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Estambul 1

En Agosto de 2008 fuimos mi esposa mi hija y yo de viaje a Estambul, ciudad famosa por su historia y su belleza, para descubrir sus encantos. Localizada en el estrecho del Bósforo, que abre paso desde el Mediterráneo al mar Negro, está situada entre Europa y Asia, tiene unos 18 millones de habitantes extendidos en ambas orillas del Bósforo. Dos altos puentes comunican las dos partes para los vehículos, y multitud de barcos de pasajeros lo hace atravesando el estrecho a modo de líneas de autobús. Pero lo que hace más bello Estambul es el cuerno de oro: un brazo de mar que divide la zona europea, proporcionando una interminable sucesión de vistas y paisajes. El primer día fuimos paseando a visitar la mezquita de “Fatih Camii”, situado en el barrio más islamista de la ciudad. En ella está la tumba de Memeth II el sultán turco conquistador de la ciudad a los bizantinos en 1453. El mausoleo estaba junto a la mezquita y había mucha gente rezando junto a su tumba. Como llegamos al mediodía estaban llamando a la oración y la mezquita estaba llenándose de gente, así que nos pareció mejor no entrar a verla. No miraban con simpatía a los infieles en ese barrio. Mientras atravesábamos un parque yendo a esa mezquita, hubo una pequeña explosión. El ruido ocasionó un pequeño revuelo entre los viandantes incluidos nosotros. Aquel año habían ocurrido algunos atentados en Estambul, atribuidos al movimiento kurdo. Nos alegramos bastante cuando descubrimos que había estallado un neumático a una furgoneta.

Salimos del barrio de Fatih a través de su mercadillo, que tocaba ese día, con puestos de todo tipo de telas, complementos e incluso alimentos. En un taxi nos fuimos al barrio de “Suleymaniye a ver su mezquita, construida por Solimán el magnífico”, conquistador de Europa oriental, desde Bulgaria, Rumanía, Hungria, Serbia, llegando a asediar Viena. La mezquita estaba en obras de restauración, y solo vimos una pequeña parte, Sí pudimos visitar el mausoleo de Solimán y de su esposa, bellamente decorados. Visitamos el edificio de la madraza, y en su patio central comimos Kebab. Posteriormente nos dirigimos andando al cercano gran bazar, un laberinto de calles con tiendas de todo tipo de artículos, cafeterías e incluso mezquita en su interior, donde una muchedumbre compra o vende regateando con pasión. Caminar por el gran bazar es bastante complicado, pero es un espectáculo. Allí nadie miraba mal a los extranjeros, sino que los abordan ofreciéndoles té de manzana y múltiples objetos de vestir, adorno, joyas o complementos. Dicen que el tamaño del Gran Bazar es como el de tres estadios de futbol, con graderío y todo. Nosotros estuvimos dos o tres horas, y no lo vimos entero. Buscamos una salida a la calle principal de esa zona de la ciudad, y nos pusimos a buscar el barrio de nuestro hotel, cerca de los edificios de la universidad. En la calle Tevfik estaba nuestro hotel Mosai, bastante modesto, pero limpio y suficiente. El hotel tenía una terraza superior, con cafetería, cómodos sillones y vistas al mar de Mármara, el último tramo del mediterráneo antes de llegar al estrecho del Bósforo. Tras una ducha reconfortante nos subimos a la terraza al frescor del anochecer. En Estambul sirven bebidas alcohólicas si no estás cerca de una mezquita, por lo que se podía disfrutar de una cerveza en dicha terraza. Durante el anochecer oímos otra llamada a la oración, mientras las gaviotas sobrevolaban nuestras cabezas.

