de unas polainas hacía arrugar transversalmente y de modo caprichoso el pantalón caqui, lo que le daba un aspecto muy poco militar. Era algo cojo, y al andar imprimía a su cuerpo un movimiento de vaivén. Sin desdén para su persona, solo tenía que ponerme a su lado en los ratos de mal humor, cuando no me divertía su atuendo, me divertía su forma de discurrir.

Era el tipo contrario a Conrado, el uno era muy pícaro, el otro era  completamente inocente por lo limitado de su inteligencia. Los dos podían ser militar o políticamente útiles en cualquier cargo de subalterno. En el de capitán de ningún modo. Solo sobresalía Conrado porque tenía talento natural, y por haber corrido mucho mundo, lo que le hacía buen conocedor de mucha clase de gentes. Psicología gruesa, pero de gran valor en la práctica.

En este primer contacto que tuve con mi capitán pocas cosas más pude observarle. A los pocos minutos de terminado el traslado se despidió diciendo que se marchaba a Guriezo. Quedó pues la compañía al mando del teniente más antiguo. Se llamaba Calleja y fue el segundo oficial de mi compañía, que tuve sinceramente el gusto de conocer. Era un hombre de aspecto triste, de pocas palabras y con buena opinión entre las tropas. Culto, al parecer abogado de profesión, tenía ese aspecto retraído y desilusionado que era frecuente ver en los oficiales republicanos de formación universitaria. Estos hombres, como Calleja, tenían además un profundo pesar, su postergación ante capitanes y comandantes de nuevo cuño, que apenas sabían leer o escribir, y de los que eran con frecuencia menospreciados y muchas veces maltratados. Calleja me fue simpático desde el principio, adiviné rasgos distinguidos en su persona y en su espíritu, y pude comprobar al correr de los acontecimientos, que no me había equivocado, y que había puesto mi estimación en quien la merecía.

Pero estas reflexiones que a la puerta del nuevo alojamiento me estaba haciendo, mientras observaba los últimos toques del traslado de enseres y personal, y al lado del teniente Calleja, no duraron mucho. Mi sargento me llamó y entramos en una pieza llena de trastos, donde el oficinista de la compañía José Luis López Pereda, un chico avispado y simpático, intentaba poner en orden carpetas, mesas y todo el bagaje de papelorio, que no era poco. Se trataba de enseñarme el libro de reconocimiento. Era el primero que veía en mi vida, y no me fue difícil, de un vistazo, enterarme de su funcionamiento. Mi sargento creyó cumplido su papel en aquel lugar, y con un abrazo nos despedimos.

El marchó con la intención de llegar a Laredo antes del anochecer por el mismo camino que habíamos traído, y por el que le vi desaparecer no sin pena, pues entre aquel personal me sentía aún desconocido.

La simpatía del oficinista se sumó a la de un cabo alto y delgado de cierta edad, que me saludó con mucha amabilidad, y que dijo llamarse Juan Peso, y ser de Almería, Me contó que era empleado de prisiones en el Dueso, y que le habían dejado cesante. La amabilidad de estos dos buenos compañeros no quedó en ademanes. Al decirles yo que no había almorzado, y sabedores que hasta la cena no se repartiría más rancho, me proporcionaron pan y conservas. Gracias a esta amabilidad puede decirse que me libré en aquella feliz jornada de los zarpazos del hambre.

No lo digerí muy reposadamente, el oficial me encargó que subiera a Somabia, cuya situación ya he descrito. No iría solo, el capitán había mandado una orden con un enlace para el puesto de carabineros de Somabia. El sargento suyo le dijo que lo entregara al comandante de aquel puesto. Y por una senda algo pendiente con muchos trechos cubiertos por un tupido arbolado, y llevando delante de mí al enlace, anduve cuesta arriba unos diez minutos, en los que veía ante mí perspectivas marineras y campestres cada vez más bellas y más extensas. Mi camino, que no tenía más fin que visitar a los enfermos que hubiera por allí, terminó en un grupo de casas no muy grande donde había una iglesia saqueada, que sobresalía entre el resto de las pobres edificaciones del lugar. Allí estaba la segunda sección de mi compañía, cuyo teniente se llamaba Aedo, de ruda complexión y ademanes decían que era un antiguo minero de Reocín. No era mala persona, aunque tenía un beber fácil y belicoso. Un pelotón estaba en la iglesia, y otro en una casa, ambos con sus respectivos sargentos.

Mi primera visita, por encargo del oficial al que me presenté, fue a la casa. A la pieza superior de la misma se llegaba después de una peligrosa subida por una escalera de peldaños movedizos, y hasta donde estaba el enfermo a quien yo iba a visitar, tuve que atravesar un entarimado no menos movedizo que la escalera. Bien patente quedó mi torpeza en desenvolverme por el interior de aquel oscuro edificio. Tuve que reconocer a un soldado de treintaidos años, pálido, alto y delgado, que tenía aspecto de enfermo del pulmón, y con ese diagnóstico lo hice que bajara a mi lado para evacuarlo. Al mismo enfermo le dije que era muy posible que le declarasen inútil y lo mandaran a casa.

Atraído por estas palabras, se me presentó otro soldado, bajo de estatura, que se me quejó de los mismos síntomas que el anterior. Del reconocimiento deduje que estaba sano y además fuerte, de su rostro picaron que quería fingir alguna enfermedad grave. Le tranquilicé, pues le hice saber que estaba muy bien de salud, y que no necesitaba medicinas de ninguna clase. Me dio la impresión que esta verdad no era la mejor forma de tranquilizarlo, entonces peor para él. Cuando le estaba hablando entró en la pieza un hombre robusto como de treintaicinco años, rubio, de modales desenvueltos y algo rudos. Se detuvo en el dintel y sus palabras interrumpieron las mías: – No tiene nada, sanitario. Este Calili es el más vago de Santoña y ha querido engañar a usted -. Era el sargento de su pelotón, y me fue muy simpático, pues no me parecía mal hombre. Era un capitoste socialista de Santoña, se llamaba Florentino Argos Hazas, y daba la impresión de tener más talla personal y política que su mismo oficial. Me ayudó a pasar por el carcomido suelo de madera. A él le debo no haber rodado la escalera, y salir por tanto ileso de aquella obscura cabaña, desde la cual, el soldado enfermo, el sargento y yo nos dirigimos a la iglesia.

No había allí enfermos, pero el espectáculo era peor. Por no disponer de mantas, los soldados debían dormir tapándose con los ornamentos eclesiásticos. Casullas, albas, capas pluviales, etc., servían de abrigo forzoso a aquellos soldados que dormían sobre yerbas extendidas por el suelo del templo. En esta triste consideración estaba cuando un soldado llegó diciendo: -¡Ya está ahí! Los carabineros le han visto llegar -. – Mientras no nos cañonee -. Contestó el teniente soltando un taco. -¿Quién es? -, pregunté yo. – El acorazado España, que viene a darnos el mitin -, contestó el sargento. Y yo sin esperar más marché con mal disimulada prisa a asomarme al acantilado.

La visión era muy atractiva, desde Punta Lucero en Vizcaya hasta Cabo de Ajo en Santander se divisaban los bellos y atrevidos accidentes de la costa del Cantábrico. Pero mis ojos desdeñaron estos detalles panorámicos, y se clavaron en el mar con emoción y ansiedad. Y en efecto, un penacho de humo que emergía de un punto del horizonte, me llamó la atención lo suficiente para preguntar a un carabinero, que si era aquello el España. – Sí -. Me contestó. – El buque faccioso -. Acuciados por la curiosidad me rodearon soldados y clases, observando el buque nacional, que cada vez se acercaba más a la costa. Algunas embarcaciones de vapor se veían en el horizonte.

Un pequeño vaporcito de pesca, que venía costeando en dirección a Santander, forzó su máquina y se acogió a los riscos con grave riesgo de encallar, por la velocidad con la que llegó hasta ellos. Esta circunstancias nos distrajo de la observación y hubo comentarios para todos los gustos, trágicos y cómicos. Cuando reanudamos la observación del horizonte, el hermoso y veterano buque se había acercado lo suficiente como para distinguir sus mástiles, su enorme chimenea y parte de su casco. En mi corazón latían un sin número de violentas emociones. Yo, persuadido de que me salían al rostro, procuré tapármelo lo que pude, como si el sol me deslumbrara. Era todo ojos. Mis oídos estaban como tapados a los comentarios de ira, de despecho, y de impotencia, que   brotaban a mi derredor.