Al día siguiente nos levantamos temprano para hacer un tour por Estambul. Nos recogieron en un microbús tras el desayuno, y fuimos por otros hoteles para recoger a los turistas dispuestos a hacer el recorrido turístico. Nos llevaron a las murallas romanas de Constantino, que estaban pegadas al mar de Mármara. La guía que nos contaba los edificios que veíamos era española. De allí nos llevaron al mercado de las especias o mercado egipcio, pequeño y en forma de ele muy cerca de los muelles del cuerno de oro. Contaba con multitud de especias, hierbas para infusiones, y dulces, de todo tipo de colores y aromas diferentes. Era muy agradable la visita a este mercado, menos bullicioso que el bazar, y con vendedores muy atentos y que chapurreaban el español. Tras la visita al mercado cruzamos el puente sobre el cuerno de oro, y nos llevaron en el autobús al barrio de Gálata, que era el muelle de salida de los cruceros turísticos para visitar el Bósforo. El crucero duraba una hora y media, y primero nos llevaron por la orilla europea, con puertos deportivos, casas importantes, palacetes, e incluso el palacio de Dolmabahçe, que visitamos otro día. Había una isla artificial propiedad del Galatasaray a modo de balneario o Spa para sus jugadores. Cambiamos de orilla cuando llegamos a un castillo defensivo muy bien conservado de los bizantinos. En la actualidad se celebran espectáculos en su interior. La guía nos señaló una torre en la orilla de enfrente, que era lo que quedaba de otro castillo con la misma función. Cambiamos de orilla, y se veían casas, jardines y alguna mezquita. Era una zona más residencial. Tras el crucero nos montamos de nuevo en autobús y nos llevaron de nuevo a la muralla de Constantino para comer comida turca. La comida, aunque extraña a nuestro paladar es muy sabrosa y agradable de comer. Tras la comida nos llevaron de nuevo en el autobús a ver una antigua iglesia cristiana restaurada que figura en los planos como Kiriye camii, que puede traducirse (entre el turco camii y el griego kiriye ) como la iglesia del señor, aunque se llama San Salvador de Cora. La iglesia era pequeña, de planta de cruz griega, y con hermosísimos mosaicos y pinturas al fresco. Tras la visita a la pequeña iglesia el tour continuaba con un paseo por Estambul para cruzar de nuevo el Bósforo  y llevarnos a una colina en la zona asiática, que llamaban de los enamorados, y en la que se veía una hermosísima vista de la zona europea de Estambul. Acabado el intenso pero excelente tour turístico, nos llevaron de nuevo al hotel, y descansamos un par de horas. Tras el descanso fuimos paseando al famoso y turístico barrio de Sultanamet para ver un espectáculo de luz y sonido entre Santa Sofía y la Mezquita Azul. Nos fuimos a cenar antes de que acabara, de lo aburrido que era. Escogimos un restaurante del mismo barrio, donde comimos buena comida turca, y después nos volvimos paseando a nuestro hotel.

El tercer día tras tomar un abundante desayuno buffet, tomamos un taxi para ir al palacio de Topkapi, el famoso palacio de los primeros sultanes en el Barrio de Sultanamet. Llegados a la plaza donde se ubica la mezquita azul, Santa Sofía, los restos del hipódromo, y la gran cisterna nos abordó un joven comercial de una tienda de alfombras situada muy cerca de la cisterna. El chico hablaba bien el español, y nos dijo que por ser viernes, día festivo musulmán, la mezquita azul cerraría pronto sus puertas, para reservarla a los creyentes en la oración más importante de la semana. El comercial estaba captando posibles clientes para la tienda donde trabajaba. A cambio daba información relevante. Así que nos dirigimos a visitarla. Tras despojarnos de calzado y cubierta la cabeza de las mujeres en el enorme patio de abluciones entramos en el maravilloso recinto, El volumen del espacio interior, constituido por veintiuna cúpulas sosteniéndose unas a otras,  era impresionante, el suelo cubierto de mullidas alfombras, multitud de lámparas  colgaban de los altísimos techos, y los azulejos que recubrían su interior con los bellísimos tonos azulados constituían un vistoso conjunto. Se respiraba una paz en el interior, que propiciaba al recogimiento. Tras la visita a la mezquita atravesamos el hipódromo, convertido ahora en un parque, y nos dirigimos a Santa Sofía, en griego “Hagia Sofia” cuya traducción sería la sagrada sabiduría de Dios, nada que ver con ninguna santa. Este edificio es mucho más antiguo, pues fue construido por los romanos en el siglo VI, y por lo tanto de arquitectura más valiosa. Su gran cúpula apoyada en gruesas columnas y otras cúpulas adyacentes configuran un enorme volumen interior. Revestida de mosaicos dorados de figuras de Cristo, la Virgen y otros personajes bíblicos. Tras la visita de Santa Sofía, nos fuimos a visitar el cercano palacio de Topkapi, el palacio de los primeros sultanes turcos. Está formado por un conjunto de edificios separados por patios y jardines, hasta llegar al haren y los aposentos del sultán, los lugares más exclusivos y protegidos del conjunto. En el primer jardín hay edificios a los lados, a un lado las antiguas cocinas, ahora exposiciones de porcelana, plata y utensilios de cocina, en el otro lado la entrada del harén. Edificio con las habitaciones de las mujeres y las salas comunes adornadas con gran lujo de cerámica, muebles, alfombras y cortinas. Hasta una piscina central donde navegaban enanos. Al menos eso decía la información. Más adelante, tras otro edificio que hacía de nueva puerta, se accedía a otro patio donde estaba la sala de audiencias y el diván, donde se reunían los ministros del sultán. Al fondo de este patio estaba las habitaciones de los jenízaros, y el edificio de la biblioteca, con grandes ventanales, armarios de libros y un mullido sillón corrido que rodeaba toda la pared interior del recinto. En las habitaciones de los jenízaros había una exposición de joyas, y otra de armas históricas. Entre las numerosísimas joyas destacaba un cesto lleno de enormes esmeraldas pulidas y sin pulir, un enorme diamante y la famosa daga de Topkapi, de la que Holliwood hizo una película. En la sala de armas estaba la espada de Mahoma, vete tú a saber. Malcomimos en un buffet dentro del palacio, donde lo mejor era la vista sobre el Bósforo. Después salimos del palacio por las caballerizas, Tras la ardua visita al palacio de Topkapi descansamos tomando té en una cafetería cercana. Tras el merecido descanso nos dirigimos a la cisterna, Impresionante edificio subterráneo con multitud de columnas que sostienen un enorme techo, sobre un gran depósito de agua. Tiene el aspecto de un templo, por el número y calidad de las columnas, pero es un enorme depósito de agua. Actualmente unas pasarelas de madera permiten adentrarse en la cisterna hasta casi el fondo. Tras la visita a la cisterna hemos buscado el mercado de Aralat, donde mi esposa quería comprar unas telas. Allí encontramos al comercial de las alfombras, que pegó la hebra con nosotros, y tras enseñarnos de nuevo el hipódromo y los obeliscos, nos llevó a su tienda, donde nos ofrecieron té de manzana mientras nos enseñaban bellísimas alfombras. Por aquel entonces teníamos perro, por lo que no compramos ninguna. El vendedor venía todos los años a Madrid con una colección de alfombras, de ahí su dominio del español. El comercial, hermano menor del vendedor, era un personaje muy peculiar. Estaba realizando un ayuno como el del Ramadán, pero fuera de época. Decía que algunos musulmanes lo hacen para reforzar sus creencias. Entre otras conversaciones decía que en Estambul querían llegar  un millón de visitantes anuales, y que eso les obligaba al buen trato con el turista y a perseguir robos y agresiones a los extranjeros. Cuando salimos de la tienda de las alfombras tomamos el tranvía para volver al hotel. Tras descansar fuimos a cenar a un cercano restaurante de pescado, que nos recomendaron en la tienda de alfombras. Cenamos bien los que nos gusta el pescado. Yo me animé y pagué a precio de oro un terrible vino blanco. Allí aprendí que en Turquía solo se debe tomar cerveza.