Las embarcaciones de vapor, que en el horizonte se veían hacia Vizcaya, debieron interesar al España, ya que el buque puso proa hacia aquella costa comenzando a alejarse. Carabineros y soldados perjuraban, unos sintiéndolo, y otros haciendo coro, en tanto abandonábamos el observatorio. Y yo con el enlace y el enfermo emprendí mi marcha tras una breve despedida. Allí quedaron los comentarios: – ¡Maldito pirata! ¿Cuando le vamos a coger? ¿No tendrá el gobierno dos o tres barcos para hundirlo? -… Y muchas cosas más que no son para transcribir.

La presencia del España había confortado mi espíritu. Me sentía feliz y con ánimo para todo. El camino hacia Oriñon se me hizo fácil y corto. Cuando llegué a la casa el enlace se adelantó al capitán, y cuadrándose le habló. De repente nuestro capitán comenzó a dar voces y a lanzar venablos. El pobre soldado se disculpaba: – ¡Perdone usted mi capitán, allí en el puesto de Carabineros no hay ningún comandante! – -¡Lo hay, lo hay! – Vociferaba hecho una furia el capitán Mateo. – Perdone  mi capitán, lo más alto que me he encontrado es un cabo -. Y el capitán con la cara al rojo cereza: -¡Pues ese es el comandante, el de más alta graduación! Ahora mismo sal corriendo y no vuelvas sin cumplir la orden -. Y el vapuleado enlace salió a escape, feliz de alejarse de su airado superior siquiera fuera por un rato.

Comimos a las siete de la tarde más o menos, y después de observar como el capitán disparaba unos tiros de fusil, y observaba atentamente sus blancos, la noche nos metió en nuestro alojamiento. Allí López Pereda y yo unimos nuestras mantas y nuestro montón de paja, y en compañía de Juan Peso nos quedamos dormidos como troncos. Al día siguiente me despertó una serie de ruidos. El batir del mar en la rompiente, y el ruido agradable de las cacerolas en las que Lavín y Pepe los dos cocineros nos preparaban el desayuno. Eran dos sujetos borrachones y paternales, muy a tono con el pacífico destino que ocupaban. El desayuno lo hicimos con un café con leche y sentados en los bancos de la escuela al aire libre. Me supo a gloria el medio chusco del día anterior con el caliente brebaje, que después de doce horas de ayuno nos parecía, y lo era, más reconfortante que nunca. Apenas me lavé, el oficial Calleja me encargó fuese a Islares por si había algún enfermo.

Me dirigí con un enlace del correo a un embarcadero cercano. Un lanchero viejo nos pasó a la otra orilla del riachuelo, que desembocaba al lado del contrafuerte oriental de la ensenada. Por cierto que llevaba en una cesta una cosa extraña, me causó escalofrío que aquello fuera el pan de racionamiento. Tuve que creerlo, y lo peor fue que más adelante tuve que comer de él.

En el pequeño caserío de Islares, o Arenillas, no había novedad, sin embargo no me vine de vacío porque conocí al tercer teniente. Era un chico culto, simpático y amable llamado Fernández Herrerías. Como Calleja, cualquiera que fuera su modo de pensar se destacaba de todos los demás. Y por su aspecto de buena persona, recibió mi estimación desde aquel día. De buena persona, pude comprobar más adelante, que tenía algo más que el aspecto. Jamás fue decepcionada mi primera impresión por parte de este estimable oficial.

Al mediodía del día dieciséis, segundo de mi estancia allí, sorprendí al capitán en la oficina firmando papeles. Se había sentado delante de una mesa gaveta que había traído de Laredo. A sus pies se había echado a sestear una perra no sé si mixta loba o mixta oveja. Cuando terminó la firma, que le recogió López Pereda, aludió a unos vales de intendencia que acababa de firmar, y dijo más o menos lo que sigue: – Me da la impresión que nos vamos a pasar aquí todo el verano. Voy a ver si nos agenciamos una barca y aparejos y así mejoramos los ranchos. Es fastidioso comer siempre lo mismo. Aquí hay pescadores de profesión, y podíamos hacer algo por comer bien y fresco -. Se levantó y se marchó a pasear seguido de su melancólica perra. Ni que decir tiene que las palabras del capitán nos dejaron una impresión magnífica. No era poco un veraneo en la playa y buen pescado fresco en la comida. Yo en mi interior di gracias a Dios por tan gratas perspectivas.

Sin embargo el capitán no solo pensaba en avituallarse por mar. Aquella noche, y después de cenar, salió un grupo de soldados del alojamiento canturreando y en grupo. Yo pensé: – irán de ronda -, y me uní a ellos. Pronto supe que había perdido en vano una hora de sueño. Aquel grupo no salía con intención de rondar a nadie. Cuando se detuvieron delante de una cabaña en vez de romper a cantar, rompieron a dar voces llamando a sus habitantes. Salió primero una bella muchacha que nos mandó callar, a renglón seguido una vieja que renegó lo que quiso, que no fue poco. Y por fin el dueño, que más serenamente nos interrogó con aire diplomático. Le contestó el sargento Bustillo, jefe del grupo, diciéndole que queríamos comprar un jato para el rancho.

Después de un corto trato volvimos a la casa cerca de la medianoche escoltando cuidadosamente a la infeliz res, y relamiéndonos con bastantes horas de anticipación. Yo me dormí feliz, no sin comunicar a López y a Peso que al día siguiente tendríamos un magnífico rancho. Volvían a ponerse ante mí agradables perspectivas. Pescado fresco, carne fresca, verano apacible. ¿Qué más podríamos desear?

Ni que decir tiene que si felices dormimos más felices nos despertamos. Desayunamos como de costumbre. Presenciamos como desollaban cocineros y ayudantes al ya difunto jato. Disfrutamos de la primavera, del optimismo, y en fin de algo que para el soldado es un tesoro de inestimable valor, disfrutamos de la paz.

Pero a mediodía, después de comer… ¿Dijo el capitán de pasarnos allí el verano? ¡Qué engañado andaba el hombre! Era la primera de una serie de equivocaciones y de proyectos frustrados, que a lo largo de tres meses presenciaría en nuestro jefe. Y la serie se haría interminable. Ni más ni menos se trataba del abandono inmediato de Oriñón, y de nuestra marcha a Santoña para participar en un desfile militar.

¡Adiós paz, adiós veraneo, adiós pescado fresco y becerros recién mataditos y amorosamente cocinados! Los más optimistas hablaban de volver cuando desfiláramos, la gran mayoría, y yo entre ellos, nos despedíamos con pesar y nostalgia de aquel delicioso rincón del Cantábrico.

Preparé mis bártulos y me senté a esperar  la marcha, pues había de ser inmediata y sin entretenerse. Peso, López y yo estábamos algo tristes. No tardaron en ocurrir cosas que dieron al traste con nuestra tristeza y nos hicieron reír.

La hora de cargar con la impedimenta fue salpimentada con escenas de sainete. La casa de la maestra fue objeto del saqueo más en regla que jamás he presenciado, y presencié muchos en mi vida militar. Ropas, enseres, útiles de cocina, etc., fueron trasladados a nuestra impedimenta. Algunos cargaron con los útiles escolares, los más atrevidos con libros, mapas, tinteros, cartapacios, cuadernos y todo lo portable. Pero aún  quedaban por ver cosas más sustanciosas. Otros soldados salían con prendas de vestir infantiles, como calcetincitos, patines, pañales, etc.  Finalmente, ya nos reíamos López y yo sin aprobar la escena, vimos desfilar a los más atrevidos metiendo en sus mochilas camisas, combinaciones, pantalones y sostenes, e incluso apósitos de higiene. Cerraba la poca airosa columna el sargento Bustillo que salió con los zuecos de la pobre maestra, y se alejó con sonrisa burlona sin escuchar los apóstrofes indignados que le espetaba la desvalijada mujer.

Emprendimos la marcha, y nos paramos en el cruce de la carretera de Castro Urdiales a esperar que el camión del batallón nos transportara a Santoña en tres etapas, ya que solo de ese coche se disponía. Después de dar dos viajes  nos acomodamos la plana mayor en su batea, y emprendimos el regreso a Santoña. El camino fue amenizado por canciones de todas clases a cargo del barbero, a quien conocía por haberme cortado el pelo en Oriñón veinticuatro horas antes. Y cortado al rape, porque yo en varios meses no pensaba pisar una ciudad ni mucho menos un desfile.

 

De nuevo Santoña

Llegamos a Santoña a media tarde, y ya el desfile se había realizado.  Era natural, ya que por mucho que corrió la camioneta no tuvo tiempo material de transportar la compañía en los tres viajes que dio. Nos desperdigamos al apearnos de nuestro vehículo, y apoyado en una esquina del cuartel presencié la llegada de parte de los batallones que desfilaron,  que se retiraban en columna de a tres y a paso militar hacia sus alojamientos. El desfile no cambió el aire aburrido de la ciudad.

A mi lado, mientras pasaban los batallones de recogida, un viejo entusiasta gritó con retador entusiasmo: – ¡Vaya cantidad de hombres! ¡Y luego dirán que no hay gente! – Y yo, mientras veía pasar aquellos batallones con sus fusiles viejos sin cartucheras, y con sus ropas de paisano, ya que ni uniforme tenían, asentí al viejo con la cabeza. Verdaderamente gente había. ¡Gente! Cuando lo que hacían falta eran soldados, y aquellos pobres movilizados aún no lo parecían. Yo creo que, salvo ciegos entusiastas, como el viejo de marras, el desfile causaría más depresión que entusiasmo, en personas que observaran detenidamente los detalles de equipo e instrucción de las tropas, que a paso militar recorrieron las calles de Santoña.

Cuando aburrido me retiré al cuartel me esperaban decepciones. Ocupados nuestros alojamientos anteriores se nos acomodó en una compañía sin camas, y tuvimos que dormir en el suelo pelado esa noche, y todas las que nos quedaron por pasar en Santoña.

Aquella tarde decidí ir al cine. Proyectaban una película folklórica basada en uno de los relatos más amenos de  Pedro Antonio de Alarcón. Me refiero al “Sombrero de tres picos”. El asunto se había trasladado al cine con el nombre de “La traviesa molinera”. Su realización no había sido muy afortunada, y daba la sensación de una obra teatral mal representada. A los soldados un poco desenvueltos y un mucho desnutridos hizo dar gritos de entusiasmo y de furor una escena, en la que un robusto molinero pone a freír en un incitante primer plano dos o tres pares de huevos fritos y unos embutidos de gran tamaño. A nosotros francamente se nos caía la baba; cuando salimos del cine habíamos cenado con los ojos.

A la mañana siguiente decidió el comandante que fuésemos a la playa de Berria. Allí se harían ejercicios de tiro y algo de instrucción de orden abierto. Se comprendía el peligro de semejantes concentraciones, cuando casi siempre los buques enemigos Cervera, España y Velasco solían colocarse frente a la playa, y no eran vacíos los temores que se tenían de que los citados navíos pudieran cañonearnos. Pero los ejercicios había que hacerlos, y algún día  habíamos de exponernos.

Después de desayunar el batallón fue formado. El sargento me mandó formar detrás de la primera compañía, y el teniente Aedo me encargó que le llevara yo su bastoncillo. Esto complicaba mi forma de desfilar, pero de ninguna manera quería yo decepcionar a un oficial de reacciones tan violentas, y que me había encargado amigablemente tan insignificante encomienda. Sin embargo cuando abandonamos la marcha a discreción, y en llegando al centro de la ciudad comenzamos a marcar el paso, no encontré forma más cómoda de hacerlo, que ponerme el bastoncillo al hombro como si fuera un fusil, y desfilar tras de mi compañía con paso marcial e inconsciente desenvoltura. El escaso público que había en las calles y las verduleras y parroquianos de un vacío mercado, por cuyas inmediaciones tuvimos que pasar, rieron muy a su gusto con mi ocurrencia. También reían las compañías que venían detrás de mí en el desfile. Tuve la fortuna de que la cosa cayera en gracia, y las felicitaciones y abrazos de compañeros y superiores al llegar a la playa indicaron que no había desmerecido de mis conocidos, y me había granjeado muchas simpatías entre mis desconocidos.

Llegaron los batallones a la playa, formaron las secciones, empezaron a marchar y los más torpes fueron amontonados en un pelotón especial. Cerca de este último estaba yo, sentado en la arena, de espaldas a la playa, cuya brisa era aún desagradable en aquel inseguro Abril del Cantábrico.

Cuando el sargento Paco agotó su vocabulario de voces de mando, juramentos y arengas, había pasado ya más de una hora, y aquellos buenos padres de familia, arrancados de sus pacíficas faenas civiles, no habían conseguido avanzar un solo ápice en su instrucción cerrada. Los intentos de hacerlos evolucionar los llevaba a situaciones cada vez más cómicas para mí.

Por fin, y como apoteosis de aquella parada de circunstancias, los oficiales ordenaron que sus hombres comenzaran las prácticas de tiro de fusil. Colocados en filas de a uno, las cuatro compañías dieron cara a la playa, y cargaron con descompasado y mate sonido metálico sus largos fusiles apuntando al mar. Yo me dispuse a taparme los oídos. En el horizonte tres columnas de humo negro delataban la presencia de buques de algún porte. Algunos los identificaron como los buques facciosos. Lucidos íbamos a quedar si contestaban con fuego destructor al inofensivo de instrucción que íbamos a realizar nosotros.

Cuando los setecientos hombres del batallón quedaron en la disposición que sus superiores juzgaron oportuna, el capitán de la segunda compañía dio la voz de fuego. Creyendo las demás compañías que la orden era general, apretaron sus gatillos y setecientos fusiles atronaron el espacio con sus detonaciones. Sorpresa en los mandos. Los demás capitanes, que no habían mandado nada, quedaron atónitos e indignados. Mi capitán, que estaba a pocos metros de mí, enronqueció en pocos minutos barboteando venablos y amenazas. Los ánimos se calman, de nuevo el capitán de la segunda ordena a su compañía cargar, y a la voz de fuego, otros setecientos disparos vuelven a atronar la playa. El capitán de la segunda se ríe de muy buena gana. Sus compañeros vuelven a agotar su léxico de reserva para tales casos, perdiéndose su energía, en amenazas, juramentos y actividades más cómicas y decepcionantes. Mi capitán, al oír la descarga, dio un respingo, tiró el gorro al suelo, sacó la pistola, y al final preguntó hecho una furia a Conrado: -¿Qué pasa aquí, que mandas a los tuyos y dispara todo el batallón? ¿Qué va a pasar, Mateo? Pues que soy el capitán más antiguo y me respetan mucho los turistas -. La risotada fue general, yo no participé  de ella. Me dolía ya toda la caja del cuerpo de reírme desde que empezaron las descargas. Mateo, al que la salida de su compañero no le hizo mucha gracia, optó por guardar su pistola y por recoger el gorro del suelo, que casi sin sacudir colocó en su cabeza. Allí terminaron nuestros primeros y últimos ejercicios de tiro, que se tuvieron que dejar por imposibles.

Formamos de nuevo y emprendimos el camino del cuartel. No pude reprimir un pensamiento de pesar al ver cruzar la carretera para dirigirse al Dueso, a un grupo de presos, que venían con sus guardianes de unos trabajos de fortificación cercanos. Los vimos pasar en silencio, y en el fondo de mi alma latió con energía un sentimiento de admiración  hacia aquellos sufridos valientes, que prefirieron padecer a traicionar.

Cien metros más allá, a nuestro lado y en dirección a la puerta del penal cruzaron unas mujeres con cestas, que seguramente llevaban provisión de boca a los presos. El sargento Paco, más largo de lengua que de malas intenciones, les dijo una inconveniencia aludiendo a los penados. Una de las chicas guapa si las había se volvió como un resorte, y en un rapto de gallarda furia o de sublime locura nos increpó con admirable valor, poniéndonos a todos como a verdaderos guiñapos. Pudo costarle un disgusto; no le costó nada. Paco no era mala persona, y siguiendo su camino asombrado y corrido acabó por dejarla con la palabra en la boca, mientras disimulaba sin turbación con una sonrisa de intenciones comprensivas. Esta última circunstancia no quita valor a la decisión y arrojo de la guapa y digna santoñesa, cuya bravura sin ser legendaria sí es digna de contarse entre mis recuerdos de aquellos días tan poco normales.

El día diecinueve de Abril me llamó el sargento al botiquín del cuartel. Yo era la primera vez que lo pisaba. El objeto era presentarme al teniente médico que acababa de llegar. El sargento me dijo que era de Santander, y se llamaba Carlos Huidobro. Era un hombre alto, de unos treintaicinco años, de mirada recelosa, de ademanes serios, que dejaban transparentar jovialidad y bondad. Persona distinguida, debió sufrir bastante en el ambiente en que tuvo que desenvolverse. Cuando me presentaron a él, me dijo: – Otro sanitario que en muchos días no ha aparecido por el botiquín. Que no se vuelva a repetir. Al reconocimiento hay que venir a diario -. Después se alegró no poco de saber que yo era estudiante de medicina, apeándose de su algo severa actitud inicial.

Como la presentación al teniente médico coincidió con la terminación del reconocimiento, nos despedimos de él el sargento practicante y yo, y nos fuimos a la calle a tomar café. Allí supe de sus labios que nuestra marcha al frente estaba próxima, y que íbamos a pasarlas muy estrechas. Hablamos de nosotros, de la guerra, de cuanto iba a durar, del colapso de nuestras actividades personales… ¡Tantas y tantas preocupaciones, de las cuales los peligros y las fatigas de la vida militar no eran francamente las que más nos torturaban!

Cuando regresábamos al cuartel en la sala de banderas había una acalorada conferencia de nuestro capitán, sobre la cantidad de aceite que había que echarle al rancho para que estuviera aceptable. Yo pensé: – Estoy seguro que en el mando de tropas, es el asunto que más le preocupa, el aceite. Menos mal que si resulta mejor cocinero que capitán, no podrían quejarse nuestros estómagos -. El teniente médico, tal como lo oí lo transcribo, decía de él – que estaba mendigo de seso -, mientras sonreía con discreta ironía bajo sus lentes.

La única novedad de aquella tarde fue nuestro equipo de campaña: un plato de hojalata, cuchara y tenedor de aluminio, y unos pantalones caqui rectos, que se abrochaban al tobillo con una cinta de color rosa pálido. La fea forma de los pantalones y la cinta rosa que los ataba nos impulsó a casi todos a requerir los servicios de un sastre. Frontero a la fachada posterior del cuartel, por seis pesetas y en unas horas tuve mi pantalón reformado y trocado en el usual pantalón de montar. Referir la indignación del capitán cuando supo nuestra iniciativa, y referir los venablos y amenazas que nos espetó es cosa poco apta para copiarla aquí.

Yo completé mi equipo en el botiquín a la mañana siguiente. Una bolsa de costado y unas vendas reglamentarias, muy buenas por cierto, pasaron sin titubear a mi poder. Si no tenían dueño las amparé en su orfandad, si lo tenían hice bien en proporcionarles un dueño más vigilante y cuidadoso, que el que las dejó abandonadas en un estante del botiquín.

Cuando salí del dormitorio en el patio había ya un runrún de marcha, y los rostros no expresaban mucha alegría por cierto. Corrí a la sala de banderas, allí la plana mayor del batallón embalaba, ordenaba, y aprestaba la impedimenta administrativa para un viaje, y no tan corto como los anteriores. El teniente médico y el sargento preparaban por su parte cajas y cestas de sanidad. Después salieron a buscar al comandante del batallón. Yo quedé solo con los chicos de la plana mayor, y entablamos conversación. Cuando les dijo Rodríguez Ceballos, que yo vine a Santander desde Sevilla dieciocho días antes de estallar la guerra, me increparon amigablemente entre risas, y me dijeron que de todas las tonterías que había hecho en mi vida, esa era la más gorda. Creo que quedamos muy amigos, y esto me confortó bastante.

Aquella tarde supe que saldríamos de noche para Vizcaya. A poco de recibir la noticia me llamaron para que asistiera a un soldado al que acababan de sacar del mar, adonde se había arrojado. Cuando llegué a la barbacana del paseo marítimo lo estaban izando entre unos compañeros y unos lancheros. El remolino de comentarios dificultó mi llegada al frustrado suicida, que estaba con más susto que síntomas reales de asfixia. Lo llevamos al hospital, el practicante le puso una inyección de aceite alcanforado, y lo dejamos en la cama durmiendo apaciblemente. El oficial se informó; al parecer estaba perturbado, le amenazaron políticamente unos compañeros bromistas, y tuvo miedo de la policía militar. El oficial se conformó con esto. Yo creo que lo que le infundió miedo fueron los futuros disparos del enemigo, a los que tenía que enfrentarse tarde o temprano.

Por lo demás el estado del batallón era sanitariamente bueno. Solamente el dormir en el suelo ocasionó una serie de bronquitis y demás formas de catarro respiratorio, que a altas horas de la noche nos interrumpían el sueño con sus monótonos golpes de tos. Como si la dureza de un dormitorio sin camas no fuera de por sí una predisposición al insomnio. Cuando llegó la hora de partir, yo estaba interiormente entusiasmado. Ansiaba conocer Vizcaya y asistir a combates encarnizados. En fin, a estar lo más cerca posible de los – enemigos – del alma para poder huir hacia ellos.

Los demás soldados, los casados sobre todo, estaban tristes y poco habladores. En silencio subieron a los camiones, que comenzaron a salir en fila hacia Cicero. Cuando la columna salió de Santoña, los más canturreaban, y el mal rato parecía haberse disipado rápidamente